• Juny Pagán

Los humanos son gobernados por imaginaciones: El poder y la trampa de la mente humana

Actualizado: hace un día


Imagen: Cahyo Destianto

¿Alguna vez te has preguntado qué factores importantes han hecho que el ser humano actual, Homo sapiens, haya logrado cooperar efectivamente como grupo por decenas de miles de años, colocándose en la (falsa) «cima de la pirámide» [1]? ¿En realidad somos una especie elegida por algún dios o entidad sobrenatural o sobrehumana o por el mismo Universo, lo cual nos hace el centro de todo? ¿Por qué los humanos podemos superar el número de Dunbar y cooperar en masas de, por ejemplo, miles de millones de personas, y las demás especies animales (quizá excluyendo a las hormigas) no pueden hacer lo mismo? ¿Somos tan especiales?


Brevísima historia sobre nuestra evolución


Los humanos también somos animales, aunque hagamos todo lo posible por no aceptar este hecho. Estos animales humanos tienen un antepasado común con sus primos los chimpancés que vivió hace aproximadamente seis millones de años, y un antepasado común con todo organismo biológico que surgió hace unos 3.8 mil millones de años. Estos preciosos humanos actuales evolucionaron como animales «insignificantes» hace aproximadamente 200,000–300,000 años. No surgieron de la nada; fue un proceso gradual (mira esta imagen y dime dónde comienza el color verde. De una forma análoga funciona la evolución de una especie: no hay un punto exacto de surgimiento. Además, no hubo algo como el primer Homo sapiens, ya que ninguna especie puede dar a luz a otra especie distinta, al menos no en animales. De hecho, nunca hubo tal cosa como una primera especie animal de cualquier género o familia: nunca hubo un primer humano, un primer mono, un primer perro, un primer gato, una primera gallina, etc. —el caso de la mula es un tema aparte—). Y hasta hace poco se creía que Homo sapiens vivía en una esquina de África [2], sin interesarse por explorar el mundo o por crear un mundo capitalista y consumista para sí mismo.



Nuestra especie, Homo sapiens, no ha sido la única especie humana que ha existido; ha habido varias a lo largo de la historia y prehistoria. Sin embargo, y aquí entra el ego de sapiens, estos otros homíninos nunca viajaron a la Luna, nunca pudieron crear una red mundial interconectada, nunca crearon algo parecido a internet y nunca crearon la pizza —menos mal que no siguen vivos, ya que, si leyeran esto, me dirían algo así como «homocista», esto es, una etiqueta como si estuviera discriminando negativamente a las otras especies del género Homo—.


Los elementos que leerás en este blog han sido factores importantísimos para hacer posible los viajes a la luna, una red mundial interconectada, internet y las compañías que te venden la deliciosa pizza. Como es bien conocido, nosotros los sapiens, gracias a la evolución y a la selección natural y sexual, poseemos capacidades cerebrales distintas y más complejas en comparación con las demás especies que existen en el planeta. Hace aproximadamente 70,000 años todo comenzó a cambiar en nuestra cognición, y fue el nacimiento de lo que muchos hoy consideramos «historia» [*]. Entra la revolución cognitiva.


Pudimos expandirnos por todo el globo terrestre y poco a poco comenzamos a habitar las tierras que hoy día conocemos. La revolución cognitiva también fue una de las últimas puertas que, como veremos, le dio paso a las «abstracciones» y conceptos que habitan en nuestra imaginación. Lo interesante es que no se sabe qué fue lo que causó este evento, y lo más probable, como muchas otras cosas respecto a nosotros, no fue una sola cosa (recuerda la imagen del gradiente, no hay un punto exacto; probablemente fue un proceso gradual). Una teoría nos dice que fue el resultado de mutaciones genéticas, las cuales cambiaron las conexiones y la forma en que se comunican las neuronas en nuestro cerebro [3]. A esto, como dice Yuval Noah Harari en su libro Sapiens, podemos llamarlo la mutación del árbol del saber. Otra hipótesis es que esta capacidad cognitiva se debe a nuestro lóbulo frontal y corteza prefrontal que han evolucionado relativamente hace poco —hablando en términos evolutivos— en los mamíferos, en especial en los grandes simios, pero de una manera más sofisticada y compleja en Homo sapiens, junto a las presiones y marcas evolutivas. Gracias a estos eventos en nuestra historia evolutiva estás leyendo esto… y pudiste conocer a tu match de Tinder.


Imagen: Daniele Simonelli

Sin embargo, con solamente poseer una capacidad cognitiva más compleja, por sí sola, no es suficiente para hacer que millones o miles de millones de personas funcionen efectivamente, o para haber tomado el «control» del mundo. De hecho, tener una capacidad cognitiva así nos hace muy destructivos y peligrosos: pudo haber causado —y todavía puede causar— nuestra propia destrucción y la de muchas otras especies. Solamente pensemos en algo simple: una bomba nuclear.


¿Cómo superar el número de Dunbar?


Para haber podido sobrevivir como especie «supercognitiva», tuvimos que haber creado algo más. Investigaciones científicas han sugerido que los humanos actuales podemos funcionar efectivamente como grupo hasta aproximadamente un límite de 150 individuos. A esto se le llama el número de Dunbar, y la teoría fue propuesta por el antropólogo británico Robin Dunbar. Después de ese límite, comenzamos a funcionar de una manera mucho menos efectiva o eficiente. Por lo tanto, y volvemos a lo mismo, si solo podemos funcionar eficiente o efectivamente hasta ≈150 individuos, ¿cómo es posible que los países, las naciones y las sociedades modernas y antiguas con más de 150 individuos, es decir, con decenas de miles, con millones y hasta con miles de millones, puedan y hayan podido vivir y funcionar juntas… por decenas de miles de años? Hagamos una pausa para estimular nuestra imaginación.



Imagina amontonar aleatoriamente y de distintas comunidades a 20,000 de nuestros primos más cercanos, los chimpancés, en un estadio de fútbol. Lo más probable es que veas uno de los desórdenes más grandes que jamás vayas a presenciar en tu vida. Los chimpancés sí pueden cooperar juntos en grandes grupos, al igual que nosotros, las hormigas y las abejas. Sin embargo, llegaría una cantidad límite en la que ya no podrían seguir funcionando efectivamente; y no se comportarían muy pacíficamente en cuanto a la cooperación con los extraños de las otras comunidades se refiere. En el estadio repleto de chimpancés quizá seremos testigos de sangre, peleas y conflictos a muerte. Ahora reemplacemos a esos 20,000 chimpancés por 20,000 Homo sapiens aleatorios y de distintas comunidades mirando un partido del Real Madrid o escuchando una misa del papa Francisco.


Quizá ya habrás podido imaginar cierta diferencia cognitiva entre los chimpancés y nosotros (no significa que seamos una especie superior). Aunque en estos casos —más en el partido de fútbol y menos en la misa del papa— todavía se pueden generar conflictos, este blog te dirá lo que hace cooperar efectivamente a esos 20,000 sapiens. Es en nuestra capacidad para poder funcionar dentro de gigantescos grupos y nuestra cognición peculiar lo que nos hizo «dueños del mundo», nos dice engañosamente nuestro ego.


EL PODER QUE RESIDE EN NUESTRA IMAGINACIÓN


Imagen: J.HUA

Respondamos de una vez por todas a la pregunta sobre el número de Dunbar: ≈150 individuos. ¿Qué hace que podamos superar ese límite y cooperar efectivamente sin que haya un caos como el de los chimpancés?


La respuesta es: mitos, ficciones y realidades imaginadas.


Las demás especies animales viven en una sola, y la única, realidad: la realidad objetiva. Viven en el mundo de los cuerpos, los árboles, las montañas, los ríos, las tierras y los mares. Nosotros también vivimos en esta realidad. Pero por encimao por debajo, o al lado… de esta realidad generamos otra capa adicional de realidad. Esta realidad es ficticia e imaginada gobernada por entidades ficticias e imaginadas. Le podemos llamar la realidad imaginada o la realidad subjetiva (realidad intersubjetiva si se trata de más de una persona). He aquí la clave, el gran factor que nos une y nos hace cooperar.



¿Qué son los mitos y las ficciones? ¿Qué es una realidad imaginada?


Definamos qué es un mito. Un mito —además de la mayoría de las cosas que te envían por WhatsApp— es una historia que nos contamos entre nosotros mismos y que vive solamente en un lugar muy especial: la imaginación. Un mito puede convertirse en un hecho si se realizan las observaciones necesarias y suficientes y si se consiguen pruebas empíricas para confirmarlo. Sin embargo, en el caso de los mitos que utilizamos para funcionar como colectivo, estas son historias que no es posible confirmarlas como hechos objetivos de esta realidad objetiva. Son hechos subjetivos de nuestra realidad subjetiva.


Ahora definamos qué es una ficción. Una ficción es una cosa, entidad o suceso inventado producto de la imaginación. Las ficciones son realidades pero imaginadas que residen en la capa adicional que genera nuestra mente.


Los mitos y las ficciones no necesariamente son mentiras o cosas malas. Simplemente significa que residen solo en nuestra imaginación. Una mentira sería decirte, si me encuentro contigo, que tienes una araña en la cabeza cuando que no es verdad. No hay duda de que hay mitos y ficciones que generan conflictos y hasta la muerte; otros son inofensivos, efectivos y hacen el bien.


Los mitos y las ficciones creados por la mente de Homo sapiens son grandes actores y actrices que han contribuido enormemente a que las personas pudieran cooperar efectivamente en grandes grupos a lo largo de la historia, desde nuestros antepasados de hace 70,000 años, pasando por la revolución agrícola hace unos 12,000 años y los comienzos de la civilización hasta el día de hoy. En otras palabras, nuestra imaginación ha sido de los papeles más importantes para que nuestra especie haya podido sobrevivir durante todos estos milenios (obviamente, no ha sido el único). Y como veremos, muchas personas reconocemos que solo son ficciones y mitos, pero, aun así, seguimos utilizándolos, ya que son muy necesarios, al menos algunos.


Nuestros tipos de mitos, ficciones y realidades imaginadas


Imagen: Hurca™

¿Qué mitos, qué ficciones y qué realidades imaginadas generamos?


Además de mitos y ficciones inútiles como los de Freddy Krueger, el «chupacabras» o los vampiros [4], están los mitos, las ficciones y realidades imaginadas siguientes: el dinero, las leyes, las naciones y los países, los dioses y diosas, las almas y los espíritus, los derechos humanos, la constitución, las compañías y corporaciones, las marcas comerciales, las religiones, los partidos políticos, las ideologías sociales y políticas, los equipos deportivos y muchos otros.


Apuesto a que si te digo que localices alguno lo confundirás con algo de la realidad objetiva y pasarás a decir que sí existen. «Míralos, hombre, ahí están, ¿es que eres jodidamente ciego?»—me dirías. Y es que esos mitos y esas ficciones, esas realidades imaginadas, los refugiamos con algo de la realidad objetiva, tal como veremos.


Repasemos un poco. ¿Por qué todos esos ejemplos son mitos, ficciones y realidades imaginadas? Porque solo viven dentro de nuestra imaginación. Antes de continuar hacia los diferentes ejemplos, quiero que observes y seas consciente de cómo la mente te puede hacer confundir algo de la realidad objetiva con algo de la realidad subjetiva o imaginada. Probablemente hemos estado confundiendo ambas realidades sin darnos cuenta, y creo que es muy importante reconocer la única realidad, la objetiva, y la capa adicional de realidad que generamos, la subjetiva.


PEDAZOS DE TIERRA Y LÍNEAS IMAGINARIAS


Imagen: Maria Nestsiarovich

Una de las ficciones, y uno de los mitos más contados entre nosotros, son los países y las naciones. Y lamento decirte que iré directo al grano: el país que tanto amas y consideras como una parte de ti no existe en esta realidad objetiva.


Hablando claro: esto es un país o una nación


Básicamente, un país o una nación es un nombre que le damos subjetiva o arbitrariamente a cierta porción de tierra y sus habitantes, junto con su flora, fauna y otros elementos de la realidad objetiva, para poder identificarlos. Esta cierta porción de tierra (lo objetivo) la eligen, o eligieron, ciertos humanos, y se trazan líneas imaginarias para dejar saber que hasta ahí llega el país o la nación (la realidad imaginada, la ficción). La ficción se vuelve más confusa cuando pensamos en islas, en especial en islas oceánicas.



Estarías diciendo que una isla es una porción de tierra que nosotros no pudimos trazarle la línea imaginaria porque ya está rodeada de agua. Y es totalmente cierto. ¡Ves! Ahí ya estamos reconociendo a la realidad objetiva. ¿Puedes reconocer que esa porción de tierra (o porciones de tierra) es eso mismo? Una simple porción de tierra emergente rodeada de agua. A esa porción —o porciones— de tierra la identificamos con un nombre. Y cuando la identificamos con un nombre y le damos una historia y unas reglas se convierte en la ficción. Más aún, incluso a esas islas las dividimos en partes imaginadas más pequeñas, ya sea para crear nuevos países (como es el caso de la isla continental de Gran Bretaña o la isla oceánica de La Española) o para dividirla en varios pueblos.


Cuando viajas a algún país, no puedes ver la nación o al país, aunque la mente te diga que ahí está. Es imposible. Te encuentras con cosas de la realidad objetiva: tierra, humanos, animales, edificios, árboles, montañas, ríos, carros, trozos de papel con caras dibujadas, pedazos de tela con colores y franjas, etc. Pero, ¿poder ver la nación o el país? Imposible. El cerebro recibirá señales no habituales, creará pensamientos a base de la convicción que te dirán que estás en otra parte diferente a tu entorno regular: los humanos se dejan llevar por costumbres y normas distintas a lo que tu cerebro está acostumbrado a observar; los humanos se cuentan historias distintas entre ellos, y viven bajo esas historias; el sol «se pone» y «sale» más temprano o más tarde de lo que tu núcleo supraquiasmático está acostumbrado; la estructura de la sociedad está construida de una manera distinta a tu entorno; en esa porción de tierra hay animales «atrapados» desde hace millones o decenas de miles de años porque no pueden vivir en otro entorno por cuestiones evolutivas y geográficas, como los canguros en Australia [5]; y muchas otras cosas. Y con toda esta información de la realidad objetiva generas la historia, la imagen en tu cabeza.


Imagen: Diana Stoyanova

Te estás encontrando con seres y cosas individuales. Te encuentras con otro pedazo de tierra o mar. Te encuentras con la realidad objetiva. Imagínate que realizas un viaje en el tiempo hasta hace aproximadamente 16,000 años, cuando los humanos comenzaron a pisar América[**]. Podías pasar de lo que hoy llamamos Estados Unidos a lo que hoy llamamos México, pero con la única diferencia de que te ibas a sentir en el mismo lugar: pisando tierra y tierra y tierra [6]. Ahora, viaja más en el tiempo, hasta hace 25,000 años. Habrías podido pasar de lo que hoy llamamos España a lo que hoy llamamos Portugal, y habrías sentido que solamente estabas pisando tierra, como lo hiciste en América. Nunca habrías podido observar las líneas imaginarias que hacen dividir un pedazo de tierra —y todavía no puedes verlas—, nunca hubieras podido ver a México o a Estados Unidos ni a España o a Portugal. Pero esas líneas imaginarias generadas por nuestras neuronas las podemos refugiar en esta realidad objetiva: fronteras en forma de construcciones, por ejemplo, para saber que hasta ahí llega la ficción en forma de nación, país o pueblo. Sin embargo, en el mismo momento en que cruzas una nación, un país o un pueblo sentirás que estás en el mismo espacio y en la misma tierra de hace 5 metros de distancia. Solamente tu imaginación te hará creer que estás en otro lugar completamente distinto al que estabas hace 5 metros de distancia. Aquí entró nuestra subjetividad —la realidad subjetiva o imaginada—.


¡Pero es el mismo fucking pedazo de tierra!


Pedazos de tela que nos unen


Hablemos de las banderas. ¿Qué es una bandera? Te tengo una respuesta muy amigable: una bandera es un pedazo de tela que carece de algún valor intrínseco para nosotros. Pero a este pedazo de tela carente de valor intrínseco le atribuimos una historia que nos contamos los unos a otros: este pedazo de tela representa una porción de tierra, y este pedazo de tierra representa otra ficción. Le das este pedazo de tela carente de valor intrínseco a un bonobo y habrá altas probabilidades de que se limpie el culo cuando termine de defecar, o quizá la rompa en pedazos. Incluso yo también puedo hacerlo, y lo haría si fuera necesario [7]. Sin embargo, le dan este pedazo de tela a un Homo sapiens, diciéndole que representa la historia de los sacrificios, las luchas y los logros de las personas y cosas que han vivido ahí, se dirigen hacia ti y te dicen que tú eres parte de esa historia y debes defender y creer en la ficción —ya que el no hacerlo sería una «falta de respeto» hacia el Homo sapiens a tu lado o del pasado—... y ahí el cerebro comienza a hacer su trabajo. Ya no vemos un simple pedazo de tela carente de valor intrínseco. Ahora observamos una realidad imaginada, gracias a las historias que nos hemos contado y que las hemos refugiado en la pieza de la realidad objetiva: el pedazo de tela.


Entonces, el sapiens a mi lado también cree en la nación y en la bandera y, por lo tanto, no nos podemos hacer daño porque tenemos la misma creencia, creemos en la misma historia, en los mismos mitos y en la misma ficción. Somos parte de ellos, de la bandera, del país o la nación. A diferencia de los chimpancés en el estadio de fútbol, los 80,000 sapiens a mi lado y yo no (solo) vemos a otros humanos jugar con una pelota como tontos. Los 80,000 sapiens a mi lado y yo estamos viendo a nuestra nación o nuestro país jugar. ¡Y yo soy la ficción y el mito! ¡Yo soy mi país! ¡Yo soy mi bandera!



«Un lugar fantasma ahora inexistente»


En una mañana muy soleada, donde los pájaros anunciaban el nuevo amanecer, una joven muy patriota se levanta, se arregla, se pone las botas, pero antes de irse al trabajo su vida cambió radicalmente, causándole una marca psicológica negativa para toda su vida. La joven había sido la persona más patriota de su nación, defendiéndola hasta la última gota de sudor, participando en cada organización y evento importante. La bandera formaba una parte de su identidad, y cada vez que la miraba sus pelos deseaban salir expulsados de los poros. Cuánta satisfacción, respeto y reverencia sentía al ver a su nación, su país... al «verse a ella misma». Sus padres le decían desde pequeña que su mayor identidad, y la única que debía defender, ya que representaba también la de toda su familia durante varios largos años, era su identidad yugoslava. «Yugoslavia dejará de funcionar como estado federal dentro de un año y probablemente se disolverá en dos», fue lo primero que escuchó al levantarse. ¿Pero qué iba a suceder con todas las personas? ¿Hacia dónde todo se marcharía? ¿Entonces las memorias y las experiencias de su familia y de ella existirían en un lugar fantasma y no aquí? ¿Quién iba a ser ahora la joven?


En cualquier momento un país, una nación, un Estado o un pueblo puede «morir» y pasar a ser otro nombre, con otros fines y con otra tela carente de valor intrínseco. El lugar en donde vives tú ahora mismo mañana puede pasar a formar parte de otro país o pueblo, o pasar a ser unos completamente nuevos... Aunque las tierras sigan intactas, las personas sigan vivas, el estilo de vida siga siendo el mismo, la cultura siga intacta, los animales sigan con sus asuntos cotidianos, el clima siga siendo el mismo, las montañas sigan estando plasmadas en su lugar, sus playas sigan teniendo la misma salinidad y las personas que gobiernan sigan siendo las mismas. Pero el país murió. Su bandera fue «quemada». La joven no sabía que los ríos que bañaron a sus abuelos, los árboles que le daban sombra a su hermana y a ella cuando pequeñas, el clima frío que obligaba a la piel de sus padres a erizarse y el entorno natural de su lugar de trabajo iban a permanecer exactamente en el mismo lugar. Toda esa porción de tierra no se iba a marchar hacia otro lugar del planeta o hacia alguna otra parte del universo. Las memorias y las experiencias de su familia y de ella misma seguirían siendo objetivamente válidas, no memorias y experiencias vagando por un lugar fantasma ahora inexistente. Porque la realidad objetiva seguía siendo la misma; pero la realidad imaginada había cambiado radicalmente.


Puerto Rico no existe, sino varias porciones de tierra rodeadas de agua. Estados Unidos no existe, sino porciones separadas de tierra en las que varias personas decidieron que en esa área era Estados Unidos, después de ahí ya no lo era, pero luego sí lo era, pero luego hay océano y no lo es… pero luego hay islas que sí lo son, y finalmente ya no lo es. ¡Ufff! [***] Esta inexistencia, o existencia imaginada, le aplica también a Australia, España, México, India, China, etc. Y lo mismo le aplicará a las tierras de Marte si alguna vez colonizamos el planeta.


Aspectos positivos y negativos de nuestras imaginaciones


La creencia en estas ficciones ha hecho varias cosas buenas, como formar relaciones amorosas y sociales entre los compatriotas, cooperar de una manera específica para poder llevar adelante «nuestra ficción» y unir a sus sapiens cuando se celebran los juegos olímpicos y otros eventos. Hace que generemos compasión y empatía por las personas de «mi ficción», hace posible que celebremos juntos ciertos comportamientos e historias (costumbres y tradiciones, por ejemplo) que nos han marcado desde pequeños... Y muchas cosas que estas realidades imaginadas —junto al mito de la cultura— crean.


Imagen: Michelle Hamson

Estas ficciones, sin embargo, pueden derrumbar o hacer añicos el tema central de este blog: la cooperación efectiva de humanos en gigantescos grupos. Pueden traer consigo, si no se reconocen como lo que son, una creencia que puede tornarse peligrosa, el nacionalismo. Y el nacionalismo puede traer consigo el nacionalismo extremo o el chovinismo. Asesinaré, discriminaré negativamente y/o despreciaré a los sapiens que no pertenezcan a dentro de esta línea imaginaria o pedazo de tierra, a los que no tengan nuestras costumbres y tradiciones, a los que no se cuenten las mismas historias que nosotros (estos son nuestros inherentes instintos evolutivos que también hacen posible la xenofobia y el racismo). Voy a luchar por un ejercito que tiene intereses personales egoístas que se refugian en un superego, incluso si se tienen que destruir familias, niños y minorías por la causa. Pueden hacer que dos grupos de Homo sapiens que compartan distintos mitos se odien entre sí por sus diferentes creencias, culturas y costumbres; que el mundo entero viva en separación y conflicto, como lo vimos muy bien en el siglo XX con las dos guerras mundiales.


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Aquí tenemos el primer ejemplo de mitos, ficciones y realidades imaginadas que nos hacen cooperar como colectivo de millones o miles de millones de personas, y que además pueden tornarse muy peligrosos. Lo más interesante de todo es que las naciones, los países y los pueblos no existen en la realidad objetiva. Solo existen en nuestra imaginación. Más importante, en la imaginación colectiva de Homo sapiens. Solo existen pedazos gigantes de tierra, grandes montañas, mares muy azules, verdes colinas, individuos humanos y telas muy suaves. Eliminemos de la historia estas ficciones y estos mitos refugiados en todos estos componentes de la realidad objetiva y no habría civilización... No estarías leyendo esto.


Sin embargo, estas ficciones y estos mitos, por sí solos, no pueden funcionar en los grupos de millones o miles de millones de Homo sapiens. Las ficciones como estas necesitarían crear más mitos, más ficciones y realidades imaginadas en los que basarse si las personas pertenecientes a los mismos no desean ver la destrucción, más conflicto, el caos o la sangre (disculpen el dramatismo).


EL TIPO DE MITO NECESARIO


Imagen: Rick Hines

Los chimpancés viven bajo sus «reglas»; los leones y los tigres viven bajo sus «reglas»; las abejas y hormigas viven bajo sus «reglas». Y nosotros vivimos bajo las nuestras. Nosotros, además de reglas moldeadas por la selección natural y sexual, «reglas naturales», generamos reglas adicionales para poder cooperar como colectivo de miles, millones y miles de millones de personas, reglas que solo viven en nuestra imaginación. Las leyes.


Nuestro sistema de reglas imaginado


Antes de entrar a las leyes, veamos el poder de nuestra imaginación con un simple ejemplo. ¿Recuerdas el estadio de fútbol? Volvamos a él. Coloquemos a veintidós de nuestros primos chimpancés, digámosle las reglas del deporte y démosle una pelota. ¡Que comience el juego! Los chimpancés pueden patear el balón y anotarla dentro de la portería. Nosotros Homo sapiens, sin embargo, tendríamos en mente ciertas reglas e historias imaginadas (mitos): si hubo o no fuera de juego, si tocamos la bola con la mano, si hubo falta, si la jugada merece un pedazo de cartón rojo o amarillo, si la bola atravesó un arco con una malla, si al campo entró un sapiens desconocido y varias otras reglas. Y no solo los humanos en el campo tendrán presente estas historias imaginadas; los humanos en las gradas y en sus casas también. Los chimpancés quizá utilicen la pelota para pegarle, pero no para llevar las diferentes reglas específicas y complejas que nosotros somos capaces de generar y, por un breve momento de diversión, adrenalina y pasión, creer que forman parte de esta realidad objetiva.



Ahora, coloquemos a 50 bonobos en un supermercado para que hagan sus compras. Te recomiendo que si eres dueño de un supermercado, no lo intentes —y si lo haces, por favor, escríbeme como te fue—. Hay altas probabilidades de que los bonobos hagan fiesta en el establecimiento: comiéndose prácticamente el primer alimento que miren, quizá teniendo sexo en grupo y quizá tirándose heces los unos a otros. Nunca verás a los bonobos escogiendo deliberada y cuidadosamente los diferentes productos y alimentos, sin «robar», en modo «debo comportarme bien», y luego haciendo la fila pacientemente para pagar con unos papeles o un pedazo de plástico. Estas serían reglas o historias imaginadas generadas por la mente de Homo sapiens para comportarnos de una manera específica dentro de un establecimiento como estos —aunque sería interesante ver cómo los humanos se tiran heces los unos a otros y tienen sexo grupal dentro de un supermercado—. Además, no solo tenemos reglas que nos crean comportamientos específicos para con los supermercados. También somos capaces de generar decenas —quizá hasta cientos— de tipos de reglas sobre la base de historias que nos contamos que moldean nuestro comportamiento dependiendo del lugar que visitemos: reglas para cuando nos encontremos en los restaurantes y otros lugares de comida; reglas para los cines; reglas para las iglesias, los templos, las sinagogas y las mezquitas; reglas para los strip clubs; reglas para las bibliotecas y los lugares de estudio; reglas de y para mi hogar, etc. Ciertamente nuestro comportamiento varía dependiendo de las reglas del lugar en que nos encontremos. Y todas estas reglas (mitos) deben estar aprobadas por unas reglas superiores llamadas leyes (mitos) que gobiernan y vigilan a todos estos lugares.


Pero, ¿en dónde podemos ver estas leyes? ¿En dónde residen? ¿De dónde vienen? En y de nuestra imaginación. Piensa que en estos momentos, en unos edificios, hay distintos Homo sapiens, considerados líderes del país donde vivimos, escribiendo sobre un pedazo de papel, o en una computadora varios ceros y unos, o hablándose y diciéndose cosas entre ellos, y tu cerebro los percibe. Ahora, los garabatos, la información binaria o las ondas de sonido, respectivamente, nos dicen que podemos tomar todo lo que deseemos del supermercado, a nuestro gusto y placer, y comportarnos de la manera que deseemos sin ninguna consecuencia legal. Vayamos a un supermercado y observemos la magia y el poder que tienen ciertos garabatos, ceros y unos y palabras… Pero en especial, la magia y el poder de los mitos.


Las leyes son mitos necesarios que nos contamos, o nos cuentan, para poder comportarnos de maneras específicas y para poder llevar un orden entre Homo sapiens y el mundo. Pero no puedes encontrar un lugar específico o concreto en el Universo donde residan nuestras leyes, o donde dicte que las leyes deben ser así (aunque sí tenemos los instintos evolutivos, marcados en nuestros genes, que pueden ser su base [8]). Puedes, sin embargo, encontrar las piezas de esta realidad objetiva en donde las escondemos: las personas reunidas que escriben dichas leyes; puedes ver las estructuras de construcción específicas (los edificios del gobierno); puedes leer ciertos garabatos que representan más mitos (la constitución, por ejemplo); puedes ver los pedazos de papeles con tinta y muchas otras cosas de esta realidad objetiva. Pero en esta realidad objetiva nunca encontraremos una ley o una regla imaginada generada por Homo sapiens. Nunca nos encontraremos con una ley caminando a nuestro lado, y ni siquiera en los edificios donde los humanos están creándolas. Ni siquiera los científicos, con sus tecnologías muy avanzadas para conocer la realidad objetivas, pueden hacerlo. Lo único que podemos ver son las conexiones neuronales —conectadas de maneras específicas con algunas cargas electroquímicas y bioquímicas en el cerebro y por todo nuestro sistema nervioso cuando se piensa en dichos mitos—, los papeles, los edificios y los humanos.


Cuando la entropía deje de funcionar


Como mencionamos, lo interesante es que los demás animales también tienen sus propias normas para poder convivir, e incluso algunos tienen sus propias culturas. Pero no tienen un sistema imaginado, creado y escrito por cierto grupo que dicte cómo hay que comportarse como individuos, manadas o grandes grupos, dependiendo del lugar, contexto o situación. Nunca verás a moscas hembras formando una manifestación feminista enfrente del capitolio de moscas para que hagan un mito (una ley) igualitario entre hembras y machos. Nunca verás a gatos formando una firma de abogados (ficción) defendiendo a los gatos Munchkin por discriminación y violación a sus derechos. Tampoco verás a un grupo de bonobos formando unas elecciones democráticas para elegir a la próxima bonobo presidenta [9]. Solo Homo sapiens, por ahora, posee esta capacidad para, más allá de las «reglas» de la evolución y la selección natural, generar estas ficciones y estos mitos que residen «por encima» de la realidad objetiva y poder comportarse de una manera efectiva en y con el mundo.


En nuestro sistema de reglas imaginado podemos decir que algo ya no es ley y el Universo seguirá funcionando igual. Sin embargo, si el Universo, de alguna manera, lograra hacer que la segunda ley de la termodinámica ya no sea una ley, todo pasaría a ser radicalmente diferente, y quizá hasta deje de existir. Pero ahora regresando a la realidad. En nuestro sistema de reglas imaginado podemos decir que una ley ya no es ley y hacer que desaparezca y se olvide. Sin embargo, podemos decir que la segunda ley de la termodinámica ya no es una ley, pero la entropía seguirá siendo una ley fundamental del Universo. La entropía no cambiará ni desaparecerá, aunque todos lleguemos a ese acuerdo.


Acabamos de ver dos formas para distinguir una ley hecha por nuestra imaginación (realidad imaginada/subjetiva) de una ley natural (realidad objetiva). Repito por última vez: las leyes y reglas generadas por Homo sapiens, como las del fútbol o la ley contra la discriminación por sexo, no existen en esta realidad objetiva: no son una parte de la naturaleza en sí (como la entropía). Solo residen en nuestra imaginación, y más importante, en la imaginación colectiva de las otras personas. Esta es una de las razones por las que los humanos somos gobernados —además de por la entropía— por imaginaciones. Y las imaginaciones en forma de leyes pueden hacer que cooperemos todos de una manera efectiva con y en el mundo.


TRABAJAR PARA ALGO QUE NO EXISTE


Imagen: Pawel Olek in Google

Si ahora mismo te pregunto si Google, Apple, Walmart u otra compañía o corporación existen en esta realidad objetiva, probablemente me digas que sí: «Claro, ayer fui a Walmart utilizando la aplicación Google Maps que tengo en mi iPhone». Permíteme cambiarte un poco tu perspectiva sobre este tema. Tú no puedes encontrarte con Google si estás caminando por la calle. Ni siquiera puedes encontrarlo físicamente en este planeta. Te reto a que lo hagas, en especial si vives en Mountain View, California, donde se encuentra la sede de la compañía. Pero con una sola regla: no se vale confundir la realidad imaginada con la objetiva. ¿Listo? ¡Vamos!



, puedes ver los pedazos de construcciones (edificios) en donde opera esa compañía… pero eso no es Google. También, puedes ver el garabato colorido (logo) de Google en cualquier lugar, en Internet, la televisión, billboards, aplicaciones móviles, etc.... pero eso no es Google. Puedes ver su página web tan única y legendaria... pero eso no es Google. Puedes ver los carros que trazan las carreteras de los mapas electrónicos, y los productos físicos que hace la compañía... pero eso no es Google. Estás viendo la realidad objetiva: construcciones artificiales, garabatos, colores, redes inalámbricas, millones de píxeles reflejados en aparatos electrónicos que transmiten imágenes (como la televisión o las computadoras), billboards, teléfonos móviles, carros y humanos. Todos esos ejemplos son cosas de la realidad objetiva en donde la realidad imaginada de Google se esconde. Pero a Google en sí no puedes verlo. Es imposible.


¿Las compañías y corporaciones son indestructibles?


Hagamos algo interesante. Con el poder que me ha conferido esta computadora en donde escribo estos ceros y unos, me haré jefe de la compañía. Ahora, despediré a todos los empleados de la compañía... pero Google seguirá de pie. Derrumbaré todos los edificios con todos los ejecutivos y gerentes adentro... pero Google seguirá de pie. Tomaré todos los productos tipo hardware de Google, los destruiré hasta convertirlos polvo, los enviaré a la galaxia más cercana, Andrómeda… pero Google seguirá de pie. Esto no significa que Google es indestructible. Sin embargo, un juez puede tomar su bolígrafo, escribir un garabato sobre un papel, crear su magia poderosa… y hacer que Google desaparezca. Aunque las personas que trabajaban para Google sigan existiendo, sigas viendo el logo, los edificios sigan intactos y todos los productos físicos de Google sigan funcionando y existiendo. Ese mismo edificio que pensabas que era Google ahora es Amazon. Ese mismo carro que pensabas que era Google ahora es Waze. Esas mismas personas que pensabas que eran Google ahora son, pues, personas desempleadas. Pero Google ha desaparecido.


Gracias a las realidades imaginadas anteriores —las leyes y reglas imaginadas— y a las órdenes judiciales, se pueden crear o eliminar ficciones como lo son las corporaciones y compañías, como lo es Google, Walmart y Apple. Los abogados se refieren a las compañías como Google con el nombre de ficción legal. No son una realidad del mundo físico, de la realidad objetiva, pero sí como entidades imaginadas legales no humanas que pueden ser procesadas legalmente como si fueran humanos reales.



Pero no siempre fue así. Utilicemos el mismo poder «autoconferido», y viajemos en el tiempo hacia el siglo XIX. Si yo creaba una compañía de carros, todo lo que le ocurriese a las personas que compraban mis productos, la responsable tenía que ser la persona dueña de la compañía, en este caso yo, y no solamente a la entidad ficticia legal, como lo es hoy día. Yo habría tenido que pagar las multas, responder a las acusaciones y demandas, etc. Probablemente habría tenido que vender a uno de mis hijos al servilismo. No fue hasta que los sistemas legales (o grupos de Homo sapiens hablándose entre sí) decidieron tratar y procesar a las compañías y corporaciones aparte, sin tener que perjudicar al propio individuo —a mí en este caso— que el mundo cambió en uno de sus aspectos.


Imagen: Serj Marco

Así es como nuestra economía pudo prosperar, creando más y más ficciones legales, utilizando casi todos los recursos primos de la realidad objetiva para hacer prosperar estas ficciones. Sin tener en cuenta que en el proceso contaminábamos demasiado el ambiente: nuestra ecología y ambiente comenzaron a cambiar poquito a poco desde este cambio de la revolución industrial. Antes, nuestra realidad imaginada era la que dependía de la realidad objetiva. Ahora, la realidad objetiva, como los mares, el clima, los animales y los entornos, también depende en gran parte de nuestra realidad imaginada, como las leyes, las compañías y corporaciones y el dinero.


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Nuestras imaginaciones en forma de compañías y corporaciones también han tenido un impacto en la realidad objetiva. Las compañías y corporaciones no existen en esta realidad objetiva, pero dependemos en gran parte de ellas. Sin embargo, ellas solo existen en tu imaginación y, más importante, en la imaginación colectiva de todas las personas. Cuando vayas de camino hacia tu trabajo, puedes decirle a las personas que irás a trabajar para algo que no existe realmente, y ganarte la vida mediante algo que no existe realmente, como veremos a continuación. Ellas te mirarán como si fueses algo raro, pero tú continúa.


Sin embargo, esta creencia en ficciones legales no podría funcionar sin otra cosa muy importante, como te darás cuenta.


DINERO, MONEY, CASH... Y GUINEOS


Imagen: Mr.MAD RABBIT

Aclaremos qué es el dinero. Dinero es todo aquello que pueda intercambiarse como un pago de bienes, servicios, deberes u obligaciones, etc. [10] Su origen etimológico viene del vocablo latino denarius, el nombre de la moneda que utilizaban los romanos. Mi cuerpo puede ser dinero, la manzana que tengo en la nevera puede ser dinero, la flor que recoja en el bosque también podría serlo. ¡Hasta mi conocimiento puede ser dinero! Pero para propósitos de este blog, con dinero me referiré a la primera imagen que nos viene a la cabeza cuando escuchamos la palabra: el papel, la moneda o la transacción electrónica (nótese que las tres residen en la realidad objetiva).


El dinero universal actual es una historia inventada basada en la confianza de las personas. Para mí, este tipo de dinero es la ficción, el mito y el sistema imaginado más efectivo de todos los tiempos. Todos podemos cooperar de una manera efectiva cuando se encuentra esta realidad imaginada en medio. No me creas, solamente entra a un restaurante, donde unos humanos manejan la comida de otros humanos, y observa cómo se comportan.



No todo el mundo cree en las leyes. No todo el mundo cree en dioses o diosas. No todo el mundo cree en partidos políticos, ideologías y religiones. No todo el mundo cree en las naciones y los países... Pero prácticamente todo el mundo cree en el dinero. Y no es que creas, es que tienes que creer, o hacer que crees, para que puedas sobrevivir en el sistema donde vives ahora mismo.


El dinero actual y pasado


El dinero actual es un sustituto de los recursos y posesiones intercambiables que obtenían los cazadores recolectores antes de la revolución agrícola y antes y durante el surgimiento de la civilización. Recursos como la comida, los materiales para construir un hogar seguro y poder sobrevivir, los materiales y adornos para cortejar y atraer a una pareja y poder pasar tus genes a la próxima generación, etc. El dinero funciona psicológicamente como lo hacían dichos recursos y posesiones (pero no estrictamente igual, como veremos). Mientras más recursos y posesiones (útiles) tenías u obtenías, mientras más intercambios (útiles) podías realizar, tenías más seguridad, tenías más probabilidades de sobrevivir, de pasar tus genes a la próxima generación y, muy importante, de asegurarte de que tus descendientes también pudieran sobrevivir. ¿Todo esto no te suena análogo a lo que hoy hacemos con el dinero? Estos descendientes heredarían los genes de sus padres, genes que hicieron que sus padres tuvieran éxito en la adquisición de recursos y los intercambios; por lo que este ciclo se repitió hasta nuestros días.


Pero, ¿qué hizo que deseáramos intercambiar los recursos con las demás personas? No siempre podíamos tener éxito en nuestras cazas y recolecciones, pero teníamos vecinos que podían tenerlo cuando nosotros fracasábamos. Y necesitábamos recursos para sobrevivir. Y éramos animales sociales. ¿Por qué no intercambiar y negociar? ¿Por qué no cooperar con mis vecinos cuando no tuvieran éxito y utilizarlos a ellos como bancos que en el futuro me pueden devolver mi servicio anterior? La necesidad de dichos recursos a lo largo de nuestra historia evolutiva —desde que éramos unos simples peces hasta nuestro estado actual de Homo sapiens— nos condujo al intercambio. Gracias a nuestras presiones evolutivas, gracias a nuestra condición de primates y simios sociales y cooperativos, gracias a nuestro complejo y sofisticado lóbulo frontal y corteza prefrontal, gracias a nuestros genes, por consiguiente, explotamos esta capacidad de intercambio para nuestra propia supervivencia y reproducción.


No es que el papel, la moneda o la transacción electrónica sean, en sí mismos, iguales a estos recursos necesarios, como los alimentos y la tecnología de supervivencia; por ejemplo, no puedes hacerte una casa con papel o monedas, y mucho menos con transacciones electrónicas, muchísimo menos puedes ingerirlos. Con este tipo de dinero viene algo mucho mejor: podemos obtener esos recursos tan necesarios a lo largo de nuestra historia evolutiva, o tener el potencial de obtenerlos, para nuestro éxito en la supervivencia o reproducción. Puedo obtenerlos sin poner mi vida en peligro al salir a cazar u obtener lo que será mi alimento y energía. Puedo obtener materiales y recursos necesarios para poder cortejar, seducir y cautivar a una pareja sexual potencial. En el dinero tengo el potencial de obtener casi cualquier recurso del mundo. En otras palabras, cuando miro mi dinero, «estoy observando» casi cualquier recurso. Para mí, el dinero que conocemos hoy es nuestra invención imaginada más importante. (¿Recuerdas los genes de aquellos descendientes? Nosotros somos descendientes de ellos. Luego de leer esta sección del dinero, explícale esto a la persona que maldice el dinero, y el por qué tantas personas lo desean con fervor. Y recuerda que una explicación no necesariamente equivale a una justificación.)


Este tipo de dinero actual es universal, y su invención fue hace aproximadamente 5,000 años.


Brevísima historia del dinero universal actual


Imagen: James Speed

En la antigüedad no existía como dinero universal la moneda o el pedazo de papel; casi todo era, como mencionamos, intercambio de bienes y servicios. Tú me das una cantidad de tu siembra y yo te limpio los zapatos. Tú me das una cantidad de peces y yo a ti te doy pollos. Luego, uno de los primeros dineros universales que surgió fue la cebada sumeria, una planta de cereal [11].


Todo el mundo utilizaba la planta como la unidad de dinero. Pero aquí surge un problema con este tipo de dinero. ¿Qué pasa con las plantas? Se mueren, o se pudren con el tiempo si no se utilizan mientras no están en el suelo fértil; los ratones y otros animales se las pueden comer; y es un poco complicado transportar grandes cantidades de un lugar a otro —solo imagina a alguien entrando por la puerta del supermercado con la exageración de plantas sobre su espalda para poder pagar lo que consumimos hoy—. Había que utilizar la imaginación y resolver todos estos problemas.


Por consiguiente, gracias a las relaciones políticas, sociales y económicas, pudimos cambiar el sistema de juego. Y, hasta ahora, todo comenzó en Mesopotamia. El avance que cambió la historia fue cuando las personas comenzaron a creer y confiar en el tipo de dinero que no contenía algún valor intrínseco. Aunque era mucho más fácil de guardar, mantener y transportar. Ese tipo de dinero sin un valor intrínseco que cambió la historia fue el siclo de plata, alrededor del año 3,000 a.e.c. De ahí que también hayamos creído en el oro y el papel como formas de dinero. Ahora el dinero no me lo comen los ratones y demás animales; puedo tenerlo años guardado, sin uso, y no se pudre; puedo llevar menos cantidad de siclos de plata en comparación con las unidades de cebada, pero con más valor.


¿Cómo pudo haber sido convencida la gente de esta creencia tan peculiar? Aunque es solo una forma social, se me ocurre una idea especulativa, y digámosla en pocas oraciones. Soy el emperador de un gran imperio. Tengo un imperio con cientos de miles de soldados. Los soldaditos matan. Las personas deben respetar y creer en el emperador, yo, porque soy el dios Junykto encarnado. Si no lo hacen, llamo a los soldaditos para que los asesine por falta de obediencia. Les digo que este pedazo de metal ahora es universal y representa mi poder imperial. Decir o hacer lo contrario conlleva a la muerte. Si es un trozo de papel o metal, y tiene mi bella cara en él, o la de cualquier otro rey o reina, la persona sabrá lo que le espera, así que debe creer que el papel con mi cara tiene valor —te estoy viendo, ¡recuerda mi cara plebeya!—. Es ilegal romper, quemar o invalidar el pedazo de papel con mi cara, y menos con el nombre Junykto en él. Todos respetan y creen en Junykto y en el emperador, en mí. Así que si digo que crean en el papel porque me respetan y creen en mí, lo harán. Y así, pude presentarles este pedazo de plata, oro o papel a mis queridos peones y plebeyos. ¡Ley y orden!


Imagen: Ilia Kalimulin

Gracias por confiar en mí, querida amiga


Sin embargo, y continuando, un pedazo de oro, plata o papel carecen de un valor intrínseco. Tú no puedes comerte o beberte una porción de oro, plata o papel. Ni siquiera el gobierno puede crear armas efectivas de papel u oro. Solamente podemos confiar en él —en ese tipo de dinero—, creer que existe en realidad, en que tiene algún valor que nos hace cooperar de manera colectiva y luego asignarle una cantidad de valor imaginado a las cosas.


Entonces, hoy día, ¿qué es exactamente lo que determina que el dinero en papel, oro, plata o electrónico haga que puedas comprar un par de zapatos, pero no puedas comprarlos con un racimo de guineo o plantas de cebada? Es mi confianza, acuerdo y creencia en él, y en que las demás personas también lo hacen. Creo en el dinero porque mi vecina cree en el dinero, el jefe de la compañía cree en él, la joven que me cobra en el supermercado también lo hace. ¡Todas las personas que conozco creen en este dinero! Entonces, yo también. El dinero existe porque todos creemos en él. Nos contamos historias como: «las manzanas cuestan tres unidades», «el racimo de guineos cuesta cinco unidades», «los zapatos cuestan treinta», «tu salvación cuesta la mitad de tu salario». Sin embargo, este mismo papel que piensas que es dinero, mañana el presidente puede decir que ya no es dinero —del mismo modo que lo hizo el abogado con su bolígrafo mágico con Google—, y aunque el pedazo de papel o la moneda de plata sigan existiendo, ya no podrás intercambiarlo con tu vecina, con tu jefe o con la joven que te cobra. Ya las almas del papel y de la moneda ascendieron al más allá.



En un experimento realizado en el laboratorio de mi cabeza, me imaginé a tres científicos dándole a un chimpancé un pedazo de papel para que fuera y comprara un racimo de guineos, luego de entrenarlo para que creyése y actuase. Es de suma importancia señalar que el chimpancé ignoró el pedazo de papel, fue directamente hacia los guineos, los agarró y salió corriendo para comérselos afuera. Nunca el chimpancé fue hacia el racimo, lo tomó, hizo pacientemente la fila, le dio el pedazo de papel al cajero y salió como todo un buen miembro de la familia Hominidae.


Los demás animales pueden intercambiar cosas con un valor intrínseco como «yo te doy un guineo, y tú me das un melón», «tú me acicalas, y yo a ti», «tú me das refugio, y yo a ti protección». Y nosotros también podemos, ¿quién dijo que no? Pero ellos no te aceptarán un pedazo de papel o una transacción por Paypal por un racimo de guineos, como lo pudimos notar en el experimento (aunque podríamos enseñarles a muchos de ellos, siempre y cuando reciban alguna recompensa).


Aspectos positivos y negativos de nuestras imaginaciones


La creencia en el dinero es súper útil e importante. Podemos lograr muchas cosas. Puedo hacer que unos completos extraños, que hace 16,000 años —cuando hicimos nuestro viaje en el tiempo a América— posiblemente me habrían asesinado, construyan una piscina detrás de mi casa… ¡hasta los dejaría hacer sus necesidades en el baño, dentro de la casa! Puedo confiar en un completo extraño —que no sé de qué familia es, qué creencias tiene, cuál es su pasado, qué cosas ha hecho—, y hacer que dicho extraño me haga una cirugía a corazón abierto para poder salvarme. Puedo hacer que mis hijos coman y tengan un techo, y que yo también coma y tenga uno. Puedo donarlo a organizaciones caritativas para que ayuden a otros sapiens niños. Y miles de cosas más.


Imagen: Ramotion in Randominds

Podemos, sin embargo, lograr más cosas con el dinero. Esta creencia en esta ficción y mito ha hecho que personas vivan intranquilas y enfermas por inestabilidad económica. Ha hecho que personas se quiten la vida por perder grandes fortunas. Ha hecho que familias vivan en la miseria. Hace posible la compra de cualquier psicópata para que asesine un enemigo, o a alguien que esté ganando más poder de los que tienen el «poder». Hace que las personas coloquen sus vidas al borde de la muerte.


(¿Recuerdas cuando te expliqué la analogía entre el dinero actual y los recursos y posesiones de nuestros antepasados? Lo más probable así mismo funcionaba. En el lado positivo y negativo.)



El dinero puede ser muy útil e importante para la supervivencia y peligroso a la misma vez, al igual que las demás creencias en realidades imaginadas. Sin embargo, el dinero es la realidad imaginada más importante, hasta ahora, para el ser humano actual... aunque no exista en esta realidad objetiva y solo en nuestra imaginación. Pero más importante, en la imaginación colectiva de las personas. El día en que todo el mundo deje de creer en el dinero actual —cosa que probablemente no suceda, al menos no hasta varios años, siglos o milenios— la historia cambiará, el sistema cambiará, el estilo de vida de las personas cambiará. Como lo hizo cuando abandonamos el intercambio de plantas de cereales.


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Repitamos una última vez. Este tipo de dinero, por sí mismo, no es lo más importante para Homo sapiens; por sí mismo no puede hacer nada. Es nuestra creencia en él: cómo nos hace confiar los unos a otros, cómo nos hace sobrevivir, comportar, cooperar, inventar, desarrollar, innovar y hasta evolucionar.


¿Pero ha sido el dinero lo que más impacto ha tenido en la vida e historia de Homo sapiens a lo largo de la historia? ¿Es el dinero la única creencia ficticia que impacta la vida de las personas en la modernidad? Al igual que el dinero, hay más entidades invisibles y ficticias que han estado presentes en nuestro mundo por un largo período, gracias a las historias que nos contamos, gracias a los mitos más dulces y apasionados de nuestro cerebro.


MI DIOS ES MÁS REAL QUE EL TUYO


Imagen: iVan in Taxi Set

Las entidades sobrehumanas y sobrenaturales han sido de las ficciones y realidades imaginadas que, mediante mitos, más duración han tenido a lo largo de la historia. Desde la creencia en que un árbol tiene su propia alma (animismo); pasando por los dioses de los antiguos griegos, romanos y vikingos (politeísmo); hasta la creencia dominante de hoy —al menos en occidente—, la de que un dios personal me vigila y, como una cámara de seguridad desde algún lugar más allá del Universo, sabe todo lo que hago y pienso (monoteísmo) [12].


Los dioses y diosas son ejemplos de entidades imaginadas sobrehumanas e invisibles, las cuales residen más allá o dentro del Universo. Son los «causantes» de las lluvias, la buena fortuna, la furia de la naturaleza, de nuestra buena y mala suerte, de todos los nacimientos y todas las muertes, del movimiento de los átomos, de las leyes del Universo, de que mi ex la esté pasando mal... En fin, de todo... menos de las acciones que tomamos mediante nuestro ilusorio libre albedrío, por supuesto. Si yo hago algo mal, Dios me castigará. Si hago algo bien, Alá me recompensará. Entonces hay que portarnos bien para que Brahma o Siva no nos envíen al infierno cuando nuestros cerebros dejen de funcionar y nuestras células mueran.

Para conocer un poco el poder de la imaginación que el cerebro de Homo sapiens hace posible, veamos brevemente algunos de los diferentes tipos de creencias dominantes que se han llevado a cabo a lo largo de nuestra historia y cómo han ido evolucionando, o «desevolucionando». Pero antes de continuar hacia las tierras de las distintas creencias, primero deseo que hagamos una breve parada en una hipótesis sobre por qué surgieron estas creencias sobrehumanas y sobrenaturales. Sírvete un plato con palomitas de maíz porque el viaje mental se pone interesante.


Creo que la puerta que le dio paso al teísmo, deísmo y animismo fue nuestro sentido evolucionado de antropomorfismo, esto es, el atribuirle agencia con características (mentales, no mentales, emocionales, etc.) humanas a las cosas no humanas; nuestra ignorancia y necesidad de querer darle un sentido a todas las cosas y causas del Universo; y nuestra falta de control sobre las demás cosas. Durante toda nuestra historia evolutiva, prácticamente la mayoría del tiempo se vivía en incertidumbre y casi todo lo que sucedía era incomprensible para nuestra mente. Por lo tanto, debíamos suponer lo que estaba sucediendo en nosotros, a nuestro alrededor y más allá. Nosotros poseemos una «voluntad propia», alma y sentimientos, por lo tanto, las demás cosas que observo a mi alrededor también los poseen porque «actúan» —la tierra tiembla, las nubes crean lluvia y los volcanes expulsan lava, por ejemplo— (aquí el animismo). Nosotros podemos construir cosas, y los relojes no se pueden construir solos, por lo tanto, el Universo no pudo haberse hecho solo y tuvo que haber sido diseñado y construido por alguien, incluyéndonos a nosotros —para mí, este ha sido de los argumentos más ridículos jamás inventados— (aquí el teísmo y deísmo). Nótese cuán subestimada teníamos a la naturaleza, y cuán ignorantes éramos respecto a sus leyes.

Ahora bien, ¿por qué surgió este sentimiento de antropomorfismo? Probablemente nuestro antropomorfismo se deba en gran parte a un sentimiento que los animales generalmente poseemos. Pongamos como ejemplo que uno de nuestros antepasados se encuentra recolectando alimentos. A su lado, se encuentra un arbusto con plantas a su alrededor. De repente, las plantas se comienzan a mover de una manera un poco peculiar. Nuestro antepasado puede pensar dos cosas: es solo el viento o es un tigre. Si piensa “es un tigre” y se prepara para un posible combate o para huir, pero luego se da cuenta de que solo fue el viento, nuestro antepasado no habría tenido nada que perder, solo un poco de energía demás. En cambio, si piensa “es solo el viento” y sigue tranquilo recolectando, pero en realidad es un tigre, nuestro antepasado probablemente no habría sido nuestro antepasado o habría colocado su supervivencia al borde de la muerte. Pero si piensa “es un tigre” y se prepara para luchar o huir, y en efecto lo era, las probabilidades de que nuestro antepasado sobreviviera aumentaban —en comparación con la última situación—. Los animales hemos evolucionado para responder a la señal de un posible depredador, sea este real o no. Y este sentimiento ha sido favorecido por la selección natural en los animales, por lo que asumimos que detrás de algo inusual —como una gacela escuchando un ruido repentino detrás de un arbusto— puede haber un agente —un león, por ejemplo—.


Los genes de los animales que no expresaran este sentimiento probablemente no habrían sido favorecidos por la selección natural. Pero ahora nos preguntamos, ¿quiénes han sido los principales agentes peligrosos para el ser humano? ¿Los tigres? ¿Los osos? ¿Los lobos? ¿Las serpientes y las arañas? No. Aunque sí todos fueron agentes peligrosos, no hay duda de eso. Sin embargo, el principal agente peligroso y amenazante para el ser humano a lo largo de nuestra historia eran otros humanos (y otros miembros de las especies de las que descendemos). Y gracias a este sentimiento de ver agencia vemos humanos donde probablemente no los hay ni habrá. ¿Por qué te encierras con llave y candado en tu casa cuando vas a dormir, para que los perros no la abran? Cuando escuchas un ruido en tu casa y estás a solas, ¿qué es lo primero que piensas que podría ser? Cuando ocurre algo inusual en el mundo social, ¿también has pensado automáticamente que otros humanos están conspirando contra ti, contra nosotros, contra la humanidad o contra alguien? ¿Por qué las teorías de la conspiración (como el Nuevo Orden Mundial o la élite escondida) son tan suculentas para una parte de nuestra mente? Y cuando vas caminando por un callejón oscuro, ¿cuál es el pensamiento dominante que te surge: que un perro te pueda perseguir o morder, o que otro humano te vaya a hacer daño robándote, apuñalándote, violándote o asesinándote?


Los principales agentes en nuestras mentes no son otros animales. Son otros humanos. Y este sentimiento de ver agencias nos hace pensar que hay humanos (y agentes) donde no los hay porque nuestro cerebro ha evolucionado, como muy bien sabemos, con este sentimiento. ¿Puede el antropomorfismo ser un subproducto de este sentimiento evolutivo de atribuir agencia, como el de nuestro antepasado y el tigre? Si es así, las religiones tradicionales (cristianismo, judaísmo, hinduismo, islam, etc.) serían un subproducto de este sentimiento evolucionado (junto a otros rasgos evolutivos), al menos en gran parte: porque las religiones tradicionales se basan principalmente en el antropomorfismo. «Hay un dios ahí arriba —o aquí a mi lado— vigilándome.» «Hay dioses detrás de las nubes y detrás del Sol controlándolos.» «Hay demonios por ahí tentándome.» Es algo parecido a «hay una serpiente invisible ahí debajo asechándome», «hay un león invisible detrás de ese arbusto» y «hay un humano invisible detrás de mí queriendo asesinarme», pensamientos necesarios y muy importantes a lo largo de nuestra historia evolutiva en cuanto a nuestra supervivencia..


Debido a que los principales agentes en nuestras mentes son otros humanos, era de esperar que nuestras deidades religiosas hayan tenido características humanas, deidades que además puedan protegernos y defendernos (añadiendo otras características humanas evolucionadas como la agresión y la violencia, el dominio, el prestigio, los celos, el control sexual, la xenofobia, el sexismo, la preferencia por la familia y el grupo, etc.). Y con estas deidades emergentes podemos resolver el problema de querer darle sentido y propósito a todas las cosas que suceden, y también resolver el problema de nuestra falta de control sobre las demás cosas. «Ya sé por qué llovió; fue gracias al dios de la lluvia.» «Las mujeres deben obedecer al hombre porque Dios hizo que salieran de su costilla.» «No temas, Dios tiene el control


Para terminar, si estoy en lo correcto, me atrevo a especular e ir un poco más allá: ¿puede otro animal que tenga este sentimiento de asumir agencia donde no la hay desarrollar algo parecido a nuestro antropomorfismo (esto si desarrollase una complejidad cerebral como la de Homo sapiens)? Y si lo desarrollase, ¿podría «pensar» que existen entidades sobrenaturales o «sobreanimales» en el mundo con sus mismas características? ¿Podrían los chimpancés? ¿Podrían los bonobos? ¿Qué tal los delfines? ¿Tendríamos otro «dios» chimpancé, «dios» bonobo o «dios» delfín? Dejo esto para la especulación del lector. Por ahora solo compartimos la expresión genética que nos da el sentimiento para responder a la señal de un posible depredador y de asumir que «puede haber algo ahí detrás», sea este real o no. [13]



Brevísima historia de nuestras creencias sobrenaturales y sobrehumanas


Animismo


Imagen: 三秋_Autumn for Dreamotion

Antes de la creencia en muchos dioses o uno solo, existía el animismo. No solo los humanos poseían algún valor superior a todas las demás especies, tampoco éramos los únicos que poseíamos un alma y sentimientos, sino que todo era parte del todo: todo poseía valor, voluntad propia, sentimientos y un alma.


Los árboles poseían un alma, también los zorros, el agua y toda la creación; había que respetarlos y tratarlos por igual, rendirles tributo, independientemente de que fuese una roca gigante que cayó encima de mi casa porque hubo un derrumbe en la montaña a causa de un temblor. La roca así lo quiso, ya que la semana pasada tiré una piedra al lago, se ahogó, y su familia estaba llevando a cabo la justicia (o venganza, en muchas ocasiones no hay diferencia). Ahora tendré que disculparme con ella, adorarla y ver la televisión nocturna de estrellas juntos. Así, todos podíamos vivir en armonía, orden, justicia y sentido.


Politeismo


Imagen: VORONOI

Luego del animismo llegó la creencia en que no todo podía tener su propia voluntad; no podía ser así. Las lluvias no ocurrían porque las nubes con almas así lo querían —o por los cambios en la presión y temperatura— sino porque un dios o diosa lo debía estar causando, ya sea por furia o bendición. Ya la roca gigante no cayó encima de mi casa porque así lo quiso, sino porque un dios así lo quiso, ya sea por furia o bendición. ¡Ya no podré ver la televisión de estrellas con Gustavito, la roca! Y así mismo con los otros eventos de la naturaleza, del Universo.


El Universo era llevado a cabo por diferentes dioses y diosas. Unos dioses se encargaban del mar, otros del sol y la medicina, otros de la guerra y otros de la belleza y el amor. El orden entre Homo sapiens también surgía cuando escogían a su dios favorito, y todas sus buenas o malas obras eran dedicadas a dicho dios o diosa favoritos. Algunos registros nos señalan que todo esto comenzó a ocurrir hace aproximadamente 5,000 años [14].


Monoteísmo


Imagen: Wills

Luego, algunos de los seguidores de los dioses politeístas se enamoraron demasiado de su dios favorito y, por consiguiente, poco a poco se apartaron de la creencia politeísta. Su dios elegido o favorito era el único dios de todo el universo. Había comenzado la revolución monoteísta. (El dios dominante actual en las mentes de las personas, Yahvé —Yahweh—, evolucionó y se convirtió en el único dios de los judíos y, finalmente, en el único dios de cristianos y musulmanes: Dios o Alá. Anterior a eso, era un "dios de las tormentas" o "dios de la tempestad", una de las muchas deidades derivadas de los pueblos cananeos de quienes surgieron los judíos.)


En Egipto, alrededor del año 1350 a.e.c., el faraón Akenatón creó lo que hasta ahora se conoce como la primera religión monoteísta. Akenatón declaró que el dios Atón [15] era el único poder supremo que gobernaba todo el universo, e intentó detener los demás cultos que adoraban otros dioses. Después murió y volvieron al politeismo. Pero después de ese después fue historia, ¿entiendes? Las personas, con el tiempo, decidieron dejar de creer en muchas entidades sobrehumanas y sobrenaturales para comenzar a creer en una sola deidad: Dios o Alá, Brahma, Siva, Kim Jong-un, etc. La creencia religiosa monoteísta se convirtió en la orden del día, hasta el día de hoy (no significa que no existan religiones politeístas en el presente).

(Nota: En estos últimos 2,000 años nos han lavado el cerebro con tanto monoteísmo, que han hecho que consideremos el politeísmo y el animismo como algo ignorante o ingenuo. Pero del mismo modo que el politeísmo y animismo, muchas religiones monoteístas coquetearon con ideas politeístas y animistas: miles de santos que velan por las cosas y por mí, ángeles que nos cuidan en todo momento, almas que todos poseemos, espíritus que nos visitan y viven entre nosotros, etc. Las religiones monoteístas le deben mucho al politeísmo y animismo. Y la espiritualidad New Age le debe mucho al monoteísmo: «pídele al Universo y él te escuchará y moverá todas las fichas para que se haga posible» —sustituyeron al dios o diosa por el Universo—.)


Por lo tanto, insertamos en esa realidad imaginada la idea de un solo dios que nos da orden y sentido a nuestras vidas. La pregunta es, ¿existen en esta realidad objetiva? Lamentable y afortunadamente, no [16]. Solo residen en nuestra imaginación.


Podemos decirlo de otra manera, una manera más científica: no tenemos evidencia objetiva o científica de que existan dioses. Si deseamos, podemos utilizar el argumento de la ignorancia y decir que «a falta de pruebas, por lo tanto deben existir». Pero si adoptamos este principio argumental tenemos que lidiar con algunos problemas, y quizá hasta aceptarlos. Por ejemplo, tampoco tenemos evidencia científica y no podemos refutar objetivamente que exista Santa Claus. Yo sé por qué no podemos: se vuelve invisible cada vez que intentamos ir a comprobar su existencia en el polo norte. Pero también sé por qué él existe: aunque no lo veamos, Santa Claus es el que le ha dado a los padres la voluntad y el sentimiento de querer comprarle regalos a sus hijos, y lo expresa siempre en la Navidad; además, él también es el que les da el sentimiento a los padres para decirles a sus niños que se porten bien para que Santa Claus les traiga regalos buenos, aunque los padres no lo sepan. ¿Qué más pruebas que salir un día de diciembre y mirar todas las referencias de Santa Claus? Evidencia, ¿no? ¿Pero por qué aquí no vale este tipo de evidencia? ¿Ahora esto es solo un mito? ¡Pero si lo hemos visto a lo largo de la historia, frente a nuestras narices! ¡Es injusto! Volviendo a la realidad, tampoco tenemos evidencia científica y no podemos refutar o probar objetivamente a los elfos, a los duendes, a las hadas madrinas, al Ratoncito Pérez, a la tetera de Bertrand Russell, al dragón invisible de Carl Sagan ni a los yetis. ¿Debemos decir que deben existir objetivamente, ya que no podemos refutarlos ni probarlos? Y quizá más importante, no podemos refutar o tener evidencia objetiva de los miles de dioses que han «existido» a lo largo de nuestra historia humana: los dioses griegos, romanos, hindúes, vikingos, cananeos, los dioses de las demás religiones y quién sabe cuántos dioses y entidades adicionales del pasado. ¿Una persona que utilice este principio argumental («a falta de pruebas o refutaciones, por lo tanto debe existir») sobre su dios lo aplica también a todos estos dioses? ¿Debemos decir que deben existir objetivamente?


Esta creencia en dioses y diosas es de las más difíciles de aceptar o reconocer que son mitos, ficciones y realidades imaginadas, ya que trabajan en nuestros cerebros como amigos imaginarios (solo dile a un niño que su amigo imaginario, que tanto ama, no existe realmente y es solo un producto de su imaginación) o como una pareja que siempre está ahí a nuestro lado. Richard Dawkins habla de la religión como un subproducto de alguna otra cosa modelada por la selección natural. Por ejemplo, se pregunta si pudiera ser el subproducto de «los irracionales mecanismos que originalmente fueron construidos en el cerebro por la selección para enamorarse» y que tiene ventajas genéticas de supervivencia. El cerebro tiene un comportamiento muy similar cuando las personas imaginan una entidad que siempre está con ellas en las buenas y malas, y que las protegen (Dios), a cuando tienen una persona físicamente a su lado que siempre está con ellas en las buenas y malas, y que las protegen (la pareja) [17]. Y como mencioné, en esa lista me atrevo a incluir el efecto que tienen los amigos imaginarios sobre los cerebros de los niños, aunque no del mismo modo que el enamoramiento.


Además, también influye el rápido adoctrinamiento en la niñez. Las neuronas en los cerebros de los bebés vienen listas para ser «llenadas» de información sobre el mundo y poco a poco deshacerse de las neuronas con información no relevante. Los niños fueron moldeados por la evolución mediante selección natural para hacerle caso casi ciegamente a las verdades de sus padres y personas conocedoras de estatus, como los sacerdotes o los imanes. Ya sea verdades sobre la supervivencia (no vayas al río porque te puede comer un cocodrilo), «verdades» sobre la reproducción (los hombres solo pueden tener sexo con mujeres) o «verdades» de la vida y el Universo (vivimos en la simulación de una supercomputadora). En la infancia, que es cuando más vulnerable está nuestro cerebro a acatar cualquier pensamiento o creencia, el cerebro (nosotros) acoge todas esas señales que recibimos para luego guardarlas y desechar otras. Por consiguiente, nuestro «yo» pasa a creer y defender, consciente o inconscientemente, esas señales e información adquiridas desde la infancia. Esto no solo aplica a las religiones tradicionales, sino también a las ideologías, las culturas, los partidos políticos, etc. Visto de esta manera, todo parece tener sentido.



¿Dónde se refugian las entidades sobrenaturales?


Imagen: Balaji

Los dioses y las diosas no existen en esta realidad objetiva, pero los refugiamos aquí: mediante mitos que no pueden ser falsificados o probados; en una construcción de cemento o madera que llamamos iglesias, templos, mezquitas y sinagogas; en unas hojas de papel y tinta con garabatos replicados y mutados desde hace miles de años; en ondas de voz que generan otros humanos llamados sacerdotes, chamanes, líderes religiosos, etc.; en imágenes y cuadros hermosos con pintura; en estructuras impresionantes repletas de arte; en figuras construidas de madera, piedra y otros materiales. Y en muchos otros elementos de la realidad objetiva. Podemos decir que existen, pero solo como mitos y solo dentro de nuestra realidad imaginada. Y como esos mitos y esas realidades imaginadas los hemos representado aquí a lo largo de milenios, generación tras generación, meme tras meme, nuestro cerebro activa el sesgo psicológico de durabilidad, repetición y popularidad, y piensa que existen en realidad. «¡Es imposible que miles de millones de personas hayamos estado equivocados durante miles de años! Por lo tanto, debe ser objetivamente cierto.» Como dice el psicólogo y economista Daniel Kahneman en su libro Pensar rápido, pensar despacio, «[u]na manera segura de hacer que la gente se crea falsedades es la repetición frecuente, porque la familiaridad no es fácilmente distinguible de la verdad.»