• Juny Pagán

Las ideologías, religiones y culturas son como parásitos



Quote: “Las ideologías, religiones y culturas son como parásitos. En el momento en que se alojan dentro del individuo (del cerebro), no les "importa" el bienestar (físico o mental) del mismo; solo les "importa" su propia supervivencia, replicación y propagación hacia otros individuos. Lo peor: creemos que somos el parásito.”


Aunque los “parásitos ficticios” pudieran tomar forma de cualquier pensamiento, algunos de los más fuertes para nuestro cerebro son los que toman forma de ideologías, religiones y culturas. Y, aunque las religiones y culturas han sido de los mitos intersubjetivos más efectivos para cooperar como colectivo humano, nuestra identificación con ellas también han causado un daño tremendo en la humanidad y los otros seres a lo largo de la historia, psicológica y físicamente: separación, conflicto, genocidios, homicidios, odio, etc.


Un parásito vive dentro del cuerpo de su anfitrión. Un ejemplo de parásitos son los virus. La única "meta" de los virus es multiplicarse y extenderse hacia otros anfitriones, de ese otro anfitrión a otro, y así sucesivamente. Al parásito no le importa el estado en que está su anfitrión, mientras él siga "vivo" y expandiéndose hacia otros anfitriones. No es hasta que se trata el virus o parásito que su expansión se detiene y se deshace. Sin embargo, han habido parásitos y virus tan fuertes y peligrosos, que han debilitado y matado a millones de personas: por ejemplo, la pandemia de influenza de 1918 fue la pandemia más grave de la historia reciente.



Estos "parásitos ficticios" se vuelven más potentes y más fuertes con el pasar del momento presente. Si el cerebro lo captó desde la infancia o una edad temprana, más efecto tendrá sobre él. Además, su sentido de objetividad ilusoria y "verdad" se vuelve más presente si noto que otros cerebros también los poseen. Si noto que muchas otras personas, como mi familia, muchos de mis amigos y amigas, mis vecinos, mis compatriotas, mis profesores, el sacerdote, el/la líder de la ideología o política, las personas famosas y/o algunas otras poseen el parásito, significa que es real y verdadero. Y no solo eso, sino también el conocimiento de que millones de personas en el pasado también lo tenían, más fortalecimiento se genera en mi imaginación. Por lo tanto, este parásito es el "verdadero", y las personas que no lo posean serán consideradas como enemigas, potencialmente enemigas o "los otros".


Y cualquier cosa que me ordene hacer el parásito, lo haré sin cuestionarlo… porque es lo que se supone que se haga.


Demasiadas personas han muerto o sacrificado sus vidas por un parásito, pensando que conseguirán algún tipo de ganancia sobrehumana o sobrenatural luego de sacrificar sus formas individuales, o incluso sacrificando la vida de otros seres [1]. Demasiadas familias se han roto a causa de un parásito, gracias al apego ciego hacia uno de ellos; separándose porque la otra persona "no tiene el mismo parásito que yo tengo". Demasiadas regiones y naciones del mundo se odian a muerte por culpa de la identificación con sus culturas (parásitos neuronales). Demasiados conflictos y peleas entre personas se están dando en estos momentos por parásitos que no son compatibles. Demasiada mierda se genera por culpa de nuestra identificación con el fucking parásito.



Un parásito es inútil y no puede hacer su función si no está alojado dentro de un individuo para crear réplicas. Una ideología, religión o cultura no puede hacer nada si no están alojadas en nuestra imaginación, de nuestras redes neuronales del cerebro.


Si me permito ir un paso más allá, no es que las religiones, ideologías y culturas sean el problema en sí; ellas no existen en esta realidad objetiva, solo en la realidad imaginada. Es la identificación del ego (la imagen conceptual y autobiográfica de nuestras mentes) con ellas, y nosotros estar identificados con él. En palabras modernas: el problema “somos (hemos sido) nosotros”, no el parásito en sí.


¿Hay alguna solución para estos "parásitos"? No hay solución para que no se generen en nuestro cerebro. Es inevitable, y es parte del cambio gradual (evolución) que tuvieron nuestros cerebros a lo largo de nuestra historia evolutiva. Estos "parásitos", algunos benignos y otros dañinos, serán generados automáticamente con el pasar del momento presente, mientras siga evolucionando y mutando la forma de pensar colectiva e individual, y mientras siga cambiando el "espíritu de los tiempos" o el "pensar de la sociedad o cultura" (a esto se le llama el zeitgeist).



Lo que sí podemos hacer es ser conscientes de que nuestra imaginación (realidad imaginada) pudiera generarlos, y el ego pudiera aferrarse y/o apegarse a ellos para adoptar algún tipo de identidad. Entonces, ya no soy un simple ser; ahora "soy" el parásito. Ahora mis acciones conscientes se desvanecen en el vasto mar de neuronas inaccesibles a nuestro «yo consciente».


Habrán "mejores" parásitos que otros, pero en esencia, siguen siendo parásitos (o memes): no les importa tu bienestar mental o físico, sino que los propagues. Debemos ser conscientes de que no somos el parásito, sino lo que lo mantiene.


Una red de sentido


Ahora, compartiré contigo un fragmento del libro Homo Deus de Yuval Noah Harari. Me parece una historia excelente, que va en consonancia con este mini blog. Disfruta, querido lector humano:


En 1187, Saladino derrotó al ejército de cruzados en la batalla de Hattin y conquistó Jerusalén. En respuesta, el Papa puso en marcha la Tercera Cruzada para reconquistar la ciudad sagrada. Imagine el lector a un joven noble inglés llamado John que abandonara el hogar para ir a luchar contra Saladino. John creía que sus actos tenían un sentido objetivo. Creía que si moría en la cruzada, su alma ascendería después al cielo, donde gozaría de una dicha celestial eterna. Se habría sentido horrorizado al descubrir que el alma y el cielo son solo historias inventadas por los humanos. John creía a pies juntillas que si llegaba a Tierra Santa, y si algún guerrero musulmán con un gran bigote le atizaba con un hacha en la cabeza, sentiría un dolor insoportable, le atronarían los oídos, le flaquearían las piernas y se le nublaría la visión…, y que en el instante inmediatamente posterior vería una luz brillante en derredor, oiría voces angelicales y arpas melodiosas, y querubines alados y radiantes le indicarían que cruzara una magnífica entrada dorada. [No, esto no es una película de Hollywood.]



John tenía una fe muy sólida en todo esto, porque estaba enmarañado en una red de sentido extremadamente densa y poderosa. Sus recuerdos más antiguos eran los de la herrumbrosa espada del abuelo Henry, que colgaba en el salón principal del castillo. Desde que era niño, John había oído los relatos del abuelo Henry, que murió en la Segunda Cruzada y que desde entonces estaba sentado con los ángeles en el cielo, velando por John y su familia. Cuando los trovadores visitaban el castillo, solían cantar acerca de los valientes cruzados que habían luchado en Tierra Santa. Cuando John iba a la iglesia, le gustaba contemplar los vitrales de las ventanas. John escuchaba con atención al sacerdote de su parroquia, el hombre más sabio que conocía. Casi todos los domingos, el sacerdote explicaba que no había salvación fuera de la Iglesia católica, que el Papa de Roma era nuestro santo padre y que teníamos que obedecer siempre sus órdenes. Si matábamos o robábamos, Dios nos enviaría al infierno; pero si matábamos a musulmanes infieles, Dios nos recibiría en el cielo.


Un día, cuando John acababa de cumplir los dieciocho años, un caballero desaliñado cabalgó hasta la verja del castillo y, con voz ahogada, anunció la noticia: «¡Saladino ha destruido al ejército cruzado en Hattin! ¡Jerusalén ha caído! ¡El Papa ha declarado una nueva cruzada y ha prometido la salvación eterna a quien muera en ella!». La gente que lo rodeaba se quedó conmovida y preocupada, pero a John se le iluminó la cara con un resplandor sobrenatural, y proclamó: «¡Iré a luchar contra los infieles y a liberar Tierra Santa!». Todos permanecieron en silencio un momento, y después sonrisas y lágrimas aparecieron en sus rostros. Su madre se enjugó las lágrimas, dio a John un fuerte abrazo y le dijo lo orgullosa que estaba de él. Su padre le dio una fuerte palmada en la espalda y le dijo: «Si tuviera tu edad, hijo, me sumaría a ti. El honor de nuestra familia está en juego… ¡Estoy seguro de que no nos decepcionarás!».


Cuando abandonó el castillo, los aldeanos salieron de sus chozas para despedirle, y todas las chicas bonitas miraron anhelantes al valiente cruzado que se iba a luchar contra los infieles. Se hizo a la mar en Inglaterra y más tarde se abrió paso a través de tierras extrañas y distantes (Normandía, Provenza, Sicilia), y por el camino se le unieron bandas de caballeros extranjeros, todos ellos con el mismo destino y la misma fe. Cuando el ejército desembarcó finalmente en Tierra Santa y entabló batalla con las huestes de Saladino, John quedó asombrado al descubrir que incluso los malvados sarracenos compartían sus creencias. Cierto, estaban un poco confundidos y creían que los cristianos eran los infieles y que los musulmanes obedecían la voluntad de Dios. Pero también ellos aceptaban el principio básico de que los que luchaban por Dios y Jerusalén irían directamente al cielo cuando murieran.



De esta manera, hilo a hilo, la civilización medieval tejió su red de sentido, atrapando en ella como a moscas a John y a sus contemporáneos. Para John era inconcebible que todas estas historias no fueran más que fantasías de la imaginación. Quizá sus padres y tíos estaban equivocados, pero ¿acaso también lo estaban los trovadores, y todos sus amigos, y las chicas de la aldea, y el sabio sacerdote, y el barón del otro lado del río, y el Papa de Roma, y los caballeros provenzales y sicilianos, e incluso los mismos musulmanes? ¿Era posible que todos ellos estuvieran alucinando?


Y los años pasan. A medida que el historiador observa, la red de sentido se desenmaraña, y otra se teje en su lugar.


Los padres de John mueren, y después, todos sus hermanos y amigos. En lugar de trovadores dedicados a cantar las cruzadas, la nueva moda son obras de teatro sobre trágicas aventuras amorosas. El castillo familiar arde hasta los cimientos, y cuando se reconstruye, no queda rastro de la espada del abuelo Henry. Las ventanas de la iglesia se hacen añicos en una tormenta invernal, y el vidrio que las sustituye ya no retrata a Godofredo de Bouillon y a los pecadores en el infierno, sino el gran triunfo del rey de Inglaterra sobre el rey de Francia. El sacerdote ya no llama al Papa «nuestro santo padre»: ahora se refiere a él como «aquel demonio de Roma». En una universidad cercana, los estudiosos leen atentamente antiguos manuscritos griegos, diseccionan cadáveres y susurran en voz baja y a puerta cerrada que quizá eso que llamamos alma no exista.



Y los años siguen pasando. Donde antaño se erguía el castillo, ahora hay un centro comercial. En el cine proyectan por enésima vez Monty Python y el Santo Grial. En una iglesia vacía, un aburrido vicario se alegra sobremanera al ver a dos turistas japoneses. Les explica con detalle el significado de los vitrales de las ventanas mientras ellos sonríen educadamente y asienten sin entender nada en absoluto. En las escalinatas exteriores, una pandilla de adolescentes juega con sus iPhone. Miran en YouTube un nuevo remix de «Imagine», de John Lennon. «Imagina que no hay cielo —canta Lennon—, es fácil si lo intentas». Un barrendero paquistaní barre las aceras mientras una radio cercana retransmite las noticias: las matanzas en Siria continúan, y la reunión del Consejo de Seguridad ha acabado en un punto muerto.


De pronto se abre un agujero en el tiempo y un misterioso rayo de luz ilumina la cara de uno de los adolescentes, que anuncia: «¡Voy a luchar contra los infieles y a liberar Tierra Santa!».



¿Infieles y Tierra Santa? Estas palabras ya no tienen ningún sentido para la mayoría de la gente en la Inglaterra de hoy en día. Incluso el vicario probablemente pensaría que el adolescente padece algún tipo de episodio psicótico. En cambio, si un joven inglés decidiera unirse a Amnistía Internacional y viajar hasta Siria para proteger los derechos humanos de los refugiados, sería considerado un héroe. En la Edad Media, la gente pensaría que se habría vuelto majareta. Nadie en la Inglaterra del siglo XII sabía qué eran los derechos humanos. ¿Quieres viajar a Oriente Medio y arriesgar tu vida, no para matar musulmanes, sino para proteger a un grupo de musulmanes de otro? Tienes que haberte vuelto loco.



Así es como se desarrolla la historia. La gente teje una red de sentido, cree en ella con todo su corazón, pero más pronto o más tarde la red se desenmaraña, y cuando miramos atrás, no podemos entender cómo nadie pudo haberla tomado en serio. En retrospectiva, ir a las cruzadas con la esperanza de alcanzar el paraíso parece una locura total. En retrospectiva, la Guerra Fría parece una locura todavía mayor. ¿Cómo es posible que hace treinta años la gente estuviera dispuesta a arriesgarse a sufrir un holocausto nuclear por creer en un paraíso comunista? Dentro de cien años, nuestra creencia en la democracia y en los derechos humanos quizá les parezca igualmente incomprensible a nuestros descendientes.


— Yuval Noah Harari, Homo Deus: Breve historia del mañana



Esta historia no solo aplica a la religión tradicional, también aplica a todas las ideologías, políticas y culturas —aunque no exactamente de esta forma—. El nivel de apego e identificación que tenemos hacia ellas define el resultado del parásito.


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Notas:


[1] En el islamismo extremo o Estado Islámico se les dice a los yihadistas que habrá 72 vírgenes esperando en el cielo por cada yihadista que sacrifique su vida en un ataque o batalla. Este parásito en el cerebro de los humanos contribuyó a la muerte de casi 3,000 personas en un ataque terrorista, en donde, en la mañana muy normal del 11 de septiembre de 2001, dos torres en la ciudad de Nueva York fueron el blanco.

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