My Items

I'm a title. ​Click here to edit me.

Los humanos son gobernados por imaginaciones | El poder y la trampa de la mente humana

¿Alguna vez te has preguntado por qué el ser humano actual, Homo sapiens, ha logrado sobrevivir y cooperar efectivamente como grupo por decenas de miles de años, y poder colocarse en la «cima de la pirámide» [1]? ¿En realidad somos una especie elegida por algún dios o entidad sobrenatural o sobrehumana, o por el mismo Universo, lo cual nos hace el «centro» de todo? ¿Por qué los humanos podemos superar el número de Dunbar y cooperar en masas de, por ejemplo, miles de millones de personas, y las demás especies animales (quizá excluyendo a las hormigas) no pueden hacer lo mismo? ¿Somos tan especiales? Los humanos somos animales también, aunque hagamos todo lo posible por no aceptar este hecho. Estos animales humanos tienen un antepasado común con sus primos los chimpancés que vivió hace aproximadamente seis millones de años, y un antepasado común con todo organismo biológico que surgió hace unos 3.8 mil millones de años. Estos preciosos humanos actuales evolucionaron como animales «insignificantes» hace aproximadamente 200,000–300,000 años. No surgieron de la nada; fue un proceso gradual (mira esta imagen y dime dónde comienza el color verde. De una forma análoga funciona la evolución de una especie: no hay un punto exacto de surgimiento. Además, no hubo algo como el primer Homo sapiens, ya que ninguna especie puede dar a luz a otra especie distinta, al menos no en animales. De hecho, nunca hubo tal cosa como una primera especie de cualquier género o familia: nunca hubo un primer humano, un primer mono, un primer perro, un primer gato, una primera gallina, etc. —el caso de la mula es un tema aparte—). Y hasta hace poco se creía que Homo sapiens vivía en una esquina de África [2], sin interesarse por explorar el mundo o por crear un mundo capitalista y consumista para sí mismo. Nuestra especie, Homo sapiens, no ha sido la única especie humana que ha existido; han habido varias a lo largo de la historia y prehistoria. Sin embargo, y aquí va mi ego de sapiens, estas otras especies humanas nunca viajaron a la Luna, nunca pudieron crear una red mundial interconectada, nunca crearon algo parecido a Internet, y nunca crearon la pizza —menos mal que no siguen vivas, ya que, si leyeran esto, me dirían algo así como Homocista, una etiqueta como si estuviera discriminando negativamente las otras especies del género Homo—. Como es bien conocido, nosotros los sapiens, gracias a la evolución y selección natural, poseemos capacidades cerebrales distintas y más complejas en comparación con las demás especies que existen y probablemente existieron en el planeta. Hace aproximadamente 70,000 años todo comenzó a cambiar en nuestra cognición, y fue el nacimiento de lo que muchos hoy consideramos «historia» [*]. Ocurrió la revolución cognitiva. Pudimos expandirnos por todo el globo terrestre y poco a poco comenzamos a habitar las tierras que hoy día conocemos. La revolución cognitiva también fue una de las últimas puertas que, como veremos más adelante, le dio paso a las «abstracciones» que habitan en nuestra imaginación. Lo interesante es que no se sabe qué fue lo que causó este evento. Una teoría nos dice que fue el resultado de mutaciones genéticas, las cuales cambiaron las conexiones y la forma en la comunicación de las neuronas en nuestro cerebro [3] (recuerde la imagen del gradiente, ya que quizá no ocurrió exactamente en un punto dado; el proceso fue gradual). A esto, como dice Yuval Noah Harari en su libro Sapiens, podemos llamarlo la mutación del árbol del saber. Otra hipótesis es que esta capacidad cognitiva se debe a nuestro lóbulo frontal y corteza prefrontal que han evolucionado relativamente hace poco —hablando en términos evolutivos— en los mamíferos, pero de una manera más sofisticada y compleja en Homo sapiens, junto a las históricas presiones y marcas evolutivas. Gracias a estos eventos en nuestra historia evolutiva estás leyendo esto... y pudiste conocer a tu match de Tinder. Sin embargo, con solamente poseer una capacidad cognitiva más compleja, por sí sola, no es suficiente para hacer que millones o miles de millones de personas funcionen efectivamente, o para haber tomado el «control» del mundo. De hecho, tener una capacidad cognitiva así (¿«mayor»?) nos hace muy destructivos y peligrosos: pudo haber causado —y todavía puede causar— nuestra propia destrucción y la de muchas otras especies. Solamente pensemos en algo simple: una bomba nuclear. ¿Por qué, entre nosotros, no nos hemos destruido aún con esas bombitas? Para poder haber sobrevivido como especie «supercognitiva», tuvimos que haber creado algo más allá. Investigaciones científicas han indicado que los humanos actuales podemos funcionar efectivamente como grupo de hasta aproximadamente un límite de 150 individuos. A esto se le llama el número de Dunbar, y la teoría fue propuesta por el antropólogo británico Robin Dunbar. Después de ese límite, comenzamos a funcionar de una manera mucho menos efectiva o eficiente. Entonces, volvemos a lo mismo, si solo podemos funcionar eficiente o efectivamente hasta ≈150 individuos, ¿cómo es posible que los países, las naciones y sociedades antiguas y modernas de más de 150 individuos, o mejor dicho, de millones o miles de millones, puedan vivir y funcionar juntas… por varios miles de años? Hagamos algo. Imagina amontonar aleatoriamente y de distintas comunidades a 20,000 de nuestros primos más cercanos, los chimpancés, en un estadio de fútbol. Lo más probable es que veas el desorden más grande que jamás vayas a presenciar en tu vida. Los chimpancés sí pueden cooperar juntos en grandes grupos, al igual que nosotros, las hormigas y las abejas. Sin embargo, llegaría una cantidad límite en la que no podrían seguir funcionando efectivamente, y no funcionan muy pacíficamente en cuanto a la cooperación con los extraños de las distintas comunidades se refiere. En el estadio repleto de chimpancés quizá seremos testigos de sangre, peleas y conflictos a muerte. Ahora reemplacemos a esos 20,000 chimpancés por 20,000 Homo sapiens de distintas comunidades mirando un partido del Real Madrid, o escuchando una misa del papa Francisco. Ya habrás podido imaginar cierta diferencia cognitiva entre los chimpancés y nosotros. Aunque en estos casos —más en el partido de fútbol, menos en la misa del papa— todavía se pueden generar conflictos, este blog te dirá lo que hace cooperar efectivamente a esos 20,000 sapiens. Es en nuestra capacidad para poder funcionar dentro de gigantescos grupos y nuestra cognición lo que nos hizo «dueños del mundo», dijo nuestro ego. El poder que reside en nuestra imaginación Respondamos de una vez por todas a la pregunta sobre el número de Dunbar: ≈150 individuos. ¿Qué hace que podamos superar ese límite y cooperar efectivamente sin que haya una catástrofe como la de los chimpancés o la bombita atómica? La respuesta es: mitos, ficciones y realidades imaginadas. Las demás especies animales viven en una sola realidad: la realidad objetiva. Viven en el mundo de los árboles, montañas, ríos, tierras y mares. Nosotros también vivimos en esa realidad objetiva… pero «por encima» —o por debajo, o al lado...— de esta realidad generamos otra capa adicional. Esta realidad es ficticia e imaginada gobernada por entidades ficticias e imaginadas. Le podemos llamar la realidad imaginada o realidad subjetiva (intersubjetiva, si se trata de más de una persona). He aquí la clave. Definamos qué es un mito. Un mito —además de la mayoría de las cosas que te envían por Whatsapp— es una historia que nos contamos entre nosotros mismos, y que vive solamente en un lugar muy especial: la imaginación. Un mito puede convertirse en un hecho si se realizan las observaciones necesarias y se consiguen pruebas empíricas suficientes para confirmarlo. Sin embargo, en el caso de los mitos que utilizamos para funcionar como colectivo, son historias que no es posible confirmarlas como hechos de esta realidad objetiva. Son hechos de nuestra realidad subjetiva. Ahora definamos qué es una ficción. Una ficción es una cosa, entidad o suceso inventados productos de la imaginación. Estas ficciones son realidades pero imaginadas que residen en la capa adicional que genera nuestra mente. Los mitos y las ficciones no necesariamente son mentiras o cosas malas. Simplemente significa que residen solo en nuestra imaginación. Una mentira sería decirte, si me encuentro contigo, que tienes una araña en la cabeza cuando sé que no hay ninguna. No hay duda de que hay mitos y ficciones que generan conflictos y hasta la muerte; otros son inofensivos, efectivos y hacen el bien. Los mitos y las ficciones creados por la mente de Homo sapiens son gran parte de lo que ha hecho posible que las personas pudieran cooperar efectivamente en grandes grupos a lo largo de la historia, desde nuestros antepasados de hace 70,000 años, pasando por los comienzos de la civilización hace unos 12,000 años —en la revolución agrícola—, hasta el día de hoy. En otras palabras, nuestra imaginación ha sido de los papeles más importantes para que nuestra especie haya podido sobrevivir durante todos estos milenios (obviamente, no es lo único, ni lo esencial. No obviemos a la selección natural y evolución, y a los instintos evolutivos que nos hacen sobrevivir y reproducir). Y como veremos, millones de personas reconocemos que son solo ficciones y mitos, pero, aun así, seguimos utilizándolos. No importa si es una ficción, un mito o algo subjetivo. Pero, ¿qué tipo de mitos, ficciones y realidades imaginadas generamos? Además de mitos y ficciones inútiles como los de Freddy Krueger, el «chupacabras» o los vampiros [4], están los mitos, las ficciones y realidades imaginadas siguientes: el dinero, las leyes, las naciones y los países, los dioses y diosas, las almas y los espíritus, los derechos humanos, la constitución, las compañías y corporaciones, las marcas comerciales, las religiones, los partidos políticos, las ideologías, los equipos deportivos y muchos otros. Apuesto a que, si te digo que localices alguno, los confundirás con algo objetivo y pases a decir que sí existen. «Míralos, Juny, ahí están, ¿es que eres fucking ciego?», me dirías. Y es que esos mitos, esas ficciones y realidades imaginadas los refugiamos con algo objetivo, tal como veremos. Repasemos un poco. ¿Por qué todos esos ejemplos son mitos, ficciones y realidades imaginadas? Porque solamente viven dentro de nuestra imaginación. Antes de continuar hacia los diferentes ejemplos, quiero que observes y seas consciente de cómo la mente te puede hacer confundir algo objetivo con algo subjetivo o imaginado. Probablemente hemos estado confundiendo ambas realidades sin darnos cuenta. Pedazos de tierra y líneas imaginarias Una de las ficciones, y uno de los mitos más contados entre nosotros, son los países o las naciones. Y lamento decirte que el país que tanto amas y consideras como una parte de ti... no existe en esta realidad objetiva. Un país o una nación es un nombre que le damos subjetiva o arbitrariamente a cierta porción de tierra y sus habitantes, junto con su flora, fauna y otros elementos de la realidad objetiva, para poder identificarlos. Esta cierta porción de tierra (lo objetivo) la eligen, o eligieron, ciertos humanos, y se trazan líneas imaginarias para dejar saber que hasta ahí llega el país o nación (la ficción, el mito). La ficción se vuelve más confusa cuando pensamos en islas, en especial en islas oceánicas. Estarías diciendo que una isla es una porción de tierra que nosotros no pudimos trazarle la línea imaginaria porque ya está rodeada de agua. Y es totalmente cierto. ¡Ves! Ahí ya estamos reconociendo a la realidad objetiva. ¿Puedes reconocer que esa porción de tierra (o porciones de tierra) es eso mismo? Una simple porción de tierra emergente rodeada de agua. A esa porción —o porciones— de tierra la identificamos con un nombre. Y cuando la identificamos con un nombre, se convierte en la ficción. Sin embargo, incluso a esas islas las dividimos en partes imaginadas más pequeñas (como es el caso de la isla continental de Gran Bretaña o la isla oceánica de La Española), ya sea para crear nuevos países, o para dividirla en varios pueblos. Cuando viajas a algún país, no puedes ver la nación o al país, aunque la mente te diga que ahí está. Es imposible. Te encuentras con cosas de la realidad objetiva: tierra, humanos, animales, edificios, árboles, montañas, ríos, carros, trozos de papel con caras dibujadas, pedazos de tela con colores y franjas, etc. Pero, ¿poder ver la nación o el país? Imposible. El cerebro recibirá señales no habituales, creará pensamientos a base de la convicción que te dirán que estás en otra parte diferente a tu entorno regular: los humanos se dejan llevar por costumbres y normas distintas a lo que tu cerebro está acostumbrado a observar; los humanos se cuentan historias distintas entre ellos, y viven bajo esas historias; el sol «se pone» y «sale» más temprano o más tarde a lo que tu núcleo supraquiasmático está acostumbrado; la estructura de la sociedad está construida de una manera distinta a tu entorno; en esa porción de tierra hay animales atrapados desde hace millones o decenas de miles de años porque no pueden vivir en otro entorno por cuestiones evolutivas y geográficas [5]; y muchas otras cosas. Te estás encontrando con seres y cosas individuales. Te encuentras con otro pedazo de tierra o mar. Te encuentras con la realidad objetiva. Imagínate que realizas un viaje en el tiempo hasta hace aproximadamente 16,000 años, cuando los humanos comenzaron a pisar América[**]. Podías pasar de lo que hoy llamamos Estados Unidos a lo que hoy llamamos México, pero con la única diferencia de que te ibas a sentir en el mismo lugar: pisando tierra y tierra y tierra [6]. Ahora, viaja más en el tiempo, hasta hace 25,000 años. Habrías podido pasar de lo que hoy llamamos España a lo que hoy llamamos Portugal, y habrías sentido que solamente estabas pisando tierra, como lo hiciste en América. Nunca habrías podido observar las líneas imaginarias que hacen dividir un pedazo de tierra... y todavía no puedes verlas. Pero esas líneas imaginarias generadas por nuestras neuronas las podemos refugiar en esta realidad objetiva: fronteras en forma de construcciones, por ejemplo, para saber que hasta ahí llega la ficción en forma de nación, país o pueblo. Sin embargo, en el mismo momento en que cruzas una nación, país o pueblo, sentirás que estás en el mismo espacio y tierra de hace 5 metros de distancia. Solamente la mente y su imaginación te harán creer que estás en otro lugar completamente distinto al que estabas hace 5 metros de distancia; aquí entró nuestra subjetividad —la realidad subjetiva o imaginada—. ¡Pero es el mismo fucking pedazo de tierra! Hablemos de las banderas. ¿Qué es una bandera? Te tengo una respuesta muy amigable: una bandera es un pedazo de tela que carece de un valor intrínseco. Pero a este pedazo de tela carente de valor intrínseco le atribuimos una historia que nos contamos los unos a otros: este pedazo de tela representa una porción de tierra, y este pedazo de tierra representa otra ficción. Le das este pedazo de tela carente de valor intrínseco a un bonobo y habrán altas probabilidades de que se limpie el culo cuando termine de defecar, o quizá la rompa en pedazos. Incluso yo también puedo hacerlo, y lo haría si fuera necesario [7]. Sin embargo, le dan este pedazo de tela a un Homo sapiens, diciéndole que representa la historia de los sacrificios, luchas y logros de las personas y cosas que han vivido ahí, se dirigen hacia ti y te dicen que tú eres parte de esa historia y debes defender y creer en la ficción —ya que el no hacerlo sería una «falta de respeto» hacia el Homo sapiens a tu alrededor o del pasado—... y ahí el cerebro comienza a hacer su trabajo. Ya el sapiens no ve un simple pedazo de tela carente de valor intrínseco; ahora observa una ficción, gracias a las historias y mitos que nos hemos contado. Entonces, el sapiens a mi lado también cree en la nación y bandera y, por lo tanto, no nos podemos hacer daño porque tenemos la misma creencia, creemos en la misma historia, mito y ficción. A diferencia de los chimpancés en el estadio de fútbol, los 80,000 sapiens a mi lado y yo no vemos a otros humanos jugar con una pelota como tontos. Los 80,000 sapiens a mi lado y yo estamos viendo a nuestra nación o país jugar. ¡Y yo soy la ficción! ¡Yo soy mi país! Puerto Rico no existe, sino varias porciones de tierra rodeadas de agua. Estados Unidos no existe, sino una porción (en realidad, porciones) de tierra en la que varias personas decidieron que en esa área es Estados Unidos, después de ahí ya no lo es... pero luego sí lo es... pero luego hay océano y no lo es... pero luego hay islas que sí lo son, y finalmente ya no lo es. ¡Ufff! [***]. Pasa lo mismo con Australia, España, México, India, China, etc. Y pasará lo mismo cuando colonicemos a Marte. La creencia en estas ficciones ha hecho varias cosas buenas, como formar relaciones amorosas y sociales entre los compatriotas, cooperar de una manera específica para poder llevar adelante «nuestra» ficción, unir a sus Homo sapiens cuando se celebran los juegos olímpicos y otros eventos; hacen que generemos compasión y empatía por las personas de «mi» ficción, hacen posible que celebremos juntos ciertos comportamientos e historias (costumbres y tradiciones, por ejemplo) que nos han marcado desde pequeños. Y muchas cosas que estas ficciones —junto a la ficción y mito que es la cultura— crean. Estas ficciones, sin embargo, pueden derrumbar o hacer añicos el tema central de este blog: pueden traer consigo, si no se reconocen como lo que son, una creencia que puede tornarse peligrosa, el nacionalismo. Y el nacionalismo puede traer consigo el nacionalismo extremo o chovinismo. Asesinaré, discriminaré negativamente y/o despreciaré a los Homo sapiens que no pertenezcan a dentro de esta línea imaginaria o pedazo de tierra, a los que no tengan nuestras costumbres y tradiciones, a los que no se cuenten las mismas historias (mitos) que nosotros —son nuestros inherentes instintos evolutivos que hacen posible la xenofobia—. Voy a luchar por un ejercito que tiene intereses personales egoístas que se refugian en un súper ego, incluso si se tienen que destruir familias, niños y minorías por la causa. Pueden hacer que dos grupos de Homo sapiens que compartan distintas mitos se odien entre sí por sus diferentes creencias, culturas y costumbres; que el mundo entero viva en separación y conflicto, como lo vimos muy bien en el siglo XX. Aquí tenemos el primer ejemplo de mitos, ficciones y realidades imaginadas que nos hacen cooperar como colectivo de millones o miles de millones de personas, y que además pueden tornarse muy peligrosas. Lo más interesante de todo es que las naciones, los países y pueblos no existen en la realidad objetiva. Solo existen en nuestra imaginación. Más importante, en la imaginación colectiva de Homo sapiens. Solo existen pedazos gigantes de tierra, montañas, mares, colinas, humanos, telas, etc. Eliminemos estas ficciones y estos mitos y no habría civilización... quizá no estarías leyendo esto. Sin embargo, estas ficciones y estos mitos, por sí solos, no podrían funcionar en los grupos de millones o miles de millones de Homo sapiens. Las ficciones como estas necesitarían crear más mitos, ficciones y realidades imaginadas en los que basarse si las personas pertenecientes a la misma no desean ver la destrucción, el conflicto, el caos y la sangre (disculpen el dramatismo). El tipo de mito necesario Los chimpancés viven bajo sus «reglas». Los leones y tigres viven bajo sus «reglas». Las abejas y hormigas viven bajo sus «reglas». Y nosotros vivimos bajo las nuestras. Pero, a diferencia de nosotros, las demás especies viven, quizá, solo por «reglas» moldeadas por la selección natural. Nosotros, en cambio, tenemos «reglas» moldeadas por la selección natural, pero por encima de esas «reglas» naturales, generamos reglas adicionales para poder cooperar como colectivo de miles, millones y miles de millones de personas: las leyes. Pero antes de entrar a las leyes, veamos el poder de nuestra imaginación con un simple ejemplo. ¿Recuerdas el estadio de fútbol? Volvamos hacia él. Coloquemos a veintidós de nuestros primos chimpancés, digámosle lo que deben hacer, y démosle una pelota. ¡Que comience el peor juego de la historia! Los chimpancés pueden patear el balón y, por suerte, anotarla dentro de la portería. Nosotros, Homo sapiens, sin embargo, tendríamos en mente ciertas reglas e historias imaginadas (mitos): si hubo o no fuera de juego, si tocamos la bola con la mano, si hubo falta, si la jugada merece un pedazo de cartón de color rojo o amarillo, si la bola atravesó un arco, si al campo entró un sapiens desconocido, y otras decenas de reglas. Y no solo los humanos en el campo tendrán presente estas historias imaginadas, los humanos en las gradas también. Los chimpancés quizá utilicen la pelota para pegarle, pero no para llevar diferentes reglas específicas, ridículas y complejas que solo los humanos somos capaces de crear y, por un breve momento de diversión, dejarnos llevar. Ahora, coloquemos a 100 bonobos en un supermercado para que hagan sus compras. Te recomiendo que, si eres dueño de un supermercado, no lo intentes —y si lo haces, por favor, escríbeme como te fue—. Hay altas probabilidades de que los bonobos destrozasen el establecimiento: comiéndose y dañando lo primero que miren, teniendo sexo en grupo, tirándose heces los unos a otros, etc. Nunca verás a los bonobos escogiendo deliberada y cuidadosamente los diferentes productos y alimentos, sin robar, en modo «debo comportarme bien», y luego haciendo la fila para pagar con unos papeles o un pedazo de plástico. Por ahora, solo los humanos podemos generar ciertas reglas o historias imaginadas para comportarnos de una manera específica dentro de un establecimiento como estos —aunque sería interesante ver cómo los humanos se tiran heces los unos a otros y tienen sexo dentro de un supermercado—. (Y no solo tenemos un comportamiento para los supermercados; también somos capaces de generar decenas, probablemente hasta cientos, de tipos de comportamientos y reglas para los distintos lugares que visitamos: restaurantes, cines, iglesias y templos, strip clubs, bibliotecas, etc.) Pero, ¿en dónde podemos ver estas reglas? ¿en dónde residen? ¿de dónde vienen? Imagina que en un edificio con distintos Homo sapiens, que consideramos líderes de la ficción en donde vivimos, escriben sobre un pedazo de papel ciertos garabatos, o en una computadora varios ceros y unos, y tu cerebro y mente los leen. Ahora, los garabatos o la información binaria dicen que podemos tomar todo lo que deseemos del supermercado, a nuestro gusto y placer, y comportarnos de la manera que deseemos. Ahora, vayamos a un supermercado y observemos la magia y el poder que tienen ciertos garabatos, ceros y unos… pero en especial, los mitos. Las leyes son mitos necesarios que nos contamos, o nos cuentan, para poder comportarnos de maneras específicas, y poder llevar un orden entre Homo sapiens y el mundo. Pero no puedes encontrar exactamente qué es lo que dicta que las leyes sean así, no hay nada que diga que esto debe ser de esta manera; aunque sí tenemos los instintos evolutivos que pudieran guiarnos [8]. Puedes, sin embargo, encontrar las piezas de esta realidad objetiva: a las personas reunidas que dictan dichos mitos (dichas leyes); puedes ver las estructuras de construcción específicas (los edificios del gobierno); puedes leer ciertos garabatos que representan más mitos (la constitución); puedes ver los pedazos de papeles con tinta. Pero en la realidad objetiva nunca encontraremos una ley o una regla imaginada. Nunca nos encontraremos con una ley caminando a nuestro lado, y ni siquiera en los edificios en donde los humanos están creándolas. Lo único objetivo que podemos ver son conexiones neuronales unificadas de maneras específicas y algunas cargas electroquímicas y bioquímicas en el cerebro cuando se piensa en dichos mitos. Y expresadas en papeles, edificios y humanos. Como mencionamos, lo interesante es que los animales también tienen sus propias normas para poder convivir juntos. Pero no tienen un sistema imaginado creado por un cierto grupo que dicten cómo hay que comportarse en manadas o grandes grupos. Nunca verás a moscas hembras formando una manifestación feminista enfrente del capitolio de moscas para que hagan un mito (ley) igualitario entre hembras y machos. Nunca verás a gatos formando una firma de abogados (ficción) para defender a los gatos Munchkin por discriminación. Tampoco verás a un grupo de bonobos formando unas elecciones democráticas para elegir a la próxima bonobo presidenta [9]. Solo Homo sapiens posee esa capacidad para, más allá de las «reglas» de la evolución y la selección natural, generar estas ficciones y mitos que residen «por encima» de la realidad objetiva y poder comportarse de una manera efectiva. Ya las leyes y reglas imaginadas se han convertido en parte esencial de nuestra psicología. Y hemos crecido para actuar de una manera específica a base de ciertos mitos creados por la imaginación y creencias de otras personas. Lo interesante es que las leyes y reglas (como las del fútbol) no existen en esta realidad objetiva, no son una parte de la naturaleza en sí. Solo residen en nuestra imaginación, y más importante, en la imaginación colectiva de las otras personas. Trabajar para algo que no existe Si ahora mismo te pregunto si Google, Apple, Walmart u otra compañía o corporación existen en esta realidad objetiva, probablemente me digas que sí: «Claro, ayer fui a Walmart utilizando la aplicación Google Maps que tengo en mi iPhone». Permíteme cambiarte un poco tu perspectiva sobre este tema. Tú no puedes encontrarte con Google si estás caminando por la calle. Ni siquiera puedes encontrarlo físicamente en este planeta. Te reto a que lo hagas, en especial si vives en Mountain View, California, donde se encuentra la sede de la compañía. Pero con una sola regla: no se vale confundir la realidad imaginada con la objetiva. ¿Listo? ¡Vamos! Sí, puedes ver los pedazos de construcciones (edificios) en donde opera esa compañía… pero eso no es Google. También, puedes ver el garabato colorido (logo) de Google en cualquier lugar, en Internet, la televisión, billboards, aplicaciones móviles, etc.... pero eso no es Google. Puedes ver su página web tan única y legendaria... pero eso no es Google. Puedes ver los carros que trazan las carreteras de los mapas electrónicos, y los productos físicos que hace la compañía... pero eso no es Google. Estás viendo la realidad objetiva: construcciones artificiales, garabatos, colores, redes inalámbricas, millones de píxeles reflejados en aparatos electrónicos que transmiten imágenes (televisión, computadoras), billboards, teléfonos móviles, carros y humanos. Todos esos ejemplos son cosas de la realidad objetiva en donde la realidad imaginada de Google se esconde. Pero a Google en sí no puedes verlo, es imposible. Hagamos algo interesante. Con el poder que me ha conferido esta computadora en donde escribo estos ceros y unos, me haré jefe de la compañía. Ahora, despediré a todos los empleados de la compañía... pero Google seguirá de pie. Derrumbaré todos los edificios con todos los ejecutivos y gerentes adentro... pero Google seguirá de pie. Tomaré todos los productos tipo hardware de Google, los destruiré hasta convertirlos polvo, los enviaré a la galaxia más cercana, Andrómeda… pero Google seguirá de pie. Esto no significa que Google es indestructible. Sin embargo, un juez puede tomar su bolígrafo, escribir un garabato sobre un papel, crear su magia poderosa… y hacer que Google desaparezca. Aunque las personas que trabajaban para Google sigan existiendo, sigas viendo el logo, los edificios sigan intactos, y todos los productos físicos de Google sigan funcionando y existiendo. Pero Google ha desaparecido. Gracias a las ficciones anteriores —las leyes y reglas imaginadas— y a las órdenes judiciales, se pueden crear o eliminar ficciones como lo son las corporaciones y compañías, como lo es Google, Walmart y Apple. Los abogados se refieren a las compañías como Google con el nombre de ficción legal. No existen en el mundo físico, la realidad objetiva, pero sí como entidades imaginadas legales no humanas que pueden ser procesadas legalmente como si fueran humanos reales. Pero no siempre fue así. Utilicemos el mismo poder «autoconferido», y viajemos en el tiempo hacia el siglo XIX. Si yo creaba una compañía de carros, todo lo que le ocurriese a las personas que compraban mis productos, la responsable tenía que ser la persona dueña de la compañía, en este caso yo, y no solamente a la entidad ficticia legal, como lo es hoy día. Yo habría tenido que pagar las multas, responder a las acusaciones y demandas, etc. Probablemente habría tenido que vender a uno de mis hijos al servilismo. No fue hasta que los sistemas legales (o grupos de Homo sapiens contando mitos) decidieron tratar y procesar a las compañías y corporaciones aparte, sin tener que perjudicar al propio individuo —a mí en este caso— que el mundo cambió en uno de sus aspectos. Así es como nuestra economía pudo prosperar, creando más y más ficciones legales, utilizando todos los recursos primos para hacer prosperar estas ficciones, contaminando el ambiente con sus productos... y nuestra ecología comenzó a destruirse poquito a poco. Antes, nuestra realidad imaginada dependía de la realidad objetiva. Ahora, la realidad objetiva —como los mares, el clima, los animales y entornos— depende en gran parte de nuestra realidad imaginada. Las compañías y corporaciones no existen en esta realidad objetiva. Solo existen en nuestra imaginación. Y más importante, en la imaginación colectiva de las personas. Cuando vayas de camino hacia tu trabajo, puedes decirle a las personas que irás a trabajar para algo que no existe realmente, y ganarte la vida mediante algo que no existe realmente, como veremos a continuación. Ellas te mirarán como si fueras algo raro, pero tú continúa. Sin embargo, esta creencia en ficciones legales no podría funcionar sin otra cosa importante, como te darás cuenta. Dinero, money, cash... y guineos Aclaremos qué es el dinero. Dinero es todo aquello que pueda intercambiarse como un pago de bienes, servicios, deberes u obligaciones, etc. [10] Su origen etimológico viene del vocablo latino denarius, el nombre de la moneda que utilizaban los romanos. Mi cuerpo puede ser dinero, la manzana que tengo en la nevera puede ser dinero, la flor que recoja en el bosque también podría serlo. ¡Hasta mi conocimiento puede ser dinero! Pero para propósitos de este blog, con dinero me referiré a la primera imagen que nos viene a la cabeza cuando escuchamos la palabra: moneda, papel o transacción electrónica (nótese que las tres residen en la realidad objetiva). El dinero universal actual es una historia inventada basada en la confianza de las personas. Para mí, este tipo de dinero es la ficción, el mito y el sistema imaginado más efectivo de todos los tiempos. Todos podemos cooperar de una manera efectiva cuando se encuentra esta ficción y mito en medio. No me creas a mí, solamente entra a un restaurante, donde unos humanos manejan la comida de otros humanos, y observa cómo se comportan. No todo el mundo cree en las leyes. No todo el mundo cree en dioses o diosas. No todo el mundo cree en partidos políticos, ideologías y religiones. No todo el mundo cree en las naciones y países... Pero todo el mundo cree en el dinero. Y no es que creas, es que tienes que creer, o hacer que crees, para que puedas sobrevivir en el sistema en donde vives ahora mismo. El dinero actual es un sustituto de los recursos y posesiones intercambiables que obtenían los cazadores recolectores antes de la revolución agrícola y antes y durante el surgimiento de la civilización. El dinero funciona psicológicamente como lo hacían dichos recursos y posesiones (pero no estrictamente del todo, como veremos). Mientras más recursos y posesiones (útiles) tenías u obtenías, mientras más intercambios (útiles) podías realizar, tenías más seguridad, tenías más probabilidades de sobrevivir y de pasar tus genes a la próxima generación, y, muy importante, asegurarte de que tus descendientes también pudieran sobrevivir. (Toda especie del planeta, incluyendo Homo sapiens, está configurada para la supervivencia y reproducción.) ¿Todo esto no te suena análogo a lo que hoy hacemos con el dinero? Pero, ¿qué hizo que deseáramos intercambiar los recursos con las demás personas? No podíamos tener siempre éxito en nuestras cazas y recolecciones, pero teníamos vecinos que podían tenerlo cuando nosotros fracasábamos. Y necesitábamos recursos para sobrevivir. Y éramos animales sociales. ¿Por qué no intercambiar y negociar? ¿Por qué no cooperar con mis vecinos cuando no tuvieran éxito y utilizarlos como bancos que en el futuro me pueden devolver mi servicio anterior (y viceversa)? La necesidad de dichos recursos a lo largo de nuestra historia evolutiva —desde que éramos unos simples peces hasta nuestro estado actual de Homo sapiens— nos condujo al intercambio. Gracias a nuestra condición de primates o simios sociales y cooperativos, gracias a nuestro complejo y sofisticado lóbulo frontal y corteza prefrontal, por consiguiente, explotamos esta capacidad de intercambio para nuestra propia supervivencia y reproducción. No es que el papel, moneda o la transacción electrónica sean, en sí mismos, iguales a estos recursos necesarios, como los alimentos y la tecnología de supervivencia; por ejemplo, no puedes hacerte una casa con papel o monedas, y mucho menos con transacciones electrónicas. Muchísimo menos puedes ingerirlos. Con este tipo de dinero viene algo mucho mejor: podemos obtener esos recursos tan necesarios a lo largo de nuestra historia evolutiva, o tener el potencial de obtenerlos, para nuestro éxito en la supervivencia o reproducción. Puedo obtenerlos sin poner mi vida en peligro al salir a cazar u obtener lo que será mi alimento y energía. Puedo obtener materiales y recursos necesarios para poder cortejar, seducir y cautivar a una pareja sexual potencial. En el dinero tengo el potencial de obtener casi cualquier recurso del mundo. En otras palabras, cuando miro mi dinero, «estoy observando» casi cualquier recurso. Para mí, el dinero que conocemos hoy es nuestra invención imaginada más importante. (Luego de leer esta sección del dinero, explícale esto a la persona que maldice el dinero, y el por qué tantas personas lo desean con fervor. Y recuerda que explicación no equivale a justificación.) Este tipo de dinero actual es universal, y su invención fue hace aproximadamente 5,000 años. En la antigüedad no existía como dinero universal la moneda o el pedazo de papel; casi todo era, como mencionamos, intercambio de bienes y servicios. Tú me das una cantidad de tu siembra y yo te limpio los zapatos. Tú me das una cantidad de peces y yo a ti te doy pollos. Luego, el primer dinero universal que surgió fue la cebada sumeria, una planta de cereal [11]. Todo el mundo utilizaba la planta como la unidad de dinero. Pero aquí surge un problema con este tipo de dinero. ¿Qué pasa con las plantas? Se mueren, o se pudren con el tiempo si no se utilizan mientras no están en el suelo fértil; los ratones y otros animales se la pueden comer; y es un poco complicado transportar grandes cantidades de un lugar a otro —solo imagina a alguien entrando por la puerta del supermercado con la exageración de plantas sobre su espalda para poder pagar lo que consumimos hoy—. Había que utilizar la imaginación y resolver todos estos problemas. Por consiguiente, gracias a las relaciones políticas, sociales y económicas, pudimos cambiar el sistema de juego. Y, hasta ahora, todo comenzó en Mesopotamia. El avance que cambió la historia fue cuando las personas comenzaron a creer y confiar en el tipo de dinero que no contenía algún valor intrínseco. Aunque era mucho más fácil de guardar, mantener y transportar. Ese tipo de dinero sin un valor intrínseco que cambió la historia fue el siclo de plata, alrededor del año 3,000 a.e.c. De ahí que también hayamos creído en el oro, la plata y el papel como formas de dinero. Ahora el dinero no me lo comen los ratones y demás animales; puedo tenerlo años guardado, sin uso, y no se pudre; puedo llevar menos cantidad de siclos de plata en comparación con las unidades de cebada, pero con más valor. ¿Cómo pudo haber surgido esta creencia tan peculiar? Se me ocurre una idea especulativa, y digámosla rápido en pocas oraciones. Soy el emperador de un gran imperio. Tengo un imperio con cientos de miles de soldados. Los soldaditos matan. Las personas deben respetar y creer en el emperador, yo, porque soy el dios Junykto encarnado. Si no lo hacen, llamo a los soldaditos para que los asesine por falta de obediencia. Les digo que este pedazo de metal ahora es universal y representa mi poder imperial. Decir o hacer lo contrario conlleva a la muerte. Si es un trozo de papel o metal, y tiene mi bella cara en él, o la de cualquier otro rey o reina, la persona sabrá lo que le espera, así que debe creer que el papel con mi cara tiene valor —te estoy viendo, ¡recuerda mi cara plebeya!—. Es ilegal romper, quemar o invalidar el pedazo de papel con mi cara, y menos con el nombre Junykto en él. Todos respetan y creen en Junykto y en el rey, en mí. Así que si digo que crean en el papel porque me respetan y creen en mí, lo harán. Y así, pude presentarles este pedazo de plata, oro o papel a mis queridos peones y plebeyos. ¡Ley y orden! Por favor, no copien mi idea sobre cómo crear valor en algo que intrínsecamente no lo tiene. Me reservo los derechos. Sin embargo, y continuando, un pedazo de oro, plata o papel carecen de un valor intrínseco. Tú no puedes comerte o beberte una porción de oro, plata o papel. Ni siquiera el gobierno puede crear armas efectivas de papel u oro. Solamente podemos confiar en él —en ese tipo de dinero—, creer que existe en realidad, en que tiene algún valor que nos hace cooperar de manera colectiva y asignarle una cantidad de valor imaginado a las cosas. Entonces, hoy día, ¿qué es exactamente lo que determina que el dinero en papel, oro, plata o electrónico haga que puedas comprar un par de zapatos, pero no puedas comprarlos con un racimo de guineo o plantas de cebada? Es mi confianza, acuerdo y creencia en él, y en que las demás personas también lo hacen. Creo en el dinero porque mi vecina cree en el dinero, el jefe de la compañía cree en él, el joven que me cobra en el supermercado también lo hace. ¡Todas las personas que conozco creen en este dinero! Entonces, yo también. El dinero existe porque todos creemos en él. Nos contamos historias como: «las manzanas cuestan tres unidades», «el racimo de guineos cuesta cinco unidades», «los zapatos cuestan treinta», «tu salvación cuesta la mitad de tu salario». En un experimento realizado en mi cabeza, me imaginé a tres científicos dándole a un chimpancé un pedazo de papel para que fuera y comprara un racimo de guineos. Es de suma importancia señalar que el chimpancé ignoró el pedazo de papel, se lo pasó por el culo, fue directamente hacia los guineos, los agarró y salió corriendo para comérselos afuera. Nunca el bendito chimpancé fue hacia el racimo, le dio el pedazo de papel a la cajera y salió como todo un buen miembro de la familia Hominidae. ¡Cuánta decepción al leer el experimento! Los demás animales pueden intercambiar cosas con un valor intrínseco como «yo te doy un guineo, y tú me das un melón», «tú me acicalas, y yo a ti», «tú me das refugio, y yo a ti protección» —aunque no necesariamente de una manera consciente—. Y nosotros también podemos, ¿quién dijo que no? Pero ellos no te aceptarán un pedazo de papel o una transacción por Paypal por un racimo de guineos, como lo pudimos notar en el experimento (aunque podríamos enseñarles a muchos de ellos, siempre y cuando reciban alguna recompensa). Solo nosotros poseemos, creo, esa capacidad cognitiva de darle un valor imaginado a un papel... incluso si nuestra vida tenga que depender de él. La creencia en el dinero es súper útil e importante. Podemos lograr muchas cosas. Puedo hacer que unos completos extraños que hace 16,000 años —cuando hicimos nuestro viaje en el tiempo a América— posiblemente me habrían asesinado, construyan una piscina detrás de mi casa… ¡hasta los dejaría hacer sus necesidades en el baño, dentro de la casa! Puedo confiar en un completo extraño —que no sé de qué familia es, qué creencias tiene, cuál es su pasado, qué cosas ha hecho—, y hacer que dicho extraño me haga una cirugía a corazón abierto para poder salvarme. Puedo hacer que mis hijos coman y tengan un techo, y que yo también coma y tenga uno. Puedo donarlo a organizaciones caritativas para que ayuden a otros sapiens niños. Y miles de cosas más. Podemos, sin embargo, lograr más cosas con el dinero. Esta creencia en esta ficción y mito ha hecho que personas vivan intranquilas y enfermas por inestabilidad económica. Ha hecho que personas se quiten la vida por perder grandes fortunas. Ha hecho que familias vivan en la miseria. Hace posible la compra de cualquier psicópata para que asesine un enemigo, o a alguien que esté ganando más poder de los que tienen el «poder». Hace que las personas coloquen sus vidas al borde de la muerte. (¿Recuerdas cuando te expliqué la analogía entre el dinero actual y los recursos y posesiones de nuestros antepasados? Probablemente así mismo funcionaba. En el lado positivo y negativo.) El dinero puede ser muy útil e importante para la supervivencia y peligroso a la misma vez, al igual que las demás creencias en ficciones. Sin embargo, el dinero es la ficción más importante, hasta ahora, para el ser humano actual... aunque no exista en esta realidad objetiva y solo en nuestra imaginación. Pero más importante, en la imaginación colectiva de las personas. El día en que todo el mundo deje de creer en el dinero actual —cosa que probablemente no suceda, al menos no hasta varios años, siglos o milenios—, la historia cambiará, el sistema cambiará, el estilo de vida de las personas cambiará. Como lo hizo cuando dejamos a un lado el intercambio de plantas de cereales. Repitamos una última vez. Este tipo de dinero, por sí mismo, no es lo más importante para Homo sapiens; por sí mismo no puede hacer nada. Es nuestra creencia en él: cómo nos hace confiar los unos a otros, cómo nos hace sobrevivir, comportar, cooperar, inventar, desarrollar, innovar... y hasta evolucionar. ¿Pero ha sido el dinero lo más impactante en la vida e historia de Homo sapiens a lo largo de la historia? ¿Es el dinero la única creencia ficticia que impacta la vida de las personas en la modernidad? Al igual que el dinero, hay más entidades invisibles y ficticias que han estado presentes en nuestro mundo por un largo período: gracias a las historias que nos contamos, gracias a los mitos más dulces y apasionados de nuestro cerebro. Mi dios es más real que el tuyo Las entidades sobrehumanas y sobrenaturales han sido de las ficciones y realidades imaginadas que, mediante mitos, más duración han tenido a lo largo de la historia. Desde la creencia en que un árbol tiene su propia alma (animismo); pasando por los dioses de los antiguos griegos, romanos y vikingos (politeísmo); hasta la creencia dominante de hoy —al menos en occidente—, la de que un dios personal me vigila y, como una cámara de seguridad desde algún lugar más allá del Universo, sabe todo lo que hago y pienso (monoteísmo) [12]. Los dioses y diosas son ejemplos de entidades imaginadas sobrehumanas e invisibles, las cuales residen más allá, o dentro, del Universo. Son los «causantes» de las lluvias, la buena fortuna, la furia de la naturaleza, de nuestra buena y mala suerte, de todas las muertes y nacimientos, del movimiento de los átomos, las leyes del Universo, de que mi ex la esté pasando mal... en fin, de todo... menos de las acciones que tomamos mediante nuestro ilusorio libre albedrío. Si yo hago algo mal, Dios me castigará. Si yo hago algo bien, Alá me recompensará. Entonces hay que portarnos bien para que Dios o Alá o Brahma o Siva no nos envíen al infierno cuando nuestros cerebros deje de funcionar y mis células mueran. Para conocer un poco el poder de la imaginación que el cerebro de Homo sapiens hace posible, veamos brevemente algunos de los diferentes tipos de creencias dominantes que se han llevado a cabo a lo largo de la historia y cómo han ido evolucionando, o ¿«desevolucionando»?. Animismo Antes de la creencia en muchos dioses o uno solo, existía el animismo [13]. No solo los humanos poseían algún valor superior a todas las demás especies, tampoco éramos los únicos que poseíamos un alma y sentimientos, sino que todo era parte del todo: todo poseía valor, voluntad propia, sentimientos y un alma. Los árboles poseían un alma, también los zorros, el agua y toda la creación; había que respetarlos y tratarlos por igual, rendirles tributo, independientemente de que fuera una roca gigante que cayó encima de mi casa porque hubo un derrumbe en la montaña a causa de un temblor. La roca así lo quiso, ya que la semana pasada tiré una piedra al lago, se ahogó, y su familia la estaba defendiendo. Ahora tendré que disculparme con ella, adorarla y ver la televisión juntos. Así, todos podíamos vivir en armonía, orden, justicia y sentido. Politeismo Luego del animismo llegó la creencia en que no todo podía tener su propia voluntad; no podría ser así. Las lluvias no ocurrían porque las nubes con alma así lo querían —o por los cambios en la presión y temperatura— sino porque un dios o diosa lo debía estar causando, ya sea por furia o bendición. Ya la roca gigante no cayó encima de mi casa porque así lo quiso, sino porque un dios así lo quiso, ya sea por furia o bendición. ¡Ya no podré ver la televisión con Gustavito, la roca! Y así mismo con los otros eventos de la naturaleza, del Universo. El Universo era llevado a cabo por diferentes dioses y diosas. Unos dioses se encargaban del mar, otros del sol y la medicina, otros de la guerra y otros de la belleza y el amor. El orden entre Homo sapiens también surgía cuando escogían a su dios favorito, y todas sus buenas o malas obras eran dedicadas a dicho dios o diosa favoritos. Hasta ahora, los registros nos señalan que todo esto comenzó a ocurrir hace aproximadamente 5,000 años [14]. Monoteísmo Luego, algunos de los seguidores de los dioses politeístas se enamoraron demasiado de su dios favorito y, por consiguiente, poco a poco se apartaron de la creencia politeísta. Su dios elegido o favorito era el único dios de todo el Universo. Había comenzado la revolución monoteísta. (El dios dominante actual en las mentes de las personas, Yahvé —Yahweh—, evolucionó y se convirtió en el único Dios de los judíos y, finalmente, en el único Dios de cristianos y musulmanes. Anterior a eso, era un "dios de las tormentas" o "dios de la tempestad", una de las muchas deidades derivadas de los pueblos cananeos de quienes surgieron los judíos.) En Egipto, alrededor del año 1350 a.e.c., el faraón Akenatón creó lo que hasta ahora se conoce como la primera religión monoteísta. Akenatón declaró que el dios Atón [15] era el único poder supremo que gobernaba todo el Universo, e intentó detener los demás cultos que adoraban otros dioses. Después murió y volvieron al politeismo. Pero después de ese después fue historia, ¿entiendes? Las personas, con el tiempo, decidieron dejar de creer en muchas entidades sobrehumanas y sobrenaturales para comenzar a creer en una sola deidad: Dios o Alá, Brahma, Siva, Kim Jong-un, etc. La creencia religiosa monoteísta se convirtió en la orden del día, hasta el día de hoy (no significa que no existan religiones politeístas en el presente). (Nota: En estos últimos 2,000 años nos han lavado el cerebro con tanto monoteísmo, que han hecho que consideremos el politeísmo y el animismo como algo ignorante o ingenuo. Pero del mismo modo que el politeísmo y animismo, muchas religiones monoteístas coquetearon con ideas politeístas y animistas: miles de santos que velan por las cosas y por mí, ángeles que nos cuidan en todo momento, almas, espíritus, etc. Las religiones monoteístas le deben mucho al politeísmo y animismo. Y la espiritualidad New Age le debe mucho al monoteísmo: «pídele al Universo y él te escuchará y moverá todas las fichas para que se haga posible» —sustituyeron al dios o diosa por el Universo—.) Por lo tanto, insertamos en esa realidad imaginada la idea de un solo dios que nos da orden y sentido a nuestras vidas. La pregunta es, ¿existen en esta realidad objetiva? Lamentable y afortunadamente, no [16]. Solo residen en nuestra imaginación. [17] Los dioses y las diosas no existen en esta realidad objetiva, pero los refugiamos aquí: mediante mitos que no pueden ser probados; en una construcción de cemento o madera que llamamos iglesias, templos, mezquitas, etc.; en unas hojas de papel y tinta con garabatos replicados y mutados desde hace miles de años; en ondas de voz que generan Homo sapiens llamados sacerdotes, chamanes, líderes religiosos, etc.; en imágenes y cuadros hermosos con pintura; en estructuras repletas de artes impresionantes; en figuras construidas de madera, piedra y otros materiales. Y como esos mitos y realidades imaginadas los hemos representado aquí a lo largo de milenios, generación tras generación, meme tras meme, nuestro cerebro activa el efecto psicológico evolutivo de durabilidad, repetición y popularidad, y piensa que existen en realidad («¡es imposible que miles de millones de personas hayamos estado equivocados durante miles de años!»). Como dice el psicólogo y economista Daniel Kahneman en su libro Pensar rápido, pensar despacio, «Una manera segura de hacer que la gente se crea falsedades es la repetición frecuente, porque la familiaridad no es fácilmente distinguible de la verdad.» La creencia en un solo dios ha unido a miles de millones de personas a lo largo de la historia. Imaginemos el estadio de fútbol con los chimpancés, y en el centro del estadio se encuentra el papa dando una misa. ¿Qué crees que le pasaría al papa? ¿Qué piensas que ocurrirá en las gradas? Ahora imaginemos lo mismo, pero con sapiens a su alrededor. Los dioses han hecho que la vida de muchas personas tengan sentido en cada momento. Los dioses han privado a muchísimas personas de quitarse la vida (por ejemplo, a algunas personas en el ejemplo del dinero que perdieron grandes fortunas; aquí la importancia de los mitos en nuestra supervivencia). El dios Sobek hizo que los Egipcios construyeran el lago Fayum, ya que todos pensaban que el faraón era Él mismo encarnado gobernando el imperio. Y muchísimas otras cosas. Los dioses han unido a la humanidad. En el aspecto negativo, los dioses han hecho que se mataran entre diferentes miembros de distintas religiones, e incluso de la misma religión, como fue el caso del cristianismo entre católicos y protestantes (Christopher Hitchens, en su libro Dios no es bueno: Alegato contra la religión, da ejemplos modernos sobre este y muchos otros aspectos). Los dioses han hecho que los papas organizaran las cruzadas porque era un mandato divino asesinar a los infieles, bárbaros y paganos. Han hecho que atraquemos y matemos a extranjeros, robándoles sus pertenencias y conquistando sus tierras, como el caso de los vikingos. Los dioses han hecho que se derrumben torres en una mañana tranquila, ya que fue un mandato divino, como en el caso del islam. Han hecho que humanos con diferentes creencias se odien y repugnen los unos a otros por no poseer los mismos parásitos. Y muchas otras cosas que han realizado los dioses de las distintas religiones monoteístas y politeístas. Los dioses unen pero también separan a la humanidad. Podrías estar diciendo que los dioses no han hecho todo esto, sino los humanos. Y es cierto. Pero hoy día también decimos habitualmente que Estados Unidos creó la primera bomba nuclear, que Amazon explota a sus trabajadores y que el dinero cambia a las personas. ¿Por qué no decir que los dioses han causado todo esto? Al fin y al cabo estamos hablando de mitos, ficciones y realidades imaginadas. Lo interesante es que los dioses, espíritus, almas, ángeles, santos y religiones no existen en esta realidad objetiva, solo residen en la capa que generamos por encima: la realidad imaginada. Pero más importante, en la imaginación colectiva de Homo sapiens. Si no diferenciamos la realidad objetiva de la imaginada, y tampoco reconocemos cuando nos encontramos en una de ellas, podríamos volver a presenciar un acto como el 11/S. Diferenciar las realidades ¿Cómo podemos diferenciar las realidades? Imagina un trozo de piedra. Puedes notarla, observarla, sentirla y probablemente hasta olerla y degustarla —aunque no te recomiendo mucho la última opción—. Cuando tomas la piedra en tu mano, notas que no puede hacer nada; no puede invocar una furia o bendición sobre ti, y tampoco puede hacer algo por ti a su voluntad a menos que lo imagines. Es un simple saco de átomos y moléculas en su forma estable. Es la realidad objetiva. Enfrente de mí hay una mini estatua de piedra que representa a Siddhartha Gautama meditando. Mi cerebro puede observar que es un simple trozo de piedra. Pero esta vez nota algo distinto: una forma humana, una figura histórica que ha representado algo importante para muchas personas. Ahora, digamos que soy un budista principiante —que no lo soy—. Quizá mi cerebro deje de observar solamente la realidad objetiva (el simple trozo de piedra), y le dé la bienvenida a la realidad imaginada. Ya no es una piedra; ahora es Siddhartha, y puedo adorarla, pedirle y «sentir» la esencia de Gautama el Buda [18]. Ahora la piedra se ha convertido, o la he convertido, en algo más que un simple saco de átomos y moléculas en su forma estable. De algo que no puede hacer nada por sí, a algo con una esencia... y yo puedo conectarme y comunicarme con ella. Pasé de la realidad objetiva a la realidad imaginada. Y si no tengo la suficiente consciencia conmigo en el momento presente, puedo confundir ambas realidades y comenzar el posible conflicto y separación. Imagina que estoy apegado a la realidad imaginada y a la imagen que el cerebro y la mente construyeron sobre la estatua, y no puedo diferenciar ambas realidades. En lugar de reconocer que es un simple saco de átomos y moléculas y nada más, ahora solo veo una esencia, algo sagrado. De momento, entra Hillary Clinton a mi cuarto, mira la piedra, la tira contra el piso y la estatua se rompe. Esta confusión de realidades hará creerle al ego que le han faltado a la moral, que es un acto inaceptable. ¡Cómo se ha atrevido a entrar a mi cuarto y, como si estuviera en su casa, romper “mis” átomos y moléculas en sus formas estables! Insultaré a Hillary y crearé enemistad con ella, no solo por su exceso de confianza, sino también, y más importante, por haber destruido el saco de átomos y moléculas en su forma estable. Ahora le hackearé sus emails para que pierda las elecciones. Pero los ejemplos «negativos», aunque demasiados, son una minoría en comparación con los «positivos» o neutrales. Ese simple saco de átomos y piedras en forma humana puede hacer que decenas de miles de personas se unan para meditar juntas, en lugar de funcionar deficientemente por culpa de nuestro límite de ≈150 sapiens, creando una unión y una vista agradable y hermosa para presenciar con nuestros ojos. Algo que decenas de miles de leones no podrían lograr. ¿Cómo diferenciar las realidades? Una forma para reconocer la realidad imaginada es ser consciente de cuando entran a escena los pensamientos en forma de mitos y ficciones. Por ejemplo, ya no estoy mirando un papel —que es una forma estable de átomos y moléculas—, ahora noto en mi mente una historia que me dice que el papel vale, no uno, dos o tres, sino cinco manzanas. Otra forma, aunque un poco injusta —como lo he hecho yo—, es comparar con las demás especies. Tres ejemplos: (1) darle un dólar a un chimpancé y observar su comportamiento; (2) decirle, de alguna forma, a un bonobo que nos regale su guineo para que se gane un lugar en el cielo de los simios; (3) crear una línea imaginaria, sin ninguna construcción física, y multar al león que la cruce [19]. Algunas formas para reconocer la realidad objetiva sería mediante el pensamiento lógico y crítico, la observación y lo empírico, la consciencia y/o el estudio científico. Un ejemplo es ser consciente que frente a mí no está Siddhartha o su esencia, sino un trozo de piedra con el molde de un humano, y reconocer que las piedras no pueden hacer nada más de lo que las leyes de la física y química dicten. Otra forma, y esta vez para reconocer si es solo un mito de la sociedad o cultura, es, como dice Yuval Noah Harari en su libro Sapiens, utilizar «la regla empírica: "La biología lo permite, la cultura lo prohíbe". La biología tolera un espectro muy amplio de posibilidades. Sin embargo, la cultura obliga a la gente a realizar algunas posibilidades al tiempo que prohíbe otras. La biología permite a las mujeres tener hijos, mientras que algunas culturas obligan a las mujeres a realizar esta posibilidad. La biología permite a los hombres que gocen del sexo entre sí, mientras que algunas culturas les prohíben realizar esta posibilidad.». [20] Richard Dawkins en La magia de la realidad habla sobre cómo podemos (re)conocer la realidad objetiva mediante los métodos científicos. Dice que «tenemos tres formas de saber si algo es real. Podemos detectarlo directamente utilizando nuestros cinco sentidos; o indirectamente utilizando nuestros sentidos con la ayuda de instrumentos especiales como los telescopios y los microscopios; o incluso de forma aún más indirecta, creando modelos de lo que podría ser real y después probando dichos modelos para ver si predicen cosas que podemos ver (u oír, etc.) con o sin la ayuda de instrumentos. En definitiva, de una u otra forma todo depende de nuestros sentidos.» Ahora, ¿qué ocurre con nuestros sentimientos y emociones como la ira, la alegría, los celos y el amor? ¿Existen en esta realidad objetiva, aunque no podamos verlos? Por supuesto que existen; podemos sentirlas y experimentarlas y ser conscientes de ellas. Esto dependiendo de la forma individual, como algunos organismos vivos. Nosotros, Homo sapiens, somos una de las especies que podemos experimentar emociones y sentimientos —y hoy en día, la mayoría de los científicos están de acuerdo en que los animales vertebrados (mamíferos, aves, reptiles, anfibios y peces) experimentan, en diversos grados, emociones y sentimientos—. Las montañas, los ríos y las rocas no pueden hacerlo. El cerebro recibe una señal interna o externa, aleatoria o determinista, la transmite a nuestro cuerpo y viceversa, se generan reacciones químicas (como un algoritmo biológico), y experimentamos la emoción o el sentimiento subjetivamente. Las emociones y sentimientos no son algo metafísico o abstracto; son puramente biológicas. Ahora, no podemos ver la ira o la alegría experimentadas subjetivamente, pero sí lo que las hace posibles: mediante cascos o trajes de fMRI para observar el cerebro o el cuerpo, por ejemplo. En su libro, Dawkins continúa diciendo que «[...] estas emociones son intensamente reales para aquellos que las experimentan, pero no existían antes de los cerebros. Es posible que emociones como estas —y quizá otras en las que ni podemos soñar— puedan existir en otros planetas, pero solo si dichos planetas contienen también cerebros o algo equivalente a los cerebros [...]» Y podríamos seguir diferenciando ambas realidades con más ejemplos: como con las ideologías y partidos políticos, los derechos humanos [21], marcas comerciales y personales, nombres, equipos deportivos, etc. Este blog ha demostrado el poder que tiene nuestro cerebro gracias a la evolución, y también la trampa que se puede generar al confundir ambas realidades. Sabemos que estamos confundidos cuando decimos que el dinero, los países y las naciones, las leyes y reglas, las compañías y corporaciones y los dioses existen verdadera y objetivamente. Podríamos decir que existen, sí, sabiendo diferenciar x de y. El poder de lo natural Como mencionamos al comienzo del blog, muchas personas, cuando se les dice que están creyendo en mitos y ficciones, piensan que se les falta el respeto, o imaginan que son cosas malignas y brujerías, o que no tienen importancia. Pero ya vimos la importancia que pueden tener. Además, sentimos que se nos falta el respeto y nos sentimos atacados y ofendidos, ya que las ficciones están demasiado enterradas en las «profundidades» de la mente. Y nuestro «yo conceptual» (ego) vive alimentándose de todos los pensamientos, no importa que sean mitos o simples creencias. Entonces, sentimos que nos están atacando personalmente. «¡Mi país no es una ficción; mi país existe realmente!» «¡Mi dios o diosa no es una ficción; mi dios existe realmente!» «¡Mente Desnuda no es una ficción; Mente Desnuda existe realmente!» Los mitos, ficciones y realidades imaginadas sí han tenido importancia a lo largo de la historia, a pesar de las atrocidades que se pueden cometer en sus nombres. Porque esas mismas ficciones que hemos generado nosotros, han controlado y ahora mismo «controlan» nuestro mundo. Mientras todo el mundo crea en ellas, todos pueden obedecer, todos podemos vivir juntos y comportarnos de la misma manera. Nuestra capacidad de imaginar cosas nos ha hecho más efectivos para poder comunicarnos, no solamente dentro de esta realidad objetiva, sino también en la imaginada. Los demás animales y especies también son capaces de comunicarse, pero la única diferencia es que ellos solamente se comunican con cosas que realmente existen. Un chimpancé le puede comunicar a otro chimpancé que no vaya a ese lugar porque hay un tigre y puede morir. Pero no se dicen: «no robes los guineos de los demás chimpancés porque, cuando mueras, el dios Simiotón te castigará y arderás en el infierno». Somos la única especie, que sepamos hasta ahora, que ha tenido «éxito» gracias a que podemos conducir nuestras vidas a base de elementos que no existen en la realidad objetiva. Quién diría que hace aproximadamente 13.5 mil millones de años todo iba a comenzar, y quizá de nuevo. Quién diría que desde hace 3.8 mil millones de años las réplicas de una molécula madre han estado recorriendo un largo viaje, pasando por todos tus antepasados, hasta formarte a ti. Quién diría que esta capacidad cognitiva que nos hizo posible ir más allá de nuestro planeta, de donde ninguna otra especie ha podido hacerlo, ocurriría gracias a causas anteriores hermosamente naturales: por una mutación o mutaciones en nuestro ADN. Quién habría podido pensar que todo este proceso de miles de millones de años, tan objetivo, tan real, tan natural, fuera capaz de crear algo tan objetivo y real como lo es nuestro cerebro. Para así, este último generar un sentido subjetivo y único que no podemos ver o localizar por ninguna parte mediante nuestra mente (y consciencia) [22]. Y estas dos ser capaces de crear una realidad completamente imaginada, incluyendo a nuestro sentido del «yo». ¡Quién diría que Homo sapiens depende de dos realidades! ¿Te gustó este blog? Puedes donar, si deseas, aquí. Agradecimiento: Me inspiré a crear este blog gracias a que el año pasado (2019) leí el libro Sapiens de Yuval Noah Harari. El libro cambió mi perspectiva sobre muchas cosas, incluyendo lo que acabas de leer. Así que muchas gracias, señor Harari. Aclaración: Los mitos, las ficciones y las realidades imaginadas han jugado un papel muy importante para funcionar como colectivo de más de 150 individuos. El propósito del blog no es dejar saber que han sido el único o el único para haber podido sobrevivir. El propósito principal del blog es dejarnos saber el poder de nuestro cerebro para poder hacernos cooperar en grandes grupos y progresar como sociedad en el mundo mediante mitos, ficciones y realidades imaginadas, y decirnos que nuestra imaginación ha sido uno de los papeles protagonistas en la historia humana hasta el día de hoy. Repito, los mitos, las ficciones y las realidades imaginadas no han sido los únicos factores. Por favor, no ignoremos el trabajo que la selección natural y sexual, la evolución y el ambiente han realizado en nosotros. Notas: [*] Aunque algunos historiadores prefieren llamarle «historia» al momento en que nos asentamos, nos volvimos sedentarios y comenzamos a construir las sociedades complejas (civilización) en adelante. Este fue el momento de la revolución agrícola y sus secuelas. [**] Recientemente se asume que podría datar hasta unos 30,000 años. [***] Aquí hice un viaje mental desde la zona gigantesca estadounidense. Luego pasé hacia arriba, a Canadá. Luego llegué a Alaska. Luego tomé un catamarán hacia las islas de Hawái. Y por último, seguí mi viaje hacia el sur, hasta llegar a la isla de Bora Bora, donde me esperaba mi querida esposa y familia. [1] Este concepto de una pirámide en la naturaleza es muy vago. Lo utilizo como sarcasmo hacia las personas que piensan que la evolución funciona como una pirámide. El funcionamiento de la evolución y selección natural no se trata de poner por encima o por debajo a las especies. La selección natural actúa para «beneficiar», específicamente, a los genes de un individuo de una especie que mejor se adapten a la supervivencia y reproducción según el ambiente en que se encuentren. [2] Recientemente, se piensa que Homo sapiens no solo vivió en una esquina de África oriental, sino que estuvo esparcido por varias regiones. Charles Q. Choi, «Oldest Fossils of Our Species Push Back Origin of Modern Humans», Live Science https://www.livescience.com/59398-oldest-homo-sapiens-fossils-discovered.html; «Human evolution: The story of human evolution begins in Africa 7 million years ago», New Scientist https://www.newscientist.com/term/human-evolution/ [3] No pensemos que esto ocurrió en un segundo, como si ocurriese una idea de la nada. Este evento, lo más probable, tomó decenas de miles de años. [4] No me refiero a los murciélagos vampiro; ellos existen. El nombre científico es Desmodus rotundus (no, no es un hechizo de Harry Potter). [5] El ejemplo más obvio que se me ocurre es el canguro original de la porción de tierra llamada Australia. [6] Definitivamente habrías podido notar ciertos entornos distintos (animales distintos, plantas distintas, praderas distintas, etc.) por causa del clima, geografía y ambiente. [7] No me refiero a un acto a base de odio. Me refiero a que, si me estoy cagando en una jungla, miro hacia el lado y veo el pedazo de tela, me limpiaría con ella. También la utilizaría para hacer fuego en un camping si me estoy muriendo de frío. Y todo seguirá normal: la ficción que representa seguirá «viva» y coleando e intacta. Además, la ficción seguirá intacta y coleando incluso en un acto a base de odio. Solo el ego puede salir herido. Y eso es una ridiculez. [8] Estos mitos (las leyes) pueden ser a base de intereses egoístas, moralidad o seguridad. Estamos configurados evolutivamente de distintas maneras, en este caso psicológicas, y estas distintas maneras pueden tener efectos fenotípicos —observados en las leyes a lo largo del tiempo— totalmente contradictorios. Estamos configurados para explotar nuestros instintos egoístas, pero también para cooperar efectivamente como especie social y grupal. Tenemos en la esquina roja la histórica explotación de personas mediante el sistema de esclavitud, su defensa y aceptación en esos tiempos, e incluso visto en su momento como mandatos divinos. Y en la esquina azul tenemos la defensa y aceptación de los derechos humanos, la libertad y la igualdad de personas que llevamos a cabo hoy día (al menos en gran parte del mundo). [9] Lo que pueden hacer es luchar entre ellos o hacer alianzas sociales mediante el sexo para poder lograr un lugar en la jerarquía de bonobos. Para profundizar un poco más en el tema de los chimpancés y bonobos, puedes leer Frans de Waal, Our Inner Ape: A Leading Primatologist Explains Why We Are Who We Are. [10] Podríamos llamar «dinero», también, a los intercambios que realizan las demás especies. Por ejemplo, la simbiosis entre las hormigas con los áfidos, y las abejas con las flores, etc. [11] Yuval Noah Harari, Sapiens. [12] Si lo vemos desde la perspectiva de decenas de miles de años, parece como si estuviéramos deshaciéndonos, poco a poco, de las creencias sobrenaturales y sobrehumanas: ya solo queda un dios, y solo a los humanos nos queda alma. Además, deseo aclarar que si una persona cree en un dios o diosa que creó el Universo e influye en las cosas del mundo y en uno mismo, esa persona es teísta; y si la persona piensa que el Universo fue creado por una entidad, ya sea un dios, pero que luego no influye en el mundo o en uno mismo, esa persona es deísta. Como dice Richard Dawkins, los deístas son teístas descafeinados. Pienso que como los humanos hemos creído en dioses que influyen en el Universo y sus cosas, por eso los términos «politeísmo» y «monoteísmo», pero si no hubiéramos creído en dioses y diosas que influían en las cosas, las religiones debieron haber sido llamadas «polideístas» y «monodeístas». [13] Creo que la puerta que le dio paso al politeísmo y monoteísmo (teísmo) fue el animismo. Y la puerta que le dio paso al animismo fue nuestro sentido evolucionado de atribuirle agencia a las cosas y nuestra ignorancia y necesidad de querer darle un sentido a todas las cosas y causas del Universo. Todo era incertidumbre, no había ocurrido la revolución científica, por lo tanto, debíamos suponer lo que estaba sucediendo en nosotros, a nuestro alrededor y más allá. Nosotros poseemos una «voluntad propia» y sentimientos, por lo tanto, las demás cosas que observo a mi alrededor también las tienen porque «actúan» —por ejemplo, la tierra tiembla, las nubes crean lluvia y los volcanes expulsan lava— (animismo). Nosotros podemos construir cosas, y los relojes no se pueden construir solos, por lo tanto, el Universo no pudo hacerse solo y tuvo que ser diseñado por alguien, incluyéndonos a nosotros (teísmo y deísmo) (para mí, este ha sido de los argumentos más ridículos jamás inventados). Nótese cuán subestimados tenemos a la naturaleza y a sus leyes que nos gobiernan en todo momento. [14] Vale señalar que el politeísmo y animismo no ponen en duda la creencia de un solo poder que gobierna todo el cosmos, incluyendo a los demás dioses. El mismo Zeus, Apolo y todos los demás dioses griegos eran sometidos a un único poder universal: El Destino —Moira, Ananké—, por ejemplo. [15] Aunque desconozco si el nombre fue luego inventado arbitrariamente por historiadores y antropólogos, nótese la originalidad del nombre Atón. No tiene nada que ver con su nombre; no se parece en nada. ¿De dónde el loquillo de Akenatón se habría inspirado para el nombre de su dios? Hmmm. [16] Este afortunadamente es dedicado al dios del Antiguo Testamento, que es el dios de los judíos y la raíz del dios del Islam. Y este afortunadamente también va para toda creencia que tenga un dios, en palabras de Richard Dawkins, «celoso y orgulloso de serlo; un mezquino, injusto e implacable monstruo; un ser vengativo, sediento de sangre y limpiador étnico; un misógino, homófobo, racista, infanticida, genocida, filicida, pestilente, megalómano, sadomasoquista; un matón caprichosamente malévolo.» Richard Dawkins, El espejismo de Dios. [17] Podemos decirlo de otra manera: no tenemos evidencia objetiva o científica de que existan dioses. Si deseas, puedes utilizar el argumento de la ignorancia y decir que a falta de pruebas, por lo tanto, deben existir. Pero la persona que adopte este principio tiene que lidiar con algunos problemas, y quizá hasta aceptarlos. Por ejemplo, tampoco tenemos evidencia objetiva y no podemos refutar objetivamente que exista Santa Claus —puede volverse invisible cuando vayamos a comprobar su existencia en el polo norte—. Tampoco tenemos evidencia objetiva y no podemos refutar objetivamente los elfos, a los duendes, a las hadas madrinas, al Ratoncito Pérez, a la tetera de Bertrand Russell, al dragón invisible de Carl Sagan o a los yetis. ¿Debemos decir que deben existir objetivamente? Y quizá más importante, no podemos negar, refutar o tener evidencia objetiva de los miles de dioses que han «existido» a lo largo de nuestra historia humana: los dioses griegos, romanos, hindúes, vikingos, cananeos, de las demás religiones y quién sabe cuántos dioses y entidades adicionales del pasado. ¿Una persona que utilice este principio argumental sobre su dios lo aplica también a todos estos dioses? ¿Debemos decir que deben existir objetivamente? Esta creencia en dioses y diosas es de las más difíciles de aceptar o reconocer que son mitos, ficciones y realidades imaginadas, ya que trabajan en nuestros cerebros como amigos imaginarios (solo dile a un niño que su amigo imaginario, que tanto ama, no existe realmente y es solo un producto de su imaginación) o pareja que siempre está ahí en nuestras vidas. Richard Dawkins habla de la religión como un subproducto de alguna otra cosa modelada por la selección natural. Por ejemplo, se pregunta si pudiera ser el subproducto de «los irracionales mecanismos que originalmente fueron construidos en el cerebro por la selección para enamorarse» y que tiene ventajas genéticas de supervivencia. El cerebro tiene un comportamiento muy similar cuando las personas imaginan una entidad que siempre está con ellas en las buenas y malas, y que las protegen (Dios), a cuando tienen una persona físicamente a su lado que siempre está con ellas en las buenas y malas, y que las protegen (la pareja) (Richard Dawkins, El espejismo de Dios; El gen egoísta). Y como mencioné, en esa lista me atrevo a incluir el efecto —aunque no del mismo modo que en el enamoramiento— que tienen los amigos imaginarios sobre los cerebros de los niños. Además, también influye el rápido adoctrinamiento en la niñez. Las neuronas en los cerebros de los bebés vienen listas para ser «llenadas» de información sobre el mundo. Los niños fueron moldeados por la evolución mediante selección natural para hacerle caso casi ciegamente a las «verdades» de sus padres y personas conocedoras. Ya sean «verdades» sobre la supervivencia (no vayas al río porque te puede comer un cocodrilo), «verdades» sobre la reproducción, o «verdades» de la vida y el Universo. En la infancia, que es cuando más vulnerable está nuestro cerebro a acatar cualquier pensamiento o creencia, el cerebro (nosotros) acoge todas esas señales que recibimos para luego guardarlas y desechar otras. Por consiguiente, nuestro «yo» pasa a creer y defender, consciente o inconscientemente, esas señales guardadas desde la infancia. Esto no solo aplica a las religiones, sino también a las ideologías, culturas, partidos políticos, etc. Todo tiene sentido. [18] Por lo que tengo entendido, habiendo estudiado la religión y filosofía budista, los budistas no adoran —o se supone que no adoren— ninguna estatua del Buda. Siddhartha dejó muy claro que él no quería que la gente lo adorase. Con solamente seguir sus enseñanzas, bastaba. Para una idea más clara sobre el budismo, véase Thich Nhat Hanh, Vivir el budismo, o la Práctica de la Atención Plena; véase también el Dhammapada; véase también Mahasatipatthana Sutta: The Great Discourse on the Establishing of Awareness. [19] Podrías decir que los leones viven en sus propios territorios, y que no entrarían a territorios ajenos pertenecientes a otras manadas. Es algo análogo a crear una línea invisible para dividir países. Eso es completamente cierto. Es un comportamiento totalmente natural modelado por la selección. «Los leones son altamente territoriales y ocupan la misma área por generaciones. [...] La heterogeneidad del hábitat de la sabana parece ser la causa principal de la territorialidad grupal en los leones.» La selección también nos creó a nosotros —y a otras especies, incluidos nuestros primos los chimpancés— este sentimiento de separar tierras; es un sentimiento natural el querer hacerlo. (Esto es evidente; lo podemos notar dando un paseo por un barrio y mirando cómo las personas colocan paredes, rejas, etc., para separar sus respectivas casas.) Sin embargo, diferimos sobre cómo lo llevamos a cabo. Ya vimos en la sección Pedazos de tierra y líneas imaginarias cómo lo hacemos nosotros. [20] En este último ejemplo podríamos decir que también la biología y naturaleza permiten que se realicen la violación y el asesinato hacia los demás seres. Aquí entrarían los mitos morales que le hacen bien al colectivo humano: respetar la vida de los/lo demás, no causar sufrimiento —o al menos el menor posible—. Y no solo somos guiados por memes y mitos morales, la evolución nos dotó de una moralidad natural, incluyendo el no hacer daño, o daño innecesario, a los demás seres. Esto también es visible en otras especies animales. [21] Los derechos humanos son un ejemplo de que no todos los mitos generados por Homo Sapiens son una «barbaridad». Los humanos no tenemos derechos; solo poseemos una biología natural y capacidades. Un gran ejemplo que Yuval Noah Harari expresa es: «[...] Las aves vuelan no porque tengan el derecho a volar, sino porque poseen alas.». [22] Lo que podemos localizar y ver es el cerebro y su comportamiento, las células, neuronas y genes; no lo subjetivo. Lo subjetivo solo lo experimenta el cerebro, el individuo. Cada persona está teniendo una experiencia subjetiva consigo misma. Es una experiencia ilusoria generada gracias a lo objetivo: el cerebro, las neuronas, los genes, etc. Una experiencia subjetiva individual que no se puede encontrar en ningún lugar, ni siquiera abriendo el cerebro de la persona. Cada persona está teniendo una experiencia subjetiva e imaginada a través de la mente. Esto no significa que la mente sea algo abstracto. En palabras de Steven Pinker: [L]a mente es un sistema complejo compuesto de muchas partes que interactúan. [...] [H]oy sabemos que la mente no es un orbe homogéneo dotado de poderes unitarios o de unos rasgos uniformes y sin excepción. La mente es modular, con muchas partes que cooperan para generar un pensamiento hilvanado o una acción organizada. Posee unos sistemas diferenciados de procesado de información para filtrar las distracciones, aprender las habilidades, controlar el cuerpo, recordar los hechos, manejar información de forma temporal, y almacenar y ejecutar reglas. Entre estos sistemas de procesado de datos se encuentran las facultades mentales (algunas veces llamadas «inteligencias múltiples»), que se emplean en diferentes tipos de contenidos, como el lenguaje, la cantidad, el espacio, las herramientas y los seres vivos.

Las ideologías, religiones y culturas son como parásitos

Quote: “Las ideologías, religiones y culturas son como parásitos. En el momento en que se alojan dentro del individuo (del cerebro), no les "importa" el bienestar (físico o mental) del mismo; solo les "importa" su propia supervivencia, replicación y propagación hacia otros individuos. Lo peor: creemos que somos el parásito.” Aunque los “parásitos ficticios” pudieran tomar forma de cualquier pensamiento, algunos de los más fuertes para nuestro cerebro son los que toman forma de ideologías, religiones y culturas. Y aunque las religiones y culturas han sido de los mitos intersubjetivos más efectivos para cooperar como colectivo humano, nuestra identificación con ellas también han causado un daño tremendo en la humanidad y los otros seres a lo largo de la historia, psicológica y físicamente: separación, conflicto, genocidios, homicidios, odio, etc. Un parásito vive dentro del cuerpo de su anfitrión. Un ejemplo de parásitos son los virus. La única "meta" de los virus es multiplicarse y extenderse hacia otros anfitriones, de ese otro anfitrión a otro, y así sucesivamente. Al parásito no le importa en qué estado está su anfitrión; mientras él siga "vivo", replicándose y expandiéndose hacia otros anfitriones debería funcionar. No es hasta que se trata el virus o parásito que su expansión se puede detener. Sin embargo, han habido parásitos y virus tan fuertes y peligrosos que han debilitado y matado a millones de personas: por ejemplo, la pandemia de influenza de 1918 fue la pandemia más grave de la historia reciente. Estos "parásitos ficticios" o memes se vuelven más potentes y más fuertes con el pasar del tiempo. Si el cerebro los captó desde la infancia o una edad temprana, más efecto tendrá sobre él. Además, su sentido de "objetividad" y "verdad" se vuelve más presente si el cerebro nota que otros cerebros también los poseen. Si noto que muchas otras personas poseen el parásito, como mi familia y muchos de mis amigos y amigas; vecinos y compatriotas; profesores, sacerdotes, pastores, etc.; el/la líder de la ideología, política o movimiento; las personas famosas; y/o algunas otras, entonces significa que es real, verdadero y lo que se supone que sea correcto. Y no solo eso, sino también el conocimiento de que millones de personas en el pasado también lo tenían, más fortalecimiento se genera en mi cerebro. Por lo tanto, este parásito es el "verdadero", y las personas que no lo posean serán consideradas como mis enemigas, o potencialmente enemigas, o como "los otros": se creará una falsa dicotomía del nosotros contra ellos. Y cualquier cosa que me ordene hacer el parásito, lo haré sin cuestionarlo… porque es lo que se supone que se haga. Demasiadas personas han muerto o sacrificado sus vidas por un parásito, pensando que conseguirán algún tipo de ganancia sobrehumana o sobrenatural luego de sacrificar sus formas individuales, o incluso sacrificando la vida de otros seres [1]. "Iremos al cielo si nos unimos a esta cruzada o ataque terrorista." "Conseguiremos un mejor país o una mejor nación si aplicamos esta ideología política, aunque no todo el mundo esté de acuerdo." "La sociedad vivirá «mejor» como grupo si aplicamos el genocidio." Demasiadas familias se han roto a causa de un parásito, gracias al apego ciego hacia distintos parásitos, separándose porque la otra persona no tiene el mismo parásito. "Dejaré a mi pareja de toda la vida porque no tiene mis mismas creencias, o dejó de creer en lo que yo creo (en mi parásito)." Demasiadas regiones y naciones del mundo se odian a muerte por culpa de la identificación con sus culturas (parásitos neuronales). "Su cultura es muy liberal o conservadora, por lo que debemos estar en conflicto y desacuerdo con ellos." Demasiados conflictos, peleas y batallas entre personas se están dando en estos momentos por parásitos que no son compatibles. "Ella es de izquierda y yo de derecha; es mi enemiga." "Él es racista, por lo que habrá que eliminarlo." Demasiada mierda se genera por culpa de nuestra identificación con el fucking parásito. Pero así es el funcionamiento de nuestro cerebro. Está en nuestra naturaleza. Como mencié, un parásito es inútil y no puede hacer su función si no está alojado dentro de un individuo para crear réplicas. Una ideología, religión o cultura no puede hacer nada si no están alojadas en nuestra imaginación, en nuestras redes neuronales del cerebro. Si me permito ir un paso más allá, no es que las religiones, ideologías y culturas sean el problema en sí; ellas no existen en esta realidad objetiva, solo en la realidad imaginada. Es la identificación del ego (la imagen conceptual y autobiográfica de nuestras mentes) con ellas. En palabras modernas: el problema “somos (hemos sido) nosotros”, no el parásito en sí. ¿Hay alguna solución para estos "parásitos"? No hay solución para que no se generen en nuestro cerebro. Es inevitable, y es parte del cambio gradual (evolución) que tuvieron nuestros cerebros a lo largo de nuestra historia evolutiva. Estos "parásitos", algunos benignos y otros dañinos, serán generados automáticamente con el pasar del momento presente, mientras siga evolucionando y mutando la forma de pensar colectiva e individual, y mientras siga cambiando el "espíritu de los tiempos" o el "pensar de la sociedad o cultura" (a esto se le llama el zeitgeist). Lo que sí podemos hacer es ser conscientes de que nuestra imaginación (realidad imaginada) pudiera generarlos, y el ego pudiera aferrarse y/o apegarse a ellos para adoptar algún tipo de identidad. Entonces, ya no soy un simple ser; ahora "soy" el parásito. Ahora mis acciones conscientes se desvanecen en el vasto mar de neuronas inaccesibles a nuestro «yo consciente». Habrán "mejores" parásitos que otros, pero en esencia, siguen siendo parásitos (o memes): no les importa tu bienestar mental o físico, sino que los propagues. Debemos ser conscientes de que no somos el parásito, sino lo que lo mantiene. Y este sentido de conciencia nos hará ver que frente a nosotros no se encuentra otro parásito o enemigo, sino otro ser humano: encarcelado, como yo, dentro de su propia cárcel imaginaria. Una red de sentido Ahora, compartiré contigo un fragmento del libro Homo Deus de Yuval Noah Harari. Me parece una historia excelente, que va en consonancia con este mini blog. Disfruta, querido lector humano. En 1187, Saladino derrotó al ejército de cruzados en la batalla de Hattin y conquistó Jerusalén. En respuesta, el Papa puso en marcha la Tercera Cruzada para reconquistar la ciudad sagrada. Imagine el lector a un joven noble inglés llamado John que abandonara el hogar para ir a luchar contra Saladino. John creía que sus actos tenían un sentido objetivo. Creía que si moría en la cruzada, su alma ascendería después al cielo, donde gozaría de una dicha celestial eterna. Se habría sentido horrorizado al descubrir que el alma y el cielo son solo historias inventadas por los humanos. John creía a pies juntillas que si llegaba a Tierra Santa, y si algún guerrero musulmán con un gran bigote le atizaba con un hacha en la cabeza, sentiría un dolor insoportable, le atronarían los oídos, le flaquearían las piernas y se le nublaría la visión…, y que en el instante inmediatamente posterior vería una luz brillante en derredor, oiría voces angelicales y arpas melodiosas, y querubines alados y radiantes le indicarían que cruzara una magnífica entrada dorada. [No, esto no es una película de Hollywood.] John tenía una fe muy sólida en todo esto, porque estaba enmarañado en una red de sentido extremadamente densa y poderosa. Sus recuerdos más antiguos eran los de la herrumbrosa espada del abuelo Henry, que colgaba en el salón principal del castillo. Desde que era niño, John había oído los relatos del abuelo Henry, que murió en la Segunda Cruzada y que desde entonces estaba sentado con los ángeles en el cielo, velando por John y su familia. Cuando los trovadores visitaban el castillo, solían cantar acerca de los valientes cruzados que habían luchado en Tierra Santa. Cuando John iba a la iglesia, le gustaba contemplar los vitrales de las ventanas. John escuchaba con atención al sacerdote de su parroquia, el hombre más sabio que conocía. Casi todos los domingos, el sacerdote explicaba que no había salvación fuera de la Iglesia católica, que el Papa de Roma era nuestro santo padre y que teníamos que obedecer siempre sus órdenes. Si matábamos o robábamos, Dios nos enviaría al infierno; pero si matábamos a musulmanes infieles, Dios nos recibiría en el cielo. Un día, cuando John acababa de cumplir los dieciocho años, un caballero desaliñado cabalgó hasta la verja del castillo y, con voz ahogada, anunció la noticia: «¡Saladino ha destruido al ejército cruzado en Hattin! ¡Jerusalén ha caído! ¡El Papa ha declarado una nueva cruzada y ha prometido la salvación eterna a quien muera en ella!». La gente que lo rodeaba se quedó conmovida y preocupada, pero a John se le iluminó la cara con un resplandor sobrenatural, y proclamó: «¡Iré a luchar contra los infieles y a liberar Tierra Santa!». Todos permanecieron en silencio un momento, y después sonrisas y lágrimas aparecieron en sus rostros. Su madre se enjugó las lágrimas, dio a John un fuerte abrazo y le dijo lo orgullosa que estaba de él. Su padre le dio una fuerte palmada en la espalda y le dijo: «Si tuviera tu edad, hijo, me sumaría a ti. El honor de nuestra familia está en juego… ¡Estoy seguro de que no nos decepcionarás!». Cuando abandonó el castillo, los aldeanos salieron de sus chozas para despedirle, y todas las chicas bonitas miraron anhelantes al valiente cruzado que se iba a luchar contra los infieles. Se hizo a la mar en Inglaterra y más tarde se abrió paso a través de tierras extrañas y distantes (Normandía, Provenza, Sicilia), y por el camino se le unieron bandas de caballeros extranjeros, todos ellos con el mismo destino y la misma fe. Cuando el ejército desembarcó finalmente en Tierra Santa y entabló batalla con las huestes de Saladino, John quedó asombrado al descubrir que incluso los malvados sarracenos compartían sus creencias. Cierto, estaban un poco confundidos y creían que los cristianos eran los infieles y que los musulmanes obedecían la voluntad de Dios. Pero también ellos aceptaban el principio básico de que los que luchaban por Dios y Jerusalén irían directamente al cielo cuando murieran. De esta manera, hilo a hilo, la civilización medieval tejió su red de sentido, atrapando en ella como a moscas a John y a sus contemporáneos. Para John era inconcebible que todas estas historias no fueran más que fantasías de la imaginación. Quizá sus padres y tíos estaban equivocados, pero ¿acaso también lo estaban los trovadores, y todos sus amigos, y las chicas de la aldea, y el sabio sacerdote, y el barón del otro lado del río, y el Papa de Roma, y los caballeros provenzales y sicilianos, e incluso los mismos musulmanes? ¿Era posible que todos ellos estuvieran alucinando? Y los años pasan. A medida que el historiador observa, la red de sentido se desenmaraña, y otra se teje en su lugar. Los padres de John mueren, y después, todos sus hermanos y amigos. En lugar de trovadores dedicados a cantar las cruzadas, la nueva moda son obras de teatro sobre trágicas aventuras amorosas. El castillo familiar arde hasta los cimientos, y cuando se reconstruye, no queda rastro de la espada del abuelo Henry. Las ventanas de la iglesia se hacen añicos en una tormenta invernal, y el vidrio que las sustituye ya no retrata a Godofredo de Bouillon y a los pecadores en el infierno, sino el gran triunfo del rey de Inglaterra sobre el rey de Francia. El sacerdote ya no llama al Papa «nuestro santo padre»: ahora se refiere a él como «aquel demonio de Roma». En una universidad cercana, los estudiosos leen atentamente antiguos manuscritos griegos, diseccionan cadáveres y susurran en voz baja y a puerta cerrada que quizá eso que llamamos alma no exista. Y los años siguen pasando. Donde antaño se erguía el castillo, ahora hay un centro comercial. En el cine proyectan por enésima vez Monty Python y el Santo Grial. En una iglesia vacía, un aburrido vicario se alegra sobremanera al ver a dos turistas japoneses. Les explica con detalle el significado de los vitrales de las ventanas mientras ellos sonríen educadamente y asienten sin entender nada en absoluto. En las escalinatas exteriores, una pandilla de adolescentes juega con sus iPhone. Miran en YouTube un nuevo remix de «Imagine», de John Lennon. «Imagina que no hay cielo —canta Lennon—, es fácil si lo intentas». Un barrendero paquistaní barre las aceras mientras una radio cercana retransmite las noticias: las matanzas en Siria continúan, y la reunión del Consejo de Seguridad ha acabado en un punto muerto. De pronto se abre un agujero en el tiempo y un misterioso rayo de luz ilumina la cara de uno de los adolescentes, que anuncia: «¡Voy a luchar contra los infieles y a liberar Tierra Santa!». ¿Infieles y Tierra Santa? Estas palabras ya no tienen ningún sentido para la mayoría de la gente en la Inglaterra de hoy en día. Incluso el vicario probablemente pensaría que el adolescente padece algún tipo de episodio psicótico. En cambio, si un joven inglés decidiera unirse a Amnistía Internacional y viajar hasta Siria para proteger los derechos humanos de los refugiados, sería considerado un héroe. En la Edad Media, la gente pensaría que se habría vuelto majareta. Nadie en la Inglaterra del siglo XII sabía qué eran los derechos humanos. ¿Quieres viajar a Oriente Medio y arriesgar tu vida, no para matar musulmanes, sino para proteger a un grupo de musulmanes de otro? Tienes que haberte vuelto loco. Así es como se desarrolla la historia. La gente teje una red de sentido, cree en ella con todo su corazón, pero más pronto o más tarde la red se desenmaraña, y cuando miramos atrás, no podemos entender cómo nadie pudo haberla tomado en serio. En retrospectiva, ir a las cruzadas con la esperanza de alcanzar el paraíso parece una locura total. En retrospectiva, la Guerra Fría parece una locura todavía mayor. ¿Cómo es posible que hace treinta años la gente estuviera dispuesta a arriesgarse a sufrir un holocausto nuclear por creer en un paraíso comunista? Dentro de cien años, nuestra creencia en la democracia y en los derechos humanos quizá les parezca igualmente incomprensible a nuestros descendientes. — Yuval Noah Harari, Homo Deus: Breve historia del mañana --- Esta historia no solo aplica a la religión tradicional, también aplica a todas las ideologías, políticas, movimientos y culturas, aunque no necesariamente del mismo modo. El nivel de apego, conciencia e identificación que tenemos hacia ellas define el resultado de los actos que nos hace realizar el parásito. ¿Te gustó este blog? Puedes donar, si deseas, aquí. Notas: [1] En el islamismo extremo o Estado Islámico se les dice a los yihadistas que habrá 72 vírgenes esperando en el cielo por cada yihadista que sacrifique su vida en un ataque o batalla. Este parásito en el cerebro de los humanos contribuyó a la muerte de casi 3,000 personas en un ataque terrorista, en donde, en la mañana muy normal del 11 de septiembre de 2001, dos torres en la ciudad de Nueva York fueron el blanco.

Guía para la meditación | Aprende a meditar con estos poderosos tips y ejercicios

Nuestra cabeza está llena de mucha mierda: problemas, discusiones mentales, inseguridades, tareas, deberes, responsabilidades, miedos, incertidumbre, más mierda, etc. Es necesario saber vivir subjetivamente con todo eso. Para realizar la meditación, no necesariamente debes formar parte de alguna religión, creencia, ideología o filosofía. Además, estoy casi seguro de que cuando escuchas la palabra meditación, el primer pensamiento que te surge es el de una persona sentada con las piernas cruzadas y con los ojos cerrados. Bueno, eso es una práctica física de la meditación. Pero la meditación no es simplemente eso. La meditación se trata de vivir consciente en el ahora y observar los pensamientos, utilizando la gran capacidad de nuestro cerebro: la consciencia. La meditación pudiera difuminar las preocupaciones, ansiedad, estrés, y hacer que nuestra vida esté un poco más balanceada, subjetivamente hablando (en la última sección del blog hay un aviso adicional importante sobre este tema, ver Importante). Puedes meditar desde 1 minuto, horas o hasta un día entero. Como leí hace años, la meditación no es algo que la mente pueda llegar a hacer, tampoco es forzar la mente a no pensar. Todo lo que la mente pueda llegar a hacer no es meditación. Donde la mente "acaba", ahí empieza la meditación. El objetivo de la meditación es ser el observador, la consciencia. No es necesario utilizar herramientas o equipos especiales. Tips para lograr una meditación excelente: En la meditación, "no eres" la mente. Nuestra humanidad es una forma de la vida misma, de la existencia, del Universo; evolucionada desde hace 3.8 mil millones de años [*]; formada por quarks, átomos, genes, moléculas, proteínas, células, neuronas, etc., hasta que juntas, haciendo una bella danza y unión, hacen posible un organismo "gigantesco" al que le llamamos humano. Esta forma humana posee un cerebro, y este cerebro es la base de control. Esta base de control hace posible algo más: la mente y consciencia. La mente piensa, la consciencia observa lo que piensa. En la meditación, eres solo lo que observa lo que piensa. No fuerces la mente a no pensar. Eso no es meditación. Acepta los pensamientos que ocurran, porque siempre el cerebro creará cargas electroquímicas y procesos bioquímicos que los percibiremos subjetivamente como un pensamiento. Aceptar no significa querer entrar en ellos o quedarte de brazos cruzados; significa que reconocerás y observarás sin crear resistencia interna hacia lo que está pasando o ya es. Al forzar la mente a no pensar, estarías pensando... y eso no es meditación. Negarte y enojarte porque estás pensando tampoco será efectivo. Sé el observador de la mente. Antes de meditar, puedes hacerte una idea para que el cerebro se prepare a entrar en el estado de meditación. Visualiza que estás sentado en la orilla de la autopista o carretera: la autopista o carretera es la mente, los carros que pasan por ella son los pensamientos, y tú eres la consciencia que observa lo que piensa. Puedes no meditar al perseguir los carros (pensamientos) y/o montarte en ellos. Puedes no meditar al ser el actor o actriz y darle vida a los pensamientos. En lugar de irte detrás del carro (pensamiento), quédate observando los carros (pensamientos) pasar y desaparecer. Tarde o temprano la carretera (mente) quedará "vacía". En ocasiones no sabrás que estabas dentro de un carro, no sabrás que estabas pensando, porque ya estás demasiado acostumbrado a pensar; pero rápido que te des cuenta de que te fuiste detrás del pensamiento, regresa a la orilla, a observar. Este tip es demasiado valioso. Observa las emociones. Las emociones no pueden existir si no hay influencias internas o externas que influyan en el cerebro y resto del cuerpo, o patrones conscientes o inconscientes ocurriendo. En lugar de concentrarte en los pensamientos o influencias, observa qué le hacen al cuerpo, sin juzgar, calificar, desear, negar o narrar. Simplemente observando. Por ejemplo, si sientes enojo, siente esa reacción bioquímica en el cuerpo —en el pecho, por ejemplo, o donde sea que sientas el efecto—. No te niegues a esa emoción; solo quédate observándola y verás cómo se puede disolver poco a poco (recuerda: sin juzgar, calificar, desear, negar o narrar). Si ves que esa emoción está empeorando, y te desesperas y niegas, entraste a actuar el pensamiento... y no estarás meditando. Acepta y observa. (Ojo, en ocasiones pensaremos que es una emoción subjetiva ocurriendo, pero en realidad es un padecimiento, enfermedad o condición. Y aquí la meditación no será suficiente. En este caso, busca ayuda profesional. La meditación ayudará a no generar sufrimiento, intranquilidad mental y/o negación, y los posibles efectos que tienen pudieran tener en nosotros —sufrimiento no necesariamente es lo mismo que dolor o padecer de algo—.) Mira los pensamientos como si estuvieras viendo Netflix. Cuando cierres los ojos, sé consciente del color "negro", y dale la mayor atención al próximo pensamiento, como si estuviese entrando por una puerta. No te adentres en él. Míralo como si estuvieras viendo Netflix o Youtube. Míralo desde la perspectiva de una tercera persona. No significa que le sigas dando vida. Con solo observar el pensamiento, es imposible que dure mucho tiempo en la mente. Al ser el observador de la mente, esa corriente que crea el cerebro para generar el pensamiento se debilitará. Ahora estás observando a la mente cómo piensa. A esto se le llama estar consciente, atención plena. Entró la consciencia. Puedes aplicar esto a la voz interna. La voz interna no es un fantasma en la máquina biológica. Es el resultado de ciertos mecanismos cerebrales que hacen que te “escuches” a ti mismo hablar en tu cabeza sin estar realmente hablando o formando sonidos. Observa. Sé consciente de tu estado consciente. Esta etapa es mucho más avanzada. En lugar de observar el pensamiento, observa y sé consciente de estar siendo consciente. Como analogía, es como si estuvieras reconociendo que eres la pantalla del cine en lugar de ser las imágenes que se proyectan en ella. Como dice Rupert Spira: "La experiencia de ser consciente es independiente de todo aquello de lo que somos conscientes. [«Ninguna experiencia afecta»] la experiencia subjetiva de ser consciente, del mismo modo que nada de lo que ocurre en una película afecta la pantalla en la que se reproduce." [**] Vive en el ahora. Puedes ser consciente del ahora al sentir el cuerpo interior. Sin generar imágenes mentales. Solo siendo consciente. Por ejemplo, siendo consciente de la energía interna que tiene el brazo, la pierna o cualquier otra parte del cuerpo, y quedarte consciente en dicha parte por varios segundos o minutos. También, puedes aterrizar en el ahora al ser consciente del silencio o de los sonidos a tu alrededor: las brechas entre sonidos, el abanico, los carros, el viento, los pájaros, etc. (Los sonidos pueden prestarse para distracción, mucho cuidado.) También puedes escuchar el leve pitido que percibes cuando hay quietud. Si te vas detrás de un pensamiento, vuelve al cuerpo interior. "No pienses" más. Nuestro "yo consciente" no puede elegir libremente si pensar o no; ocurrirá automáticamente. Cuando ocurra un pensamiento, no te enfoques en que estabas pensando, no recuerdes que estabas pensando y que deberías volver a estar consciente. Cada pensamiento o distracción que ocurrió hace un "yoctosegundo" atrás ya no importa, ni cuenta. Simplemente vuelve a estar consciente, al estado de observación. Si te das cuenta de estar haciendo esto, vuelve al tip de Vive en el ahora. Estos tips son importantes antes o, si es necesario, durante la meditación. Con el pasar del tiempo podrás crear tus propias técnicas para lograr una meditación plena. Solo tienes que ser, observar lo que piensa y ser consciente de lo que ocurre (en el cerebro y a tu alrededor) sin perpetuar los pensamientos que percibes. Las primeras veces puede que no consigas una buena meditación, ya que vienes de un estado de identificación con todos los pensamientos que surgían. La mayoría de las personas pasan por eso cuando comienzan, no estás solo. No te frustres o niegues; la consistencia diaria te hará un experto. Recuerda que meditar no es: Forzar la mente a no pensar. Perpetuar conscientemente (y/o ser el actor o actriz de) los pensamientos. Irse al pasado o futuro (tiempo psicológico, estados mentales). Tener el diálogo interno. Negarte al surgimiento de un pensamiento o emoción. Ahora, vamos a regalarte unos estados de meditación para que los apliques.[***] Estado 1: La meditación básica Este estado de meditación es el más conocido. Consiste en sentarte en algún lugar con las piernas cruzadas y la espalda recta, cerrar los ojos (o dejarlos medios abiertos mirando hacia el suelo) y comenzar a meditar. No es necesario colocar los dedos en una posición fija. Antes de sentarte, respira lenta y conscientemente unas cuantas veces —y acuérdate de los tips—. (Personalmente, inhalo por 5 segundos y exhalo por 10-15 segundos.) Siéntate cómodamente. Coloca la espalda recta. Cierra los ojos. Para empezar, respira y sé consciente solamente de la respiración: cómo entra el aire, cómo se siente el aire entrando por la nariz; cómo pasa hacia los pulmones y cómo estos se llenan; cómo se infla la barriga; y por último, cómo sale el aire de nuevo por la nariz. Siente y sé consciente de cada sensación. No fuerces la respiración. ¿Por cuánto? Recomiendo a la gente que está comenzando que medite de 10-15 minutos. Pero, en realidad, puedes meditar por cuanto tiempo desees o el tiempo que puedas, como mencioné anteriormente. No te fuerces u obligues. Aplica los tips. Estado 2: Meditación corporal (Chequeo corporal) Este estado de meditación es único. Consiste en meditar siendo consciente del cuerpo. Antes de comenzar, abandona cada imagen mental sobre el cuerpo. No te lo imagines mientras realizas este estado de meditación. Simplemente sé consciente de su sensación. Acuéstate donde desees. Cierra los ojos. Llénate de consciencia aplicando los tips o centrándote en la respiración. Escoge una parte del cuerpo y dale la mayor atención posible ––brazo, cerebro, pierna, entrecejo, hombros, etc.––. Siente dicha parte del cuerpo. Siente su energía o presencia por unos 10, 15, 20 o 30 segundos. Sé consciente, cada vez más, de su energía. Siente cómo, de una manera subjetiva, aumenta mientras más atención le prestas. Luego pasa hacia otra parte del cuerpo y haz lo mismo. Cuando hayas sentido varias partes del cuerpo, ve una a una. Siente que están ahí. Ve de arriba hacia abajo, desde la cabeza hasta los pies —como si le estuvieran haciendo un escaneo al cuerpo en algún laboratorio—. Abandona cada imagen mental sobre tu cuerpo. Siente todas sus partes a la misma vez. Estado 3: Meditación cotidiana Este es el estado de meditación que puedes practicar todos los días, todo el día, en cualquier momento. No requiere que estés sentado o acostado, y tampoco requiere que estés con los ojos cerrados. Se trata de estar lo más consciente y atento posible: hacia los pensamientos y patrones mentales, los estados emocionales, la sensación durante el sexo, sintiendo el agua, el aire, percibiendo los sonidos, sintiendo los pasos al caminar, "escuchar" el silencio, etc. Sin negarte, sin desearlos, sin calificarlos, sin describirlos, sin juzgarlos o narrarlos. Simplemente siendo consciente de ellos. Te daré algunos ejemplos. Si estás fuera de casa, sé consciente de todo lo que ves y sientes. Mira el árbol que tienes frente a ti: sus colores, su quietud; cómo se mueven sus ramas y hojas y la vida que tiene, la vida que es. Sin calificarlo o describirlo. Cuando estés lavando los platos, toma consciencia de la temperatura del agua. Observa cómo se siente al caer en las manos. Observa el color de los utensilios y siente sus formas. Sé consciente de una sola cosa a la vez. Lo que sea que observes en el momento. La meta es ese preciso momento. Mientras te duchas. Cuando nos duchamos y cuando estamos conduciendo son de las ocasiones cuando más pensamientos ocurren, ya que son tareas muy automáticas y comunes para nuestros cerebros, para nosotros. Cuando estés en la ducha, bañera o piscina, sé consciente de cómo el agua toca y se desliza sobre el cuerpo. Siente su temperatura y sensación. Observa cómo los pensamientos "intentan" robarte la atención, pero solo obsérvalos, acéptalos y no te hundas en ellos (y si lo hacen, aplica los tips). Acuérdate de que cada pensamiento que ocurrió hace un "yoctosegundo" atrás ya no cuenta. Lo único que cuenta es el ahora, este único momento presente. Sigue estando consciente mientras te duchas o estás dentro del agua. Mientras conduces, sé consciente de la carretera, los sonidos y del ambiente. Sé que puede sonar aburrido para la mente, pero te lo agradecerás cuando llegues a tu destino. No puedes aburrirte mientras meditas. Lo que se aburre es la mente, y en la meditación solo la estás observando. Mejor dicho: en la meditación no estás identificado con ella. Cuando escuches música, concéntrate en los tonos de la canción, los acordes y/o la melodía. Observa cómo los oídos pueden percibir ondas que son luego procesadas y percibidas por el cerebro como sonidos. Observa la mente si desea irse al pasado a recordar algún momento. Siente y sé consciente de cada emoción que pueda surgir. De igual forma si eres músico o artista: sé consciente de la sensación al tocar el instrumento o al cantar, y en lo impresionante que es el Universo y sus leyes. Estado 4: Meditación de transparencia Esta meditación puede ser muy interesante y a la misma vez complicada, yya que tendrás que luchar en contra de tus instintos automáticos evolucionados. Consiste en verte a ti mismo como algo "transparente" o algo que "no está ahí". Al comenzar a realizar este estado de meditación, practícalo con cosas pequeñas y triviales. Y con el tiempo aplícalo a cosas de más relevancia, como discusiones y situaciones que te hagan sentir mal o incómodo. Cuando estés tranquilamente en la casa y quieras silencio o paz, escucha cada sonido perturbante —alarma de un carro, bebé llorando, música que no es de tu agrado, algún equipo de construcción— como un sonido que no se queda en la mente y el cuerpo, sino como un sonido que atraviesa el espacio en donde te encuentras (objetivamente hablando sería centrarte o ser consciente de la finalización del sonido). Cuando una persona te quiera herir con sus palabras o estés en una discusión de egos, en lugar de tener una reacción negativa o defensiva, escucha el sonido que llega a ti y atraviesa el espacio donde te encuentras. Sé consciente de su desaparición. Evidentemente, el cerebro captará los sonidos y creará un algoritmo que desatará una posible emoción, impulso o sentimiento. No te adentres en los pensamientos o emociones, y no te niegues a ellos. Este ejemplo es el más complicado, ya que estamos configurados evolutivamente para enojarnos, ser influenciados por lo externo y luego pasar a actuar. Quizá sientas que quieres defender el ego, y te sentirás raro en ese momento; probablemente también sientas un impulso automático que quiere salir de ti en forma de defensa. Pero regresa a la observación y meditación. La evolución también hizo posible que el cerebro se dotara de la capacidad de observarse a sí mismo (consciencia), y lo más probable la selección la favoreció. Utiliza esta capacidad. Cuando estés caminando entre la multitud y sientas algún tipo de ansiedad, aplica este estado de meditación. Aplícalo junto al tip Observa las emociones. Acuérdate que siempre puedes aplicar los tips a cualquier situación. En lugar de resistirte a las cosas que piensas que "no deberían estar sucediendo", deja que pasen a través de ti y observa. Este puede ser el comienzo del fin de la perturbación hacia tu tranquilidad subjetiva. Si ves que estás creando mucha resistencia interior y más ira o resentimiento, significa que estás reprimiendo las emociones, y no será muy placentero o eficiente para tu vida. Si tienes que expresar una emoción, no dudes en hacerlo. No te fuerces a no pensar; tampoco será placentero. Con la meditación no significa que intentarás dejar de pensar en todo momento. Pensar es necesario y muy valioso. Piensa todo lo que desees a lo largo de tus días, hasta que realices la meditación. Importante: Se necesitan más estudios científicos que pongan a prueba la efectividad de la meditación. En ocasiones, la meditación de atención plena pudiera empeorar la ansiedad y la depresión en algunas personas y dejarlas en una situación peor, o incluso puede desencadenarlas por primera vez. Algunas personas dejan a un lado sus tratamientos médicos recetados y pasan a utilizar la meditación como una terapia o medicina alternativa. Desde ahora te digo que no será de las mejores decisiones que tomarás en tu vida. La medicina alternativa pudiera no ser una buena alternativa. "Se ha descubierto que la meditación ayuda a las personas a relajarse y reenfocarse y les ayuda tanto mental como físicamente", dice Katie Sparks, psicóloga colegiada y miembro de la British Psychological Society. A veces, cuando las personas intentan controlar sus pensamientos, la mente puede "rebelarse", dice. "Es como una reacción violenta al intento de controlar la mente, y esto resulta en un episodio de ansiedad o depresión", menciona Katie. No significa que abandonemos la meditación. Por ahora, podemos realizar la meditación desde nuestro plano subjetivo consciente, sin creer en falsedades o autoengañarnos. Recuerda que siempre puedes ver a un profesional de la salud. ¿Te gustó este blog? Puedes donar, si deseas, aquí. Notas: [*] Cuando digo "evolucionada desde hace 3.8 mil millones de años", no me refiero a que los humanos llevamos existiendo todo ese tiempo; me refiero a que hace aproximadamente 3.8 mil millones de años surgió la primera molécula con capacidades de (auto)replicación: surgió la vida orgánica en el planeta. Nuestra especie, Homo sapiens, evolucionó en África hace unos 200,000 – 300,000 años. No significa que aparecimos de la nada o que fuimos creados por algún diseñador inteligente; formamos parte de la cadena evolutiva desde que surgió nuestra querida amiga la molécula con capacidades de replicación. [**] Cuando dice Ninguna experiencia afecta (las comillas fueron añadidas por mí), evidentemente es en el caso de estar saludables, despiertos y... conscientes, claro está. No puedes tener esta capacidad consciente si, por ejemplo, tienes un accidente, recibes un golpe fuerte en la cabeza, perdiendo toda capacidad de consciencia. Ver Rupert Spira, Being Aware of Being Aware. [***] Los nombres de los estados de meditación fueron asignados arbitrariamente.

©2021 Mente Desnuda