• Juny Pagán

Conócete. No te pienses. #Miniblog



La «fuerza ciega» de la Vida misma pudo tomar forma individual en partículas subatómicas como los bosones, quarks, protones, electrones y neutrones, y ellas forman los átomos. Los átomos se juntan con otros y van construyendo diferentes formas: desde un grano de arena (formado por trillones de átomos) hasta una estrella (formadas por... ni hablar). Esos átomos que pudieron crear una estrella, pudieron hacer tu cuerpo. Crearon las moléculas y lo esencial para los organismos vivientes: genes, ADN, proteínas, células. Avanzando en la cadena, las células, junto con las dendritas y axones (y más), ayudaron para formas las neuronas. Y las neuronas, junto a otros amigos, el cerebro. Las neuronas se transfieren la electricidad entre ellas por las diferentes partes del cerebro, haciendo que un ser consciente como tú genere una ilusión: la mente. La mente crea su producto estrella: el ego, el «yo». ¡Es una cadena súper hermosa!


La cadena comienza en la realidad objetiva y termina en la imaginada. Comienza en una partícula —y en lo que las hace posible—, y termina en algo imaginado y subjetivo como lo es el ego —gracias a la interacción de miles de millones de neuronas: lo objetivo—.



La ilusión


El ego es la imagen ilusoria de la mente sobre lo que piensa que es: el tan famoso «yo». Él necesita su propia cadena para poder sobrevivir: identificándose con pensamientos, ideologías y creencias, formas externas, la historia personal, personalidades, los deseos, etcétera. El ego, aunque es imposible deshacernos de él mientras poseamos un cerebro y una mente funcionales y sea inherente a ellos, pudiera ser una «disfunción» para la mente humana individual y/o colectiva: crea demencia o locura.


Uno de los pasatiempos favoritos del ego es «mirar» al pasado, futuro o a alguna situación imaginada para intentar adoptar algún tipo de identidad, ya sea una de «víctima», triunfador, «no soy suficiente», «mira, soy algo especial por mi superioridad o inferioridad», etcétera. Otro de sus pasatiempos es «mirar» y buscar en la mente los pensamientos de negación para repudiar el momento presente. Otro es «mirar» dentro de la mente e identificarse con alguno de sus deseos. Otro, «mirar» toda la forma individual —cuerpo, personas, cosas…— para poder identificarse con alguna de ellas.


Luego que consiga alguna identidad, «la defenderé a muerte», dice el ego. Incluso si eso requiere matar, vivir en conflictos y guerras, generar infelicidad, separación, o amenazar y repudiar cualquier cosa que ataque «mi imagen del yo».



El problema no es que el ego haga todo eso, el ego siempre lo va a hacer. El problema reside en nosotros cuando nos identificamos y hundimos en él. Pasamos de ser la «fuerza ciega» de la Vida misma, la Conciencia que observa lo que piensa, la esencia de la cadena hermosa, a identificarnos con una imagen mental reducida, distorsionada e ilusoria de lo que la mente piensa que es. Ahí es que llega el «problema», el estrés, la ansiedad, la intranquilidad, el sufrimiento y la infelicidad.


Pienso, ¿luego existo?


«Pienso, luego existo.», dijo mi gran amigo Descartes. Pero cuando queremos conocernos a través del pensamiento, encontramos la raíz del ego y no del Ser, de nuestra esencia. Cuando creemos que somos el pensamiento, nos convertimos en la ilusión del «yo».



Por consiguiente, esa dimensión que dice «existo» no es la misma dimensión que piensa. Porque si solo hubiera pensamientos en nosotros, seríamos como la persona que sueña sin saber que está soñando. Muchas personas viven así: como si estuvieran en un sueño profundo —o una pesadilla profunda— mientras viven sus vidas individuales, como si estuvieran sonámbulas, como si fueran robots que no pueden ser conscientes de la vida que hay alrededor. Viven atrapadas en sus mentes y pensamientos, y viven creyendo que literalmente son sus pensamientos. Viven perdidos en el ilusorio «yo». Pero no se dan cuenta, porque este ilusorio «yo» se refugia en lo objetivo, en la biología, en la cadena hermosa.


Sin embargo, hay algo más cabrón que estar en un sueño. Cuando te das cuenta, y en el sueño reconoces que estás soñando, significa que estás «despierto» dentro del sueño. Ahí entró algo que va «más allá» del pensamiento, aquella «dimensión» más profunda: la Conciencia que sabe que existe; la Conciencia que sabe que piensa.


La Conciencia que sabe que existe; la Conciencia que sabe que piensa.

Disfruta ser


Disfruta de los pensamientos y la mente, ya que tienen un gran poder. ¡Utilízalos! Son muy importantes y extremadamente útiles para vivir y sobrevivir en este mundo. Pero no intentes buscarte en (o identificarte con) ellos. Porque en el mismo momento en que te identificas con un pensamiento, te pierdes, vuelves al sueño. Pierdes tu esencia, «dejas ir» poco a poco el Ser, te olvidas de la Conciencia que observa lo que piensa.


Como mencioné al comienzo del blog, empezamos a encontrar nuestra esencia y lo que realmente somos en el principio —si tiene alguno— de la cadena de vida hermosa. Encontramos nuestra esencia en la «fuerza ciega» de la Vida misma y en lo que hace posible todo esto: probablemente nada, probablemente todo. La cadena forma la individualidad, aunque esa individualidad, paradójicamente, también es la totalidad.


Cuando la naturaleza de nuestros actos provienen de la esencia que somos, sin interferencia de la identificación con la mente y el ego, esos mismos actos tienen en sí el mayor de todos los «poderes». Son actos más armoniosos y efectivos que toman el rumbo de Lo-que-es.


Yo y la vida no somos, tú y la vida no son, dos cosas separadas. Es imposible. Soy la Vida, eres la Vida; no un simple pensamiento.


¿Cómo te puedes reconocer? Al observar lo que piensa y lo que es. Eso que observa es más auténtico que tu «yo», que el ego. Sé Conciencia.


¿Quieres saber cómo ser Conciencia? Escucha la serie del podcast.


Soy la Vida, eres la Vida.


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