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Los humanos son gobernados por imaginaciones | El poder y la trampa de la mente humana

¿Alguna vez te has preguntado por qué el ser humano actual, Homo sapiens, ha logrado sobrevivir y cooperar efectivamente como grupo por decenas de miles de años, y poder colocarse en la «cima de la pirámide» [1]? ¿En realidad somos una especie elegida por algún dios o entidad sobrenatural o sobrehumana, o por el mismo Universo, lo cual nos hace el «centro» de todo? ¿Por qué los humanos podemos superar el número de Dunbar y cooperar en masas, digamos, miles de millones de personas, y las demás especies animales (quizá excluyendo a las hormigas) no pueden hacer lo mismo? ¿Somos tan especiales? Los humanos somos animales también, aunque hagamos todo lo posible por no aceptar este hecho. Estos animales humanos tienen un antepasado común con sus primos los chimpancés que vivió hace aproximadamente seis millones de años, y un antepasado común con todo organismo biológico que surgió hace unos 3.8 mil millones de años. Estos preciosos humanos actuales simplemente evolucionaron como animales «insignificantes» hace aproximadamente 200,000–300,000 años. No surgieron de la nada; fue un proceso gradual (mira esta imagen y dime dónde comienza el color verde. De una forma análoga funciona la evolución: no hay un punto exacto de surgimiento para una especie. Tampoco hubo algo como el primer Homo sapiens, ya que ninguna especie puede dar a luz a otra especie distinta, al menos no en animales. De hecho, nunca hubo tal cosa como una primera especie de cualquier género o familia: nunca hubo un primer humano, mono, perro, gato, gallina, etc. —el caso de la mula es un tema aparte—. Pero esto ya es otro tema). Hasta hace poco se creía que Homo sapiens vivía en una esquina de África [2], sin interesarse por explorar el mundo, o por crear un mundo capitalista y consumista para ellos. Nuestra especie, Homo sapiens, no ha sido la única especie humana que ha existido. Han habido varias a lo largo de la historia y prehistoria. Sin embargo, y modestia aparte, estas otras especies humanas nunca viajaron a la Luna, nunca pudieron crear una red mundial interconectada, nunca crearon algo parecido a Internet, y nunca crearon la pizza —menos mal que no siguen vivos, ya que, si leyeran esto, me dirían algo así como Homocista, una etiqueta como si estuviera discriminando las otras especies del género Homo—. Como es de conocer, nosotros los sapiens, gracias a la evolución y selección natural, poseemos capacidades cerebrales y mentales distintas a las demás especies que existen en el planeta. Hace aproximadamente 70,000 años, todo comenzó a cambiar en nuestra cognición, y fue el nacimiento de lo que hoy llamamos historia [*]. Fue la revolución cognitiva. Pudimos expandirnos por todo el globo terrestre y todas las tierras que conocemos hoy día. También fue la puerta cognitiva que, como veremos más adelante, le dio paso a las abstracciones que habitan en nuestra imaginación. Lo interesante es que no se sabe qué fue exactamente lo que causó este evento. Una teoría es que fue causa de una mutación genética accidental, la cual cambió cómo estaba formado y conectado nuestro cerebro [3]. A esto, como dice Yuval Noah Harari en su libro Sapiens, podemos llamarlo la mutación del árbol del saber. Gracias a este evento estás leyendo esto... y pudiste conocer a tu match de Tinder. Sin embargo, con solamente poseer una capacidad cognitiva «mayor», por sí sola, no es suficiente para hacer que millones o miles de millones de personas funcionen efectivamente, o para haber tomado el «control» del mundo. De hecho, tener una capacidad cognitiva así nos hace muy destructivos y peligrosos: pudo haber causado, y todavía puede causar, nuestra propia destrucción y la de muchas otras especies. Solamente pensemos en algo simple: una bomba nuclear. ¿Por qué, entre nosotros, no nos hemos destruido aún con esas bombitas? Para poder haber sobrevivido como especie «supercognitiva», tuvimos que haber creado algo más allá. Investigaciones científicas han indicado que los humanos actuales podemos funcionar efectivamente como grupo de hasta aproximadamente un límite de 150 individuos. A esto se le llama el número de Dunbar, y la teoría fue propuesta por el antropólogo británico Robin Dunbar. Después de ese límite, comenzamos a funcionar de una manera mucho menos efectiva o eficiente. Entonces, volvemos a lo mismo, si solo podemos funcionar eficiente o efectivamente hasta ≈150 individuos, ¿cómo es posible que los países, las naciones y sociedades antiguas y modernas de más de 150 individuos, o mejor dicho, de millones o miles de millones, puedan vivir y funcionar juntas… por varios miles de años? Hagamos algo. Imagina amontonar a 10,000 de nuestros primos más cercanos, los chimpancés, en un estadio de fútbol. Lo más probable es que veas el desorden más grande que jamás vayas a presenciar en tu vida. Los chimpancés sí pueden cooperar juntos en grandes grupos, al igual que las hormigas y abejas. Sin embargo, llegaría una cantidad límite para que los chimpancés ya no puedan seguir funcionando efectivamente. Por lo tanto, en el estadio repleto de chimpancés, seremos testigos de sangre, peleas y conflictos a muerte. Ahora cambiemos esos 10,000 chimpancés por Homo sapiens viendo un partido del Real Madrid, o escuchando una misa del papa Francisco. Ya habrás podido imaginar cierta diferencia cognitiva entre nosotros y los chimpancés dentro del estadio. Es en nuestra habilidad de poder funcionar colectivamente lo que nos hizo «dueños del mundo» —dice el ego—. El poder que reside en nuestra imaginación Respondamos de una vez por todas a la pregunta sobre el número de Dunbar: ≈150 individuos. ¿Qué hace que podamos superar ese límite y cooperar efectivamente sin que haya una catástrofe como la de los chimpancés o la bombita atómica? La respuesta es: mitos, ficciones y realidades imaginadas. Las demás especies animales viven en una sola realidad: la realidad objetiva. Viven en el mundo de los árboles, montañas, ríos, tierras y mares. Nosotros también vivimos en esa realidad objetiva… pero «por encima» —o por debajo, o al lado...— de esta realidad generamos otra capa adicional. Esta realidad es ficticia e imaginada gobernada por entidades ficticias e imaginadas. Le podemos llamar la realidad imaginada o realidad subjetiva (intersubjetiva, si se trata de más de una persona) imaginada. Aquí está la clave. Definamos qué es un mito. Un mito, además de lo que te envían por Whatsapp, es una historia que nos contamos entre nosotros mismos, y que vive solamente en un lugar muy especial: la imaginación. Un mito puede convertirse en un hecho si se realizan las observaciones necesarias y se consiguen pruebas empíricas suficientes para confirmarlo. Sin embargo, en el caso de los mitos que utilizamos para funcionar como colectivo, son historias que no es posible confirmar como hechos de esta realidad objetiva. Ahora definamos qué es una ficción. Una ficción es una cosa, entidad, suceso, etc., inventados productos de la imaginación. Estas ficciones son realidades pero imaginadas que residen en la capa adicional que genera nuestra mente. Los mitos y las ficciones no necesariamente son mentiras o cosas malas. Simplemente significa que residen solo en nuestra imaginación. Una mentira sería decirte, si me encuentro contigo, que tienes una araña en la cabeza cuando sé que no hay ninguna. No hay duda de que hay mitos y ficciones que generan conflictos y hasta la muerte; otros son inofensivos, efectivos y hacen el bien. Los mitos y las ficciones creados por la mente de Homo sapiens son lo que han hecho al humano poder cooperar efectivamente en grandes grupos a lo largo de la historia, desde nuestros antepasados de hace 30,000 años, pasando por el comienzo de la civilización hace unos 12,000 años —en la revolución agrícola—, hasta el día de hoy. En otras palabras, nuestra imaginación ha sido de los papeles más importantes para que nuestra especie haya podido sobrevivir durante todos estos milenios (obviamente, no es lo único, ni lo esencial. No obviemos a la selección natural y evolución, y a los instintos evolutivos que nos hacen sobrevivir y reproducir). Y como veremos, millones de personas reconocemos que son solo ficciones y mitos, pero, aun así, seguimos utilizándolas. No importa si es una ficción, un mito o algo objetivo. Pero, ¿qué tipo de mitos, ficciones y realidades imaginadas generamos? Además de mitos y ficciones inútiles como los de Freddy Krueger, el «chupacabras» o los vampiros [4], están los mitos, las ficciones y realidades imaginadas siguientes: el dinero, las leyes, las naciones y los países, los dioses y diosas, las almas y los espíritus, los derechos humanos, las compañías y corporaciones, las marcas comerciales, las religiones, los partidos políticos, las ideologías, los equipos deportivos y muchas otras. Te apuesto a que si te digo que localices alguno, los confundirás con algo objetivo, y pases a decir que sí existen. «Míralos, Juny, ahí están, ¿es que eres fucking ciego?», me dirías. Y es que esos mitos, ficciones y realidades imaginadas, incluyendo a nuestro «yo», los refugiamos con algo objetivo, como veremos más adelante. Repasemos un poco. ¿Por qué todos esos ejemplos son mitos, ficciones y realidades imaginadas? Porque solamente viven dentro de nuestra imaginación. Antes de continuar hacia los diferentes ejemplos, quiero que observes y seas consciente de cómo la mente te puede hacer confundir algo objetivo con algo subjetivo o imaginado. Probablemente hemos estado confundiendo ambas realidades sin darnos cuenta. Pedazos de tierra y líneas imaginarias Una de las ficciones, y uno de los mitos más contados entre nosotros, son los países o las naciones. Y lamento decirte que el país que tanto amas y consideras como una parte de ti... no existe en esta realidad objetiva. Un país o nación es un nombre (un nombre también es una ficción) que le damos subjetiva o arbitrariamente a cierta porción de tierra para poder identificarla. Esta cierta porción de tierra la eligen, o eligieron, ciertos humanos, y se trazan líneas imaginarias para dejar saber que hasta ahí llega el país o nación (la ficción). La ficción se vuelve más confusa cuando pensamos en islas, en especial en islas oceánicas. Estarías diciendo que una isla es una porción de tierra que nosotros no pudimos trazarle la línea imaginaria porque ya está rodeada de agua. Y es totalmente cierto. ¡Ves! Ahí ya estamos reconociendo a la realidad objetiva. ¿Puedes reconocer que esa porción es eso mismo? Una simple porción de tierra emergente rodeada de agua. A esa porción —o porciones— de tierra la identificamos con un nombre. Y cuando la identificamos con un nombre, se convierte en la ficción. Sin embargo, incluso a esas islas las dividimos en partes imaginadas más pequeñas (como es el caso de la isla continental de Gran Bretaña o la isla oceánica de La Española), ya sea para crear nuevos países, o para dividirla en varios pueblos. Cuando viajas a algún país, no puedes ver la nación o al país, aunque la mente te diga que ahí está. Es imposible. Te encuentras con cosas de la realidad objetiva: tierra, humanos, animales, edificios, árboles, montañas, ríos, carros, trozos de papel con caras dibujadas, pedazos de tela con colores y franjas, etc. Pero, ¿poder ver la nación o el país? Imposible. El cerebro recibirá señales no habituales, creará pensamientos a base de la convicción que te dirán que estás en otra parte diferente a tu entorno regular: los humanos se dejan llevar por costumbres y normas distintas a lo que tu cerebro está acostumbrado a observar; los humanos se cuentan historias distintas entre ellos, y viven bajo esas historias; el sol «se pone» y «sale» más temprano o más tarde a lo que tu núcleo supraquiasmático está acostumbrado; la estructura de la sociedad está construida de una manera distinta a tu entorno; en esa porción de tierra hay animales atrapados desde hace millones o decenas de miles de años porque no pueden vivir en otro entorno por cuestiones evolutivas y geográficas [5]; y muchas otras cosas. Te estás encontrando con seres y cosas individuales. Te encuentras con otro pedazo de tierra o mar. Te encuentras con la realidad objetiva. Imagínate que realizas un viaje en el tiempo hasta hace aproximadamente 16,000 años, cuando los humanos comenzaron a pisar América[**]. Podías pasar de lo que hoy llamamos Estados Unidos a lo que hoy llamamos México, pero con la única diferencia de que te ibas a sentir en el mismo lugar: pisando tierra y tierra y tierra [6]. Ahora, viaja más en el tiempo, hasta hace 25,000 años. Habrías podido pasar de lo que hoy llamamos España a lo que hoy llamamos Portugal, y habrías sentido que solamente estabas pisando tierra, como lo hiciste en América. Nunca habrías podido observar las líneas imaginarias que hacen dividir un pedazo de tierra... y todavía no puedes verlas. Pero esas líneas imaginarias generadas por nuestras neuronas las podemos refugiar en esta realidad objetiva: fronteras en forma de construcciones, por ejemplo, para saber que hasta ahí llega la ficción en forma de nación, país o pueblo. Sin embargo, en el mismo momento en que cruzas una nación, país o pueblo, sentirás que estás en el mismo espacio y tierra de hace 5 metros de distancia. Sin embargo, solamente la mente y su imaginación te hará creer que estás en otro lugar completamente distinto al que estabas hace 5 metros de distancia. ¡Pero es el mismo fucking pedazo de tierra! Hablemos de las banderas. ¿Qué es una bandera? Te tengo una respuesta muy amigable: una bandera es un pedazo de tela que carece de un valor intrínseco. Pero a este pedazo de tela carente de valor intrínseco le atribuimos una historia que nos contamos los unos a otros: este pedazo de tela representa una porción de tierra, y este pedazo de tierra representa otra ficción. Le das este pedazo de tela a un chimpancé bonobo y habrán altas probabilidades de que se limpie el culo cuando termine de defecar, o quizá la rompa en pedazos. Incluso yo también puedo hacerlo, y lo haría si fuera necesario [7]. Sin embargo, le dan este pedazo de tela a un Homo sapiens, diciéndole que representa la historia de los sacrificios, luchas y logros de las personas y cosas que han vivido ahí, se dirigen hacia ti y te dicen que tú eres parte de esa historia y debes defender y creer en la ficción —ya que el no hacerlo sería una «falta de respeto» hacia el Homo sapiens a tu alrededor o del pasado—... y ahí el cerebro comienza a hacer su trabajo. Ya el sapiens no ve un simple pedazo de tela carente de valor intrínseco; ahora observa una ficción, gracias a las historias y mitos que nos hemos contado. Entonces, el sapiens a mi lado también cree en la nación y bandera y, por lo tanto, no nos podemos hacer daño porque tenemos la misma creencia, creemos en la misma historia, mito y ficción. A diferencia de los chimpancés en el estadio de fútbol, los 80,000 sapiens a mi lado y yo no vemos a otros humanos jugar con una pelota como tontos. Los 80,000 sapiens a mi lado y yo estamos viendo a nuestra nación o país jugar. ¡Y yo soy la ficción! ¡Yo soy mi país! Puerto Rico no existe, sino varias porciones de tierra rodeadas de agua. Estados Unidos no existe, sino una porción (en realidad, porciones) de tierra en la que varias personas decidieron que en esa área es Estados Unidos, después de ahí ya no lo es... pero luego sí lo es... pero luego hay océano y no lo es... pero luego hay islas que sí lo son, y finalmente ya no lo es. ¡Ufff! [***]. Pasa lo mismo con Australia, España, México, India, China, etc. Y pasará lo mismo cuando colonicemos Marte. La creencia en estas ficciones ha hecho varias cosas buenas, como formar relaciones amorosas y sociales entre los compatriotas, cooperar de una manera específica para poder llevar adelante «nuestra» ficción, unir a «sus» Homo sapiens cuando se celebran los juegos olímpicos y otros eventos; hacen que generemos compasión y empatía por las personas de «mi» ficción, hacen posible que celebremos juntos ciertos comportamientos e historias (costumbres y tradiciones, por ejemplo) que nos han marcado desde pequeños. Y muchas cosas que estas ficciones —junto a la ficción y mito que es la cultura— crean. Estas ficciones, sin embargo, pueden traer consigo, si no se reconocen como lo que son, una creencia que puede tornarse peligrosa, el nacionalismo. Y el nacionalismo puede traer consigo el nacionalismo extremo o chovinismo. Asesinaré y despreciaré a los Homo sapiens que no pertenezcan a dentro de esta línea imaginaria o pedazo de tierra, a los que no tengan costumbres y tradiciones igual, a los que no se cuenten las mismas historias (mitos) que nosotros. Voy a luchar por un ejercito que tiene intereses personales egoístas que se refugian en un súper ego, incluso si se tienen que destruir familias, niños y minorías por la causa. Pueden hacer que dos grupos de Homo sapiens que compartan distintas mitos se odien entre sí por sus diferentes creencias, culturas y costumbres; que el mundo entero viva en separación y conflicto, como lo vimos muy bien en el siglo XX. Aquí tenemos el primer ejemplo de mitos, ficciones y realidades imaginadas que nos hacen cooperar como colectivo de millones o miles de millones de personas, y que además pueden tornarse muy peligrosas. Lo más interesante de todo es que las naciones, los países y pueblos no existen en la realidad objetiva. Solo existen en nuestra imaginación. Más importante, en la imaginación colectiva de los Homo sapiens. Solo existen pedazos gigantes de tierra, montañas, mares, colinas, humanos, telas, etc. Eliminemos estas ficciones y estos mitos y no habría civilización... no habrías estado leyendo esto. Sin embargo, estas ficciones y mitos, por sí solos, no podrían funcionar en los grupos de millones o miles de millones de Homo sapiens. Las ficciones como estas necesitarían crear más mitos, ficciones y realidades imaginadas en los qué basarse si las personas pertenecientes a la misma no desean ver la destrucción, el conflicto, el caos y la sangre. El tipo de mito necesario Los chimpancés viven bajo sus «reglas». Los leones y tigres viven bajo sus «reglas». Las abejas y hormigas viven bajo sus «reglas». Y nosotros vivimos bajo las nuestras. Pero, a diferencia de nosotros, las demás especies viven solamente por «reglas» moldeadas por la selección natural. Nosotros, en cambio, tenemos «reglas» moldeadas por la selección natural, pero por encima de esas «reglas» naturales, generamos reglas adicionales para poder cooperar como colectivo de miles, millones y miles de millones de personas: las leyes. Pero antes de entrar a las leyes, veamos el poder de nuestra imaginación con un simple ejemplo. ¿Recuerdas el estadio de fútbol? Volvamos hacia él. Coloquemos a veintidós de nuestros primos chimpancés, digámosle lo que deben hacer, y démosle una pelota. ¡Que comience el peor juego de la historia! Los chimpancés pueden patear el balón y, por suerte, anotarla dentro de la portería. Nosotros, Homo sapiens, sin embargo, tendríamos en mente ciertas reglas e historias imaginadas (mitos): si hubo o no fuera de juego, si tocamos la bola con la mano, si hubo falta, si la jugada merece un pedazo de cartón de color rojo o amarillo, si la bola atravesó un arco, si al campo entró un sapiens desconocido, y otras decenas de reglas. Y no solo los humanos en el campo tendrán presente estas historias imaginadas, los humanos en las gradas también. Los chimpancés quizá utilicen la pelota para pegarle, pero no para llevar diferentes reglas específicas, ridículas y complejas que solo los humanos somos capaces de crear y, por un breve momento de diversión, dejarnos llevar. Ahora, coloquemos a 100 bonobos en un supermercado para que hagan sus compras. Te recomiendo que, si eres dueño de un supermercado, no lo intentes —y si lo haces, por favor, escríbeme como te fue—. Hay altas probabilidades de que los bonobos destrozasen el establecimiento: comiéndose y dañando lo primero que miren, teniendo sexo en grupo, tirándose heces los unos a otros, etc. Nunca verás a los bonobos escogiendo deliberada y cuidadosamente los diferentes productos y alimentos, sin robar, en modo «debo comportarme bien», y luego haciendo la fila para pagar con unos papeles o un pedazo de plástico. Por ahora, solo los humanos podemos generar ciertas reglas o historias imaginadas para comportarnos de una manera específica dentro de un establecimiento como estos —aunque sería interesante ver cómo los humanos se tiran heces los unos a otros y tienen sexo dentro de un supermercado—. Pero, ¿en dónde podemos ver estas reglas? ¿en dónde residen? ¿de dónde vienen? Imagina que en un edificio con distintos Homo sapiens, que consideramos líderes de la ficción en donde vivimos, escriben sobre un pedazo de papel ciertos garabatos, o en una computadora varios ceros y unos, y tu cerebro y mente los leen. Ahora, los garabatos o la información binaria dicen que podemos tomar todo lo que deseemos del supermercado, a nuestro gusto y placer, y comportarnos de la manera que deseemos. Ahora, vayamos a un supermercado y observemos la magia y el poder que tienen ciertos garabatos, ceros y unos… pero en especial, los mitos. Las leyes simplemente son mitos necesarios que nos contamos, o nos cuentan, para poder comportarnos de maneras específicas, y poder llevar un orden entre Homo sapiens y el mundo. Pero no puedes encontrar exactamente qué es lo que dicta que las leyes sean así, no hay nada que diga que esto debe ser de esta manera [8]. Puedes, sin embargo, encontrar a las personas reunidas que dictan dichos mitos (dichas leyes); puedes ver las estructuras de construcción específicas (los edificios del gobierno); puedes leer ciertos garabatos que representan más mitos (la constitución); puedes ver los pedazos de papeles con tinta. Pero en la realidad objetiva nunca encontraremos una ley o una regla imaginada. Nunca nos encontraremos con una ley caminando a nuestro lado, y ni siquiera en los edificios en donde los humanos están creándolas. Lo único objetivo que podemos ver son conexiones neuronales unificadas de maneras específicas y algunas cargas electroquímicas y bioquímicas en el cerebro cuando se piensa en dichos mitos. Y expresadas en papeles, edificios y humanos. Como mencionamos, lo interesante es que los animales también tienen sus propias normas para poder convivir juntos. Pero no tienen un sistema creado por un cierto tipo de animales que dicten cómo hay que comportarse en manadas o grandes grupos. Los demás animales, como mencionamos, están determinados por las leyes de la propia evolución y selección natural. Nunca verás a moscas hembras formando una manifestación feminista enfrente del capitolio de moscas para que hagan un mito (ley) igualitario entre hembras y machos. Nunca verás a gatos formando un bufete de abogados para defender a los gatos Munchkin por discriminación. Tampoco verás a un grupo de bonobos formando unas elecciones democráticas para elegir a la próxima bonobo presidenta [9]. Solo Homo sapiens posee esa capacidad para, más allá de las «reglas» de la evolución y selección natural, generar estas ficciones y mitos que residen «por encima» de la realidad objetiva y poder comportarse de una manera efectiva. Ya las leyes y reglas imaginadas se han convertido en parte de nuestra psicología. Y hemos crecido para actuar de una manera específica a base de ciertos mitos creados por la imaginación y creencias de otras personas. Lo interesante es que las leyes y reglas (como las del fútbol) no existen realmente. Solo residen en nuestra imaginación, y más importante, en la imaginación colectiva de las otras personas. Trabajar para algo que no existe Si ahora mismo te pregunto si Google, Apple, Walmart u otra compañía o corporación existen en esta realidad objetiva probablemente me digas que sí: «claro, fui a Walmart ayer utilizando la aplicación Google Maps que tengo en mi iPhone». Permíteme cambiarte un poco tu perspectiva sobre este tema. Tú no puedes encontrarte con Google si estás caminando por la calle. Ni siquiera puedes encontrarlo físicamente en este planeta. Te reto a que lo hagas, en especial si vives en Mountain View, California, donde se encuentra la sede de la compañía. Pero con una sola regla: no se vale confundir la realidad imaginada con la objetiva. ¿Listo? ¡Vamos! Sí, puedes ver los pedazos de construcciones (edificios) en donde opera esa compañía… pero eso no es Google. También, puedes ver el garabato colorido (logo) de Google en cualquier lugar, en Internet, la televisión, billboards, aplicaciones móviles, etc.... pero eso no es Google. Puedes ver su página web tan única y legendaria... pero eso no es Google. Puedes ver los carros que trazan las carreteras de los mapas electrónicos, y los productos físicos que hace la compañía... pero eso no es Google. Estás viendo la realidad objetiva: construcciones artificiales, garabatos, colores, redes inalámbricas, millones de píxeles reflejados en aparatos electrónicos que transmiten imágenes (televisión, computadoras), billboards, teléfonos móviles, carros y humanos. Todos esos ejemplos son cosas de la realidad objetiva en donde la realidad imaginada de Google se esconde. Pero a Google en sí no puedes verlo, es imposible. Hagamos algo interesante. Con el poder que me ha conferido esta computadora en donde escribo estos ceros y unos, me haré jefe de la compañía. Ahora, despediré a todos los empleados de la compañía... pero Google seguirá de pie. Derrumbaré todos los edificios con todos los ejecutivos y gerentes adentro... pero Google seguirá de pie. Tomaré todos los productos tipo hardware de Google, los destruiré hasta convertirlos polvo, los enviaré a la galaxia más cercana, Andrómeda… pero Google seguirá de pie. Sin embargo, un juez puede tomar su bolígrafo, escribir un garabato sobre un papel, crear su magia poderosa… y hacer que Google desaparezca. Aunque las personas que trabajaban para Google sigan existiendo, sigas viendo el logo, los edificios sigan intactos, y todos los productos físicos de Google sigan funcionando y existiendo. Pero Google ha desaparecido. Gracias a las ficciones anteriores —las leyes y reglas imaginadas— y a las órdenes judiciales, se pueden crear o eliminar ficciones como lo son las corporaciones y compañías, como lo es Google, Walmart y Apple. Los abogados se refieren a las compañías como Google con el nombre de ficción legal. No existen en el mundo físico de la realidad objetiva, pero sí como entidades imaginadas legales no humanas que pueden ser procesadas legalmente como si fueran humanos reales. Pero no siempre fue así. Utilicemos el mismo poder autoconferido, y viajemos en el tiempo hacia el siglo XIX. Si yo creaba una compañía de carros, todo lo que le ocurriese a las personas que compraban mis productos, la responsable tenía que ser la persona dueña de la compañía, en este caso yo, y no solamente a la entidad ficticia legal, como lo es hoy día. Yo habría tenido que pagar las multas, responder a las acusaciones y demandas, etc. Probablemente habría tenido que vender a uno de mis hijos al servilismo. No fue hasta que los sistemas legales (o grupos de Homo sapiens contando mitos) decidieron tratar y procesar a las compañías y corporaciones aparte, sin tener que perjudicar al propio individuo, en este caso mi persona, que el mundo cambió en uno de sus aspectos. Así es como nuestra economía pudo prosperar, creando más y más ficciones legales, utilizando todos los recursos primos, contaminando el ambiente con los productos... y nuestra ecología comenzó a destruirse poquito a poco. Las compañías y corporaciones no existen en esta realidad objetiva. Solo existen en nuestra imaginación. Y más importante, en la imaginación colectiva de las personas. Cuando vayas de camino hacia tu trabajo, puedes decirle a las personas que irás a trabajar para algo que no existe realmente, y ganarte la vida mediante algo que no existe realmente, como veremos a continuación. Ellas te mirarán como si fueras algo raro, pero tú continúa. Sin embargo, esta creencia en ficciones legales no podrían funcionar sin otra cosa importante, como te darás cuenta. Dinero, money, cash... y guineos Aclaremos qué es el dinero. Dinero es todo aquello que pueda intercambiarse como un pago de bienes, servicios, deberes u obligaciones, etc. [10]. Su origen etimológico viene del vocablo latino denarius: el nombre de la moneda que utilizaban los romanos. Mi cuerpo puede ser dinero, la manzana que tengo en la nevera puede ser dinero, la flor que recoja en el bosque también pudiera serlo. ¡Hasta mi conocimiento pudiera ser dinero! Pero para propósitos de este blog, con dinero me referiré a la primera imagen que nos viene a la cabeza cuando escuchamos la palabra: moneda, papel o transacción electrónica (nótese que las tres residen en la realidad objetiva). El dinero universal actual es una historia inventada basada en la confianza de las personas. Para mí, este tipo de dinero es la ficción, el mito y el sistema imaginado más efectivo de todos los tiempos. Todos podemos cooperar de una manera efectiva cuando se encuentra esta ficción y mito en medio. No me creas a mí, solamente entra a un restaurante, donde unos humanos manejan la comida de otros humanos, y observa cómo se comportan. No todo el mundo cree en las leyes. No todo el mundo cree en dioses o diosas. No todo el mundo cree en partidos políticos, ideologías y religiones. No todo el mundo cree en las naciones y países... Pero todo el mundo cree en el dinero. Y no es que creas, es que tienes que creer, o hacer que crees, para que puedas sobrevivir en el sistema en donde vives ahora mismo. El dinero que conocemos hoy es la invención más importante. Este dinero es universal, y su invención fue hace aproximadamente 5,000 años. En la antigüedad no «existía» como dinero la moneda o el pedazo de papel sin valores intrínsecos; casi todo era intercambio de bienes y servicios. Tú me das una cantidad de tu siembra y yo te limpio los zapatos. Tú me das una cantidad de peces y yo a ti te doy pollos. Luego, el primer dinero universal que existió, hasta ahora, fue la cebada sumeria, una planta de cereal [11]. Todo el mundo utilizaba la planta como unidad de dinero. Pero aquí surge un problema con este tipo de dinero. ¿Qué pasa con las plantas? Se mueren o pudren con el tiempo si no se utilizan mientras no están en el suelo fértil, los ratones y otros animales se la pueden comer, y es un poco complicado transportar grandes cantidades —solo imagina a alguien entrando por la puerta del supermercado con la exageración de plantas sobre su espalda para poder pagar lo que consumimos hoy—. Había que utilizar la imaginación y resolver todos estos problemas. Por consiguiente, gracias a las relaciones políticas, sociales y económicas, pudimos cambiar el sistema de juego. Y, hasta ahora, todo comenzó en Mesopotamia. El avance que cambió la historia fue cuando las personas comenzaron a creer y confiar en el tipo de dinero que no contenía algún valor intrínseco. Aunque era mucho más fácil de guardar, mantener y transportar. Ese tipo de dinero sin un valor intrínseco que cambió la historia fue el siclo de plata, alrededor del año 3,000 a.e.c. De ahí que también hayamos creído en el oro, la plata y el papel como formas de dinero. Ahora el dinero no me lo comen los ratones y demás animales, puedo tenerlo años guardado, sin uso, y no se pudre; puedo llevar menos cantidad de siclos de plata en comparación con la planta de cereal, pero con más valor. ¿Cómo pudo haber surgido esta creencia tan peculiar? Se me ocurre una idea especulativa, y digámosla rápido en pocas oraciones. Soy el emperador de un gran imperio. Tengo un imperio con cientos de miles de soldados. Los soldaditos matan. Las personas deben respetar y creer en el emperador, yo, porque soy el dios Junykto encarnado. Si no, llamo a los soldaditos para que las asesine por falta de obediencia. Les digo que este pedazo de metal ahora es universal y representa mi poder imperial. Decir o hacer lo contrario conlleva a la muerte. Si es un trozo de papel o metal, y tiene mi bella cara en él, o la de cualquier otro rey o reina, la persona sabrá lo que le espera, así que debe creer que el papel con mi cara tiene valor —te estoy viendo, ¡recuerda mi cara plebeya!—. Todos respetan y creen en Junykto y el rey, en mí. Así que si digo que crean en el papel porque me respetan y creen en mí, lo harán. Y así pude presentarle este pedazo de metal o papel a mis queridos peones y plebeyos. Por favor, no copien mi idea sobre cómo crear valor en algo que intrínsecamente no lo tiene. Me reservo los derechos. Sin embargo, y continuando, un pedazo de oro, plata o papel carecen de un valor intrínseco. Tú no puedes comerte o beberte una porción de oro, plata o papel. Ni siquiera el gobierno puede crear armas efectivas de papel u oro. Solamente podemos confiar en él —en ese tipo de dinero—, creer que existe en realidad, en que tiene algún valor que nos hace cooperar de manera colectiva, y asignarle una cantidad de valor imaginado a las cosas. Pero, hoy día, ¿qué es exactamente lo que determina que el dinero en papel, oro, plata o electrónico haga que puedas comprar un par de zapatos, pero no puedas comprarlos con un racimo de guineo o plantas de cebada? Es mi confianza, acuerdo y creencia en él, y en que las demás personas también lo hacen. Creo en el dinero porque mi vecina cree en el dinero, el jefe de la compañía cree en él, el joven que me cobra en el supermercado también lo hace. ¡Todas las personas que conozco creen en este dinero! Entonces, yo también. El dinero existe porque todos creemos en él. Nos contamos historias como «las manzanas en mi nevera cuestan 3 unidades —o una, dependiendo de la unidad—», «el racimo de guineos cuesta cinco unidades», «los zapatos cuestan treinta». En un experimento realizado en mi cabeza, me imaginé a 3 científicos dándole a un chimpancé un pedazo de papel para que fuera y comprara un racimo de guineos. Es de suma importancia señalar que el chimpancé ignoró el pedazo de papel, se lo pasó por el culo, corrió hacia los guineos, los agarró y salió corriendo para comérselos afuera. Nunca el bendito chimpancé fue hacia el racimo, le dio el pedazo de papel a la cajera y salió como todo un buen miembro de la familia Hominidae. ¡Cuánta decepción al leer luego el experimento! Los animales pueden intercambiar cosas con un valor intrínseco como «yo te doy un guineo, y tú me das un melón», «tú me rascas la espalda, y yo la tuya». Y nosotros también podemos, ¿quién dijo que no? Pero ellos no te aceptarán un pedazo de papel o una transacción por Paypal por un racimo de guineos, como lo pudimos notar en el experimento. Solo nosotros poseemos, hasta ahora, esa capacidad cognitiva de darle un valor imaginado a un papel. La creencia en el dinero es súper útil e importante. Podemos lograr muchas cosas. Puedo hacer que unos completos extraños que hace 16,000 años, cuando hicimos nuestro viaje en el tiempo a América, me habrían asesinado, construyan una piscina detrás de mi casa… ¡hasta los dejaría hacer sus necesidades en el baño, dentro de la casa! Puedo confiar en un completo extraño —que no sé de qué familia es, qué creencias tiene, cuál es su pasado, qué cosas ha hecho— y hacer que dicho extraño me haga una cirugía a corazón abierto para poder salvarme. Puedo hacer que mis hijos coman y tengan un techo, y que yo también coma y tenga uno. Puedo donarlo a organizaciones caritativas para que ayuden a otros sapiens niños. Podemos, sin embargo, lograr más cosas con el dinero. Esta creencia en esta ficción y mito ha hecho que personas vivan intranquilas y enfermas por inestabilidad económica. Ha hecho que personas se quiten la vida por perder grandes fortunas. Ha hecho que familias vivan en la miseria. Hace posible la compra de cualquier psicópata para que asesine un enemigo, o a alguien que esté ganando más poder de los que tienen el «poder». Hace que las personas coloquen sus vidas al borde de la muerte. El dinero puede ser muy útil y peligroso a la misma vez, al igual que las demás creencias en ficciones. Sin embargo, el dinero es la ficción más importante, hasta ahora, para el ser humano actual... aunque no exista en esta realidad objetiva y solo en nuestra imaginación. Pero más importante, en la imaginación colectiva de las personas. El día en que todo el mundo deje de creer en el dinero actual —cosa que probablemente no suceda, por lo menos no hasta unos largos siglos—, la historia cambiará, el sistema cambiará, el estilo de vida de las personas cambiará. Como lo hizo cuando dejamos a un lado el intercambio de plantas de cereales. Aunque, en realidad, este dinero no es tan importante para el ser humano; por sí mismo no puede hacer nada. Es nuestra creencia en él: cómo nos hace confiar los unos a otros, cómo nos hace comportar. ¿Pero ha sido el dinero lo más impactante en las vidas de los humanos modernos a lo largo de la historia? ¿Es el dinero la única creencia ficticia que impacta la vida de las personas en la modernidad? Al igual que el dinero, hay más entidades invisibles y ficticias que han estado presentes en nuestro mundo por un largo período... gracias a las historias que nos contamos, gracias a los mitos más dulces y apasionados de nuestro cerebro. Mi dios es más real que el tuyo Las entidades sobrehumanas y sobrenaturales han sido de las ficciones y realidades imaginadas que, mediante mitos, más duración han tenido a lo largo de la historia. Desde la creencia en que un árbol tiene su propia alma (animismo); pasando por los dioses de los griegos, romanos y vikingos (politeísmo); hasta la creencia dominante de hoy, la de que un dios personal me vigila y, como una cámara de seguridad desde algún lugar más allá del Universo, sabe todo lo que hago y pienso (monoteísmo) [12]. Los dioses y diosas son ejemplos de entidades imaginadas sobrehumanas e invisibles, las cuales residen más allá, o dentro, del Universo. Son los «causantes» de las lluvias, la buena fortuna, la furia de la naturaleza, de nuestra buena y mala suerte, de todas las muertes y nacimientos, del movimiento de los átomos, las leyes del Universo, de que mi ex la esté pasando mal... en fin, de todo, menos de las acciones que tomamos mediante nuestro ilusorio libre albedrío. Si yo hago algo mal, Dios me castigará. Si yo hago algo bien, Alá me recompensará. Entonces hay que portarnos bien para que Dios o Alá o Brahma o Siva no nos envíen al infierno cuando mi cerebro deje de funcionar y mis células mueran. Para conocer un poco el poder de la imaginación que el cerebro de Homo sapiens hace posible, veamos brevemente algunas de los diferentes tipos de creencias que se han llevado a cabo a lo largo de la historia, y cómo fueron evolucionando, o desevolucionando. Animismo Antes de la creencia en muchos dioses o uno solo, existía el animismo [13]. No solo los humanos poseían algún valor superior a todas las demás especies, tampoco éramos los únicos que poseíamos un alma y sentimientos, sino que todo era parte del todo, todo poseía valor, voluntad propia, sentimientos y un alma. Los árboles poseían un alma, también los zorros, el agua y toda la creación; había que respetarlos y tratarlos por igual, rendirles tributo, independientemente de que fuera una roca gigante que cayó encima de mi casa porque hubo un derrumbe en la montaña a causa de un temblor. La roca así lo quiso, ya que la semana pasada tiré una piedra al lago, se ahogó, y su familia la estaba defendiendo. Ahora tendré que disculparme con ella, adorarla y ver la televisión juntos. Así todos podíamos vivir en armonía, orden, justicia y sentido. Politeismo Luego del animismo llegó la creencia en que no todo podía tener su propia voluntad; no podría ser así. Las lluvias no ocurrían porque las nubes con alma así lo querían, o por los cambios en la presión y temperatura, sino porque un dios o diosa lo debía estar causando, ya sea por furia o bendición. Ya la roca gigante no cayó encima de mi casa porque así lo quiso, sino porque un dios así lo quiso, ya sea por furia o bendición. ¡Ya no podré ver la televisión con Gustavito, la roca! Y así mismo con los otros eventos de la naturaleza y el Universo. El Universo era llevado a cabo por diferentes dioses y diosas. Unos dioses se encargaban del mar, otros del sol y la medicina, otros de la guerra y otros de la belleza y el amor. El orden entre los Homo sapiens surgía cuando escogían a su dios favorito, y todas sus buenas o malas obras eran dedicadas a su dios o diosa favoritos. Hasta ahora, los registros nos señalan que todo esto comenzó a ocurrir hace aproximadamente 5,000 años [14]. Monoteísmo Luego, algunos de los seguidores de los dioses politeístas se enamoraron demasiado de su dios favorito y, por consiguiente, poco a poco se apartaron de la creencia politeísta. Su dios elegido o favorito era el único dios de todo el Universo. Había comenzado la revolución monoteísta. En Egipto, alrededor del año 1350 a.e.c., el faraón Akenatón creó lo que hasta ahora se conoce como la primera religión monoteísta. Akenatón declaró que el dios Atón [15] era el único poder supremo que gobernaba todo el Universo, e intentó detener los demás cultos que adoraban otros dioses. Después murió y volvieron al politeismo. Pero después de ese después fue historia, ¿entiendes? Las personas, con el tiempo, decidieron dejar de creer en muchas entidades sobrehumanas y sobrenaturales para comenzar a creer en una sola deidad: Dios o Alá, Brahma, Siva, Kim Jong-un, etc. La creencia religiosa monoteísta se convirtió en la orden del día, hasta el día de hoy. (Nota: En estos últimos 2,000 años nos han lavado el cerebro con tanto monoteísmo, que han hecho que consideremos el politeísmo y el animismo como algo ignorante o ingenuo. Pero del mismo modo que el politeísmo y animismo, muchas religiones monoteístas coquetearon con ideas politeístas y animistas: miles de santos que velan por las cosas y por mí, ángeles que nos cuidan en todo momento, almas, espíritus, etc. Las religiones monoteístas le deben mucho al politeísmo y animismo. Y la espiritualidad New Age le debe mucho al monoteísmo: «pídele al Universo y él te escuchará y moverá todas las fichas para que se haga posible» —sustituyeron al dios o diosa por el Universo—.) Por lo tanto, insertamos en esa realidad imaginada la idea de un solo dios que nos da orden y sentido a nuestras vidas. La pregunta es, ¿existen en esta realidad objetiva? Lamentablemente, o afortunadamente, no [16]. Solo residen en nuestra imaginación. [17] Los dioses y las diosas no existen en esta realidad objetiva, pero los refugiamos aquí: mediante mitos que no pueden ser probados; en una construcción de cemento o madera que llamamos iglesias, templos, mezquitas, etc.; en unas hojas de papel y tinta con garabatos replicados y mutados desde hace miles de años; en ondas de voz que generan los Homo sapiens llamados sacerdotes, chamanes, líderes religiosos, etc.; en imágenes y cuadros hermosos con pintura; en estructuras repletas de artes impresionantes; en figuras construidas de madera, piedra y otros materiales. Y como esos mitos y realidades imaginadas los hemos representado aquí a lo largo de milenios, generación tras generación, meme tras meme, nuestro cerebro piensa que existen en realidad. La creencia en un dios no es mala, ni buena; eso depende del Homo sapiens que la adopte en su cerebro. Cualquiera es «¿libre?» de adoptar su propia creencia. La creencia en un solo dios ha unido a miles de millones de personas a lo largo de la historia. Imaginemos el estadio de fútbol con los chimpancés, y en el centro del estadio se encuentra el papa dando una misa. ¿Qué crees que le pasaría al papa? ¿Qué piensas que ocurrirá en las gradas? Ahora imaginemos lo mismo, pero con sapiens a su alrededor. Los dioses han hecho que la vida de muchas personas tengan sentido en cada momento. Los dioses han privado a muchísimas personas de quitarse la vida. El dios Sobek hizo que los Egipcios construyeran el lago Fayum, ya que todos pensaban que el faraón era Él mismo encarnado gobernando el imperio. Y muchísimas otras cosas. Los dioses han unido a la humanidad. Además, los dioses han hecho que se mataran entre diferentes miembros de distintas religiones, e incluso de la misma religión, como fue el caso del cristianismo entre católicos y protestantes. Los dioses han hecho que los papas organizaran las cruzadas porque era un mandato asesinar a los infieles y paganos. Han hecho que atraquemos y matemos a extranjeros, robándoles sus pertenencias y conquistando sus tierras, como el caso de los vikingos. Los dioses han hecho que se derrumben torres en una mañana común, ya que fue un mandato, como en el caso del islam. Han hecho que humanos con diferentes creencias se odien y repugnen los unos a otros por no poseer los mismos parásitos. Y muchas otras cosas que han realizado los dioses de las religiones monoteístas y politeístas. Los dioses han unido pero también separado a la humanidad. Podrías estar diciendo que los dioses no han hecho todo esto, sino los humanos. Y es cierto. Pero hoy día también decimos habitualmente que Estados Unidos creó la primera bomba nuclear, que Amazon explota a sus trabajadores y que el dinero cambia a las personas. ¿Por qué no decir, aunque sea por decirlo, que los dioses han causado todo esto? Al fin y al cabo estamos hablando de mitos, ficciones y realidades imaginadas. Lo interesante es que los dioses, espíritus, almas, ángeles, santos y religiones no existen en esta realidad objetiva, solo residen en la capa que generamos por encima: la realidad imaginada. Pero más importante, en la imaginación colectiva de los Homo sapiens. Si no diferenciamos la realidad objetiva de la imaginada, y tampoco reconocemos cuando nos encontramos en una de ellas, podríamos volver a presenciar un acto como el 11/S. Diferenciar las realidades ¿Cómo podemos diferenciar las realidades? Imagina un trozo de piedra. Puedes notarla, observarla, sentirla y probablemente hasta olerla y degustarla —aunque no te recomiendo mucho la última opción—. Cuando tomas la piedra en tu mano, notas que no puede hacer nada; no puede invocar una furia o bendición sobre ti, y tampoco puede hacer algo por ti a su voluntad a menos que lo imagines. Es un simple saco de átomos y moléculas en su forma estable. Es la realidad objetiva. Enfrente de mí hay una mini estatua de piedra que representa a Siddhartha Gautama meditando. Mi cerebro puede observar que es un simple trozo de piedra, también. Pero esta vez nota algo distinto: una forma humana, una figura histórica que ha representado algo importante para muchas personas. Ahora, digamos que soy un budista principiante —que no lo soy, aunque he traído mucha filosofía budista a este blog—. Quizá mi cerebro deje de observar solamente la realidad objetiva (el simple trozo de piedra), y le dé la bienvenida a la realidad imaginada. Ya no es una piedra; ahora es Siddhartha, y puedo adorarla, pedirle y «sentir» la esencia de Gautama el Buda [18]. Ahora la piedra se ha convertido, o la he convertido, en algo más que un simple saco de átomos y moléculas en su forma estable. De algo que no puede hacer nada por sí, a algo con una esencia... y yo puedo conectarme y comunicarme con ella. Pasé de la realidad objetiva, a la realidad imaginada. Y si no tengo la suficiente consciencia conmigo en el momento presente, puedo confundir ambas realidades y comenzar el posible conflicto y separación. Imagina que estoy apegado a la realidad imaginada y a la imagen que el cerebro y la mente construyeron sobre la estatua, y no puedo diferenciar ambas realidades. En lugar de reconocer que es un simple saco de átomos y moléculas y nada más, ahora solo veo una esencia, algo sagrado. De momento, entra Hillary Clinton a mi cuarto, mira la piedra, la tira contra el piso y la estatua se rompe. Esta confusión de realidades hará creerle al ego que le han faltado a la moral, que es un acto inaceptable. ¡Cómo se ha atrevido a entrar a mi cuarto y, como si estuviera en su casa, romper “mis” átomos y moléculas en sus formas estables! Insultaré a Hillary y crearé enemistad con ella, no solo por su exceso de confianza, sino también, y más importante, por haber destruido el saco de átomos y moléculas en su forma estable. Ahora le «hackearé» sus emails para que pierda las elecciones. Pero los ejemplos «negativos», aunque demasiados, son una minoría en comparación con los «positivos» o neutrales. Ese simple saco de átomos y piedras en forma humana puede hacer que decenas de miles de personas se unan para meditar juntas, en lugar de funcionar deficientemente por culpa de nuestro límite de 150 personas, creando una unión y una vista agradable y hermosa para presenciar mediante nuestros ojos. Algo que decenas de miles de leones no podrían lograr. ¿Cómo diferenciar las realidades? Una forma para reconocer la realidad imaginada es ser consciente de cuando entran a escena los pensamientos en forma de mitos. Por ejemplo, ya no estoy mirando un papel —que es una forma estable de átomos y moléculas—, ahora noto en mi mente una historia que me dice que el papel vale, no uno, dos o tres, sino cinco manzanas. Otra forma, aunque un poco injusta, es comparar con las demás especies. Tres ejemplos: (1) darle un dólar a un chimpancé y observar su comportamiento; (2) decirle, de alguna forma, a un bonobo que nos regale su guineo para que se gane un lugar en el cielo de los simios; (3) crear una línea imaginaria, sin ninguna construcción física, y multar al león que la cruce [19]. Algunas formas para reconocer la realidad objetiva sería mediante el pensamiento lógico, la observación y lo empírico, la consciencia y/o el estudio. Un ejemplo es ser consciente que frente a mí no está Siddhartha o su esencia, sino un trozo de piedra con el molde de un humano, y reconocer que las piedras no pueden hacer nada más que lo que las leyes de la física y química (del Universo) dicten. Otra forma, y esta vez para reconocer si es solo un mito de la sociedad o cultura, es, como dice Yuval Noah Harari en su libro Sapiens, utilizar «la regla empírica: "La biología lo permite, la cultura lo prohíbe". La biología tolera un espectro muy amplio de posibilidades. Sin embargo, la cultura obliga a la gente a realizar algunas posibilidades al tiempo que prohíbe otras. La biología permite a las mujeres tener hijos, mientras que algunas culturas obligan a las mujeres a realizar esta posibilidad. La biología permite a los hombres que gocen del sexo entre sí, mientras que algunas culturas les prohíben realizar esta posibilidad.». [20] Richard Dawkins en La magia de la realidad habla sobre cómo podemos reconocer la realidad objetiva. Dice que «tenemos tres formas de saber si algo es real. Podemos detectarlo directamente utilizando nuestros cinco sentidos; o indirectamente utilizando nuestros sentidos con la ayuda de instrumentos especiales como los telescopios y los microscopios; o incluso de forma aún más indirecta, creando modelos de lo que podría ser real y después probando dichos modelos para ver si predicen cosas que podemos ver (u oír, etc.) con o sin la ayuda de instrumentos. En definitiva, de una u otra forma todo depende de nuestros sentidos.» Ahora, ¿qué ocurre con nuestros sentimientos y emociones como la ira, la alegría, los celos y el amor? ¿Existen en esta realidad objetiva aunque no podamos verlas? Bueno, sí; podemos sentirlas y experimentarlas y ser conscientes de ellas. Esto dependiendo de la forma individual, como algunos organismos vivos. Nosotros, Homo sapiens, somos una de las especies que podemos experimentar emociones y sentimientos —en esta lista quizá podemos incluir a las vacas, los chimpancés y los perros—. Las montañas, los ríos y las rocas no pueden hacerlo. El cerebro recibe una señal interna o externa, aleatoria o determinista, la transmite a nuestro cuerpo, se genera una reacción bioquímica (como un algoritmo), y experimentamos la emoción o el sentimiento. Ahora, no podemos ver la ira o la alegría experimentadas subjetivamente, pero sí lo que las hace posibles: mediante cascos o trajes de fMRI para observar el cerebro o el cuerpo, por ejemplo. En su libro, Dawkins continúa diciendo que «[...] estas emociones son intensamente reales para aquellos que las experimentan, pero no existían antes de los cerebros. Es posible que emociones como estas —y quizá otras en las que ni podemos soñar— puedan existir en otros planetas, pero solo si dichos planetas contienen también cerebros o algo equivalente a los cerebros [...]» [****] Y podríamos seguir diferenciando ambas realidades con más ejemplos: como con las ideologías y partidos políticos, los derechos humanos [21], marcas comerciales y personales, nombres, equipos deportivos, etc. Este es el poder de nuestro cerebro, y la trampa que se puede generar al confundir ambas realidades. Sabemos que estamos confundidos cuando decimos que el dinero, los países y naciones, las leyes y reglas, las compañías y corporaciones y los dioses existen verdaderamente. Podríamos decir que existen, sí, sabiendo diferenciar x de y. El poder de lo natural Como mencionamos al comienzo del blog, muchas personas, cuando se les dice que están creyendo en mitos y ficciones, piensan que se les falta el respeto, o imaginan que son cosas malignas y brujerías, o que no tienen importancia. Pero ya vimos la importancia que pueden tener. Además, sentimos que se nos falta el respeto y nos sentimos atacados y ofendidos, ya que las ficciones están demasiado enterradas en las «profundidades» de la mente. Y nuestro «yo ilusorio o conceptual» (ego), como sabemos, vive alimentándose de todos los pensamientos, no importa que sean mitos o simples creencias. Entonces, sentimos que nos están atacando personalmente. «¡Mi país no es una ficción; mi país existe realmente!», «¡Mi dios o diosa no es una ficción; mi dios existe realmente!», «¡Mente Desnuda no es una ficción; Mente Desnuda existe realmente!» Los mitos, ficciones y realidades imaginadas sí han tenido importancia a lo largo de la historia, a pesar de las atrocidades que se pueden cometer en sus nombres. Porque esas mismas ficciones que hemos generado nosotros, han controlado y ahora mismo «controlan» el mundo. Mientras todo el mundo crea en ellas, todos pueden obedecer, todos podemos vivir juntos y comportarnos de la misma manera. Nuestra capacidad de imaginar cosas nos ha hecho más efectivos para poder comunicarnos, no solamente dentro de esta realidad objetiva, sino también en la imaginada. Los demás animales y especies también son capaces de comunicarse, pero la única diferencia es que ellos solamente se comunican con cosas que realmente existen. Un chimpancé le puede comunicar a otro chimpancé que no vaya a ese lugar porque hay un tigre y puede morir. Pero no se dicen: «no robes los guineos de los demás chimpancés porque, cuando mueras, el dios Simio te castigará y arderás en el infierno». Somos la única especie, que sepamos hasta ahora, que ha tenido «éxito» gracias a que podemos conducir nuestras vidas a base de elementos que no existen en la realidad objetiva. Quién diría que hace aproximadamente 13.5 mil millones de años todo iba a comenzar, y quizá de nuevo. Quién diría que desde hace 3.8 mil millones de años las réplicas de una molécula madre han estado recorriendo un largo viaje, pasando por todos tus antepasados, hasta formarte a ti. Quién diría que esta capacidad cognitiva que nos hizo posible ir más allá de nuestro planeta, de donde ninguna otra especie ha podido hacerlo, ocurriría gracias a causas anteriores hermosamente naturales: por una simple mutación en nuestro ADN. Quién habría podido pensar que todo este proceso de miles de millones de años, tan objetivo, tan real, tan natural, fuera capaz de crear algo tan objetivo y real como lo es nuestro cerebro. Para así, este último generar un sentido subjetivo y único que no podemos ver o localizar por ninguna parte: nuestra mente y consciencia [22]. Y estas dos ser capaces de crear una realidad completamente imaginada, incluyendo a nuestro sentido ilusorio del «yo». ¡Quién diría que Homo sapiens depende de dos realidades! ¿Te gustó este blog? Puedes donar, si deseas, aquí. Agradecimiento: Me inspiré a crear este blog gracias a que el año pasado (2019) leí el libro Sapiens de Yuval Noah Harari. El libro cambió mi perspectiva sobre muchas cosas, incluyendo lo que acabas de leer. Aclaración: Las realidades imaginadas han jugado un papel muy importante para funcionar como colectivo de más de 150 individuos. El propósito del blog no es dejar saber que han sido el único papel para haber podido sobrevivir. El propósito principal del blog es dejarnos saber el poder de nuestro cerebro para poder cooperar en grandes grupos y progresar como sociedad en el mundo. Por favor, no ignoremos el «trabajo» de la selección natural y evolución en nosotros que hicieron posible, como dice Javier Santaolalla, nuestra naturaleza exploradora, curiosa, ávida de asombro y soñadora. Notas: [*] Aunque muchos historiadores prefieren llamarle historia al momento en que nos asentamos y comenzamos a construir las sociedades complejas en adelante. Este fue el momento de la revolución agrícola. [**] La fecha pudiera datar a unos 30,000 años. [***] Aquí hice un viaje mental desde la zona gigantesca estadounidense. Luego pasé hacia arriba, a Canadá. Luego llegué a Alaska. Luego tomé un catamarán hacia las islas de Hawái. Y por último, seguí mi viaje hacia el sur, hasta llegar a la isla de Bora Bora, donde me esperaba mi querida esposa y familia. [****] Estos dos últimos párrafos (el que habla de La magia de la realidad y las emociones y los sentimientos) fueron añadidos el 16 de junio de 2020. [1] Este concepto de una pirámide en la naturaleza es muy vago. Lo utilizo como sarcasmo hacia las personas que piensan que la evolución funciona como una pirámide. El funcionamiento de la evolución y selección natural no se trata de poner por encima o por debajo a las especies. Solamente funcionan para «beneficiar», específicamente, a los genes que mejor se adapten a la supervivencia y reproducción. [2] Recientemente, se cree que Homo sapiens no solo vivió en una esquina de África oriental, sino que estuvieron esparcidos por varias regiones. [3] No pensemos que esto ocurrió en un segundo, como si ocurriese una idea de la nada. Este evento, lo más probable, tomó decenas de miles de años. [4] No me refiero a los murciélagos vampiro; ellos existen. El nombre científico es Desmodus rotundus. [5] El ejemplo más obvio que se me ocurre es el canguro original de la porción de tierra llamada Australia. [6] Definitivamente habrías podido notar ciertos entornos distintos (animales distintos, plantas distintas, praderas distintas, etc.) por causa del clima, geografía y ambiente. [7] No me refiero a un acto a base de odio. Me refiero a que, si me estoy cagando en una jungla, miro hacia el lado y veo el pedazo de tela, me limpiaría con ella. También la utilizaría para hacer fuego en un camping si me estoy muriendo de frío. Y todo seguirá normal: la ficción que representa seguirá «viva» y coleando e intacta. Además, la ficción seguirá intacta y coleando incluso en un acto a base de odio. Solo el ego puede salir herido. Y eso es una ridiculez. [8] Aunque sí, estos mitos pueden ser a base de intereses egoístas, moralidad o seguridad. [9] Lo que pueden hacer es luchar entre ellos o hacer alianzas sociales mediante el sexo para poder lograr un lugar en la jerarquía de bonobos. [10] Podríamos llamar «dinero», también, a los intercambios que realizan las demás especies. Por ejemplo, la simbiosis entre las hormigas con los áfidos, y las abejas con las flores, etc. [11] Yuval Noah Harari, Sapiens. [12] Si lo vemos desde la perspectiva de decenas de miles de años, parece como si estuviéramos deshaciéndonos, poco a poco, de las creencias sobrenaturales y sobrehumanas: ya solo queda un dios, y solo a los humanos nos queda alma. [13] Pienso que la puerta que le dio paso al politeísmo y monoteísmo (teísmo) fue el animismo. Y la puerta que le dio paso al animismo fue nuestra ignorancia y necesidad de querer darle un sentido a todas las cosas y causas del Universo. Todo era incertidumbre, no había ocurrido la revolución científica, por lo tanto, debíamos suponer lo que estaba sucediendo a nuestro alrededor y más allá. Nosotros poseemos una «voluntad propia» y sentimientos, por lo tanto, las demás cosas que observo a mi alrededor también las tienen porque «actúan» —por ejemplo, la tierra tiembla, las nubes crean lluvia y los volcanes expulsan lava—. Nosotros podemos construir cosas, y los relojes no se pueden construir solos, por lo tanto, el Universo no pudo hacerse solo y tuvo que ser diseñado por alguien, incluyéndonos a nosotros. Nótese cuán subestimados tenemos a la naturaleza y las leyes que gobiernan el Universo. [14] Vale señalar que el politeísmo y animismo no ponen en duda la creencia de un solo poder que gobierna todo el cosmos, incluyendo a los demás dioses. El mismo Zeus, Apolo y todos los demás dioses griegos eran sometidos a un único poder universal: El Destino —Moira, Ananké—, por ejemplo. [15] Nótese la originalidad del nombre Atón. No tiene nada que ver con su nombre; no se parece en nada. ¿De dónde el loquillo de Akenatón se habría inspirado para el nombre de su dios? Hmmm. [16] Afortunadamente en el caso del dios del Antiguo Testamento, que es el dios de los judíos, y la raíz del dios del Islam. Y este afortunadamente también va para toda creencia que tenga un dios, en palabras de Richard Dawkins, «celoso y orgulloso de serlo; un mezquino, injusto e implacable monstruo; un ser vengativo, sediento de sangre y limpiador étnico; un misógino, homófobo, racista, infanticida, genocida, filicida, pestilente, megalómano, sadomasoquista; un matón caprichosamente malévolo.» Richard Dawkins, El espejismo de Dios. [17] Esta creencia en dioses y diosas es de las más difíciles de aceptar o reconocer que son mitos, ficciones y realidades imaginadas. Richard Dawkins habla de la religión como un subproducto de alguna otra cosa modelada por la selección natural. Por ejemplo, se pregunta si es el subproducto de «los irracionales mecanismos que originalmente fueron construidos en el cerebro por la selección para enamorarse» y que tiene ventajas genéticas de supervivencia. El cerebro tiene un comportamiento muy similar cuando las personas imaginan una entidad que siempre está con ellas en las buenas y malas, y que las protegen (Dios), a cuando tienen una persona físicamente a su lado que siempre está con ellas en las buenas y malas, y que las protegen (la pareja). Y, arbitrariamente, en esa lista me atrevería incluir el efecto —aunque no del mismo modo— que tienen los amigos imaginarios sobre los cerebros de los niños. Además, también influye el rápido adoctrinamiento en la niñez. Los niños fueron moldeados por la evolución para hacerle caso casi ciegamente a las «verdades» de sus padres y personas conocedoras. Ya sean «verdades» sobre la supervivencia y reproducción, o «verdades» de la vida y el Universo. En la infancia, que es cuando más vulnerable está nuestro cerebro a acatar cualquier pensamiento y creencia, el cerebro acoge todas esas señales que recibimos para luego guardarlas. Por consiguiente, nuestro «yo» pasa a creer y defender, consciente o inconscientemente, esas señales guardadas. Esto, en parte, aplica a las religiones, ideologías, partidos políticos, etc. Y hace sentido. Richard Dawkins, El espejismo de Dios; El gen egoísta. [18] Por lo que tengo entendido, habiendo estudiado la religión y filosofía budista, los budistas no adoran —o se supone que no adoren— ninguna estatua del Buda. Siddhartha dejó muy claro que él no quería que la gente lo adorase. Con solamente seguir sus enseñanzas bastaba. Para una idea más clara sobre el budismo, véase Thich Nhat Hanh, Vivir el budismo, o la Práctica de la Atención Plena; véase también el Dhammapada; véase también Mahasatipatthana Sutta: The Great Discourse on the Establishing of Awareness. [19] Podrías decir que los leones viven en sus propios territorios, y que no entrarían a territorios ajenos pertenecientes a otras manadas. Es algo análogo a crear una línea invisible para dividir países. Eso es completamente cierto. Sin embargo, es un comportamiento totalmente natural modelado por la selección. «Los leones son altamente territoriales y ocupan la misma área por generaciones. [...] La heterogeneidad del hábitat de la sabana parece ser la causa principal de la territorialidad grupal en los leones.» [20] En este último ejemplo podríamos decir que también la biología y naturaleza permiten que se realicen la violación y el asesinato hacia los demás seres. Aquí entrarían los mitos morales que le hacen bien al colectivo humano: respetar la vida de los/lo demás, no causar sufrimiento —o al menos el menor posible—. Y no solo somos guiados por memes y mitos morales, la evolución nos dotó de una moralidad natural, incluyendo el no hacer daño (o daño innecesario) a los demás seres. [21] Los derechos humanos son un ejemplo de que no todos los mitos generados por Homo Sapiens son una «barbaridad». Aunque los humanos no tengamos derechos, solo poseemos de una biología y capacidades. Un gran ejemplo que Yuval Noah Harari expresa es: «[...] Las aves vuelan no porque tengan el derecho a volar, sino porque poseen alas.». [22] Lo que podemos localizar y ver es el cerebro y su comportamiento, las células, neuronas y genes; no lo subjetivo. En este episodio del podcast explico más esto. «Cada persona está teniendo una experiencia subjetiva consigo misma que no se basa en algo objetivo. Es una experiencia ilusoria generada gracias a lo objetivo: las neuronas y los genes. Una experiencia subjetiva individual que no se puede encontrar en ningún lugar, ni siquiera abriendo el cerebro de la persona. Cada persona está teniendo una experiencia subjetiva e imaginada a través de la mente [y consciencia].»

Los extremos te joden #Miniblog

Quote: «Los extremos no siempre son buenos. El balance entre ambos es la clave.» Tenemos una mente condicionada para siempre desear ir a los extremos, ya sea consciente o inconscientemente. Y ese es de los juegos favoritos del ego. Un ego no puede estar tranquilo y satisfecho en el centro[*], o en algún lugar entre ambos extremos; él siempre querrá vivir en los extremos. Cuando se dice que aceptemos, la mente piensa que es no hacer nada. Cuando se nos dice ser «buenas» personas, la mente piensa que es dejarnos coger de pendejos o ser el próximo papa Juan Pablo III. Cuando alguien tiene alguna crítica sobre algo, la mente piensa que esa persona es ese «anti-algo» o su enemigo. Cuando se nos dice que no nos preocupemos, la mente piensa que hay que ser indiferentes y no dar importancia.[1] Cuando digo que ni la meditación ni rezar podrán acabar con esta pandemia causada por el SARS-CoV-2, la mente piensa que lo que intento decir es que hay que dejarlo de hacer. Mark Manson, en su libro Todo esta jodido, habla sobre cómo la «madurez» de nuestra cultura está deteriorando. También, habla sobre cómo creamos religiones, creencias e ideologías que nos obligan a vivir en extremos y a crear dicotomías falsas del «nosotros contra ellos». Por ejemplo: si no defiendes la guerra, entonces defiendes a los terroristas; cualquiera que critique el feminismo es sexista; cualquiera que critique al presidente es un traidor, cualquiera que critique a Michael Jordan no sabe de baloncesto.[2] Y ni hablar sobre cómo llevamos, en ocasiones, nuestras vidas individuales a los extremos. Por ejemplo, Para lograr algo, debo sacrificarme hasta (metafóricamente) botar y sudar sangre. Para ser «feliz» y estar contento conmigo mismo, debo dejar de comer hasta convertirme en polvo; y si no es el caso, debo comer cuanta cosa tenga a la vista hasta que la sangre no pueda ya circular. Para que piensen que soy humilde y buena persona, y Teresa de Calcuta parezca una pendeja a mi lado, debo regalar todo el dinero que tenga, nunca más tener sexo y sacrificar un brazo a los dioses paganos. Y así mismo con muchísimas otras cosas.[3] Un ego no puede estar tranquilo y satisfecho en el centro, o en algún lugar entre ambos extremos; él siempre querrá vivir en los extremos. ¡Reconocer la mentalidad extremista! Los extremos nos «separan» de la Vida, del momento presente eterno, de la razón y la lógica, de las demás personas... ¡de nosotros mismos! Los extremos no siempre —y no sé si nunca— son «buenos» o efectivos, y son una de las razones por las cuales nos jodemos nuestra vida individual y la de los demás seres. En la mayoría de las ocasiones, todo esto lo hacemos y pensamos de una manera automática. Ya que nuestra mente está condicionada (ya sea biológica o culturalmente) para ser dual: «el bien y el mal» es el mejor ejemplo de esta dualidad. Y los extremos, aunque no necesariamente deban ser duales, funcionan de una manera análoga, y a la mente le encanta ese jueguito: si no estoy arriba, estoy abajo; si no estoy a la derecha, estoy a la izquierda, etc. Cuando el ego adopta posiciones extremas, hay unas altas probabilidades de volvernos radicales, conflictivos y hegemónicos, como muchas religiones, ideologías, políticas y creencias. Nuestro ego querrá conservar lo que vaya acorde con el extremo en donde nos encontremos, y desechará todo lo demás, entrando así a lo que pudiera considerarse un sesgo de confirmación. No importa si creamos separación, conflicto, guerras externas o internas, infelicidad y sufrimiento. Reconocer y tomar consciencia de que hemos estado en un extremo, nos abre una puerta hacia el «camino medio»[4]. Nos abre una puerta para adoptar y reconocer que hay más posibilidades. Cuando el ego adopta posiciones extremas, hay unas altas probabilidades de volvernos radicales, conflictivos y hegemónicos, como muchas religiones, ideologías, políticas y creencias. Fluir con Lo-que-es Muchas personas llevan sus vidas a los extremos pensando que lograrán sus metas. Y sí, en ocasiones logran sus metas; llegando a ellas, sin embargo, con una ansiedad, un estrés, desgaste e infelicidad terribles. Debemos aprender y reconocer que «más allá» de los extremos hay un centro. Debemos reconocer que en los extremos nos podemos perder. Deberíamos cuestionarnos nuestras propias creencias e ideologías y nuestros propios pensamientos. Por ejemplo, «¿es esta posición la correcta? Y si lo es, ¿por qué? Y esta respuesta que me di, ¿por qué debería ser la correcta?» «¿Está mi posición basada en hechos objetivos, o solo es algo arbitrario o subjetivo?» «¿Por qué el otro extremo está mal y mi extremo es la mejor opción?» «¿Estoy en un extremo ciegamente o estoy considerando las demás opciones?». Debemos entrenar la mente para poder observar el centro como una opción. Y en ocasiones la mejor opción. Debemos aprender a fluir con Lo-que-es. «Mientras que alguien o algo está en un estado de fluir, emprende una tarea inteligentemente, sabiendo cuándo tomar acción y cuándo no, y encuentra un balance entre la acción y la no-acción. Es un camino entre los opuestos; es un camino entre el frío y caliente; es un camino entre la ansiedad y el aburrimiento. Ese es el camino medio.»[5] En un extremo, por ejemplo, puedes ser un tonto de buen corazón, y en el otro extremo, puedes ser un sabelotodo sin ninguna afección. Usa el «camino medio» para evolucionarlos de una manera efectiva, sin la necesidad de ir a los extremos. Los extremos no siempre son buenos. El balance entre ambos es la clave. Aunque a veces, cuando sea necesario, es mejor salirse. Ahora, te dejaré con un escrito de hace poco. Probablemente no tenga nada que ver con este blog, pero puedes profundizar en él y aplicarlo a este tema: La sabiduría más elevada es poder observar que, en realidad, todos los fenómenos son impermanentes, transitorios y no constituyen una entidad fija. La verdadera sabiduría no es simplemente creer lo que se nos dice, sino experimentar y comprender la verdad y la realidad. La sabiduría requiere una mente abierta, objetiva y sin mangos. Es un camino entre los opuestos; es un camino entre el frío y caliente; es un camino entre la ansiedad y el aburrimiento. ¿Te gustó este blog? Puedes donar, si deseas, aquí. Notas: [1] No veo la preocupación equivalente a la importancia. Veámoslo de esta manera: la preocupación es un estado de intranquilidad mental, y puede ser generada por nuestra importancia (o valor) hacia algo o alguien. [2] Mark Manson, Everything Is F*cked: A Book about Hope [Todo está j*dido: Un libro sobre la esperanza] (Harper, 2019) [3] Evidentemente, todos estos últimos ejemplos (de nuestra vida individual) son extremos para representar de una manera satírica lo que intento decir. Espero que no se hayan ofendido... egos. [4] El concepto de «camino medio» lo adopté de la filosofía budista. Más adelante añadiré un poco sobre esto, pero aquí hay una definición de la mejor página para buscar información confiable, Wikipedia: El Camino Medio o Camino del Medio es la práctica budista del No Extremismo. [5] Extracto del episodio #53 del podcast, Cómo fluir con la vida. En este contexto, utilizo la palabra ansiedad como el producto de tener que estar haciendo algo en todo momento sin detenerse; por lo que el no hacer nada y estar en una inercia indefinida conllevaría al aburrimiento. [*] En realidad, nunca.

Las ideologías, religiones y culturas son como parásitos

Quote: “Las ideologías, religiones y culturas son como parásitos. En el momento en que se alojan dentro del individuo (del cerebro), no les "importa" el bienestar (físico o mental) del mismo; solo les "importa" su propia supervivencia, replicación y propagación hacia otros individuos. Lo peor: creemos que somos el parásito.” Aunque los “parásitos ficticios” pudieran tomar forma de cualquier pensamiento, algunos de los más fuertes para nuestro cerebro son los que toman forma de ideologías, religiones y culturas. Y, aunque las religiones y culturas han sido de los mitos intersubjetivos más efectivos para cooperar como colectivo humano, nuestra identificación con ellas también han causado un daño tremendo en la humanidad y los otros seres a lo largo de la historia, psicológica y físicamente: separación, conflicto, genocidios, homicidios, odio, etc. Un parásito vive dentro del cuerpo de su anfitrión. Un ejemplo de parásitos son los virus. La única "meta" de los virus es multiplicarse y extenderse hacia otros anfitriones, de ese otro anfitrión a otro, y así sucesivamente. Al parásito no le importa el estado en que está su anfitrión, mientras él siga "vivo" y expandiéndose hacia otros anfitriones. No es hasta que se trata el virus o parásito que su expansión se detiene y se deshace. Sin embargo, han habido parásitos y virus tan fuertes y peligrosos, que han debilitado y matado a millones de personas: por ejemplo, la pandemia de influenza de 1918 fue la pandemia más grave de la historia reciente. Estos "parásitos ficticios" se vuelven más potentes y más fuertes con el pasar del momento presente. Si el cerebro lo captó desde la infancia o una edad temprana, más efecto tendrá sobre él. Además, su sentido de objetividad ilusoria y "verdad" se vuelve más presente si noto que otros cerebros también los poseen. Si noto que muchas otras personas, como mi familia, muchos de mis amigos y amigas, mis vecinos, mis compatriotas, mis profesores, el sacerdote, el/la líder de la ideología o política, las personas famosas y/o algunas otras poseen el parásito, significa que es real y verdadero. Y no solo eso, sino también el conocimiento de que millones de personas en el pasado también lo tenían, más fortalecimiento se genera en mi imaginación. Por lo tanto, este parásito es el "verdadero", y las personas que no lo posean serán consideradas como enemigas, potencialmente enemigas o "los otros". Y cualquier cosa que me ordene hacer el parásito, lo haré sin cuestionarlo… porque es lo que se supone que se haga. Demasiadas personas han muerto o sacrificado sus vidas por un parásito, pensando que conseguirán algún tipo de ganancia sobrehumana o sobrenatural luego de sacrificar sus formas individuales, o incluso sacrificando la vida de otros seres [1]. Demasiadas familias se han roto a causa de un parásito, gracias al apego ciego hacia uno de ellos; separándose porque la otra persona "no tiene el mismo parásito que yo tengo". Demasiadas regiones y naciones del mundo se odian a muerte por culpa de la identificación con sus culturas (parásitos neuronales). Demasiados conflictos y peleas entre personas se están dando en estos momentos por parásitos que no son compatibles. Demasiada mierda se genera por culpa de nuestra identificación con el fucking parásito. Un parásito es inútil y no puede hacer su función si no está alojado dentro de un individuo para crear réplicas. Una ideología, religión o cultura no puede hacer nada si no están alojadas en nuestra imaginación, de nuestras redes neuronales del cerebro. Si me permito ir un paso más allá, no es que las religiones, ideologías y culturas sean el problema en sí; ellas no existen en esta realidad objetiva, solo en la realidad imaginada. Es la identificación del ego (la imagen conceptual y autobiográfica de nuestras mentes) con ellas, y nosotros estar identificados con él. En palabras modernas: el problema “somos (hemos sido) nosotros”, no el parásito en sí. ¿Hay alguna solución para estos "parásitos"? No hay solución para que no se generen en nuestro cerebro. Es inevitable, y es parte del cambio gradual (evolución) que tuvieron nuestros cerebros a lo largo de nuestra historia evolutiva. Estos "parásitos", algunos benignos y otros dañinos, serán generados automáticamente con el pasar del momento presente, mientras siga evolucionando y mutando la forma de pensar colectiva e individual, y mientras siga cambiando el "espíritu de los tiempos" o el "pensar de la sociedad o cultura" (a esto se le llama el zeitgeist). Lo que sí podemos hacer es ser conscientes de que nuestra imaginación (realidad imaginada) pudiera generarlos, y el ego pudiera aferrarse y/o apegarse a ellos para adoptar algún tipo de identidad. Entonces, ya no soy un simple ser; ahora "soy" el parásito. Ahora mis acciones conscientes se desvanecen en el vasto mar de neuronas inaccesibles a nuestro «yo consciente». Habrán "mejores" parásitos que otros, pero en esencia, siguen siendo parásitos (o memes): no les importa tu bienestar mental o físico, sino que los propagues. Debemos ser conscientes de que no somos el parásito, sino lo que lo mantiene. Una red de sentido Ahora, compartiré contigo un fragmento del libro Homo Deus de Yuval Noah Harari. Me parece una historia excelente, que va en consonancia con este mini blog. Disfruta, querido lector humano: En 1187, Saladino derrotó al ejército de cruzados en la batalla de Hattin y conquistó Jerusalén. En respuesta, el Papa puso en marcha la Tercera Cruzada para reconquistar la ciudad sagrada. Imagine el lector a un joven noble inglés llamado John que abandonara el hogar para ir a luchar contra Saladino. John creía que sus actos tenían un sentido objetivo. Creía que si moría en la cruzada, su alma ascendería después al cielo, donde gozaría de una dicha celestial eterna. Se habría sentido horrorizado al descubrir que el alma y el cielo son solo historias inventadas por los humanos. John creía a pies juntillas que si llegaba a Tierra Santa, y si algún guerrero musulmán con un gran bigote le atizaba con un hacha en la cabeza, sentiría un dolor insoportable, le atronarían los oídos, le flaquearían las piernas y se le nublaría la visión…, y que en el instante inmediatamente posterior vería una luz brillante en derredor, oiría voces angelicales y arpas melodiosas, y querubines alados y radiantes le indicarían que cruzara una magnífica entrada dorada. [No, esto no es una película de Hollywood.] John tenía una fe muy sólida en todo esto, porque estaba enmarañado en una red de sentido extremadamente densa y poderosa. Sus recuerdos más antiguos eran los de la herrumbrosa espada del abuelo Henry, que colgaba en el salón principal del castillo. Desde que era niño, John había oído los relatos del abuelo Henry, que murió en la Segunda Cruzada y que desde entonces estaba sentado con los ángeles en el cielo, velando por John y su familia. Cuando los trovadores visitaban el castillo, solían cantar acerca de los valientes cruzados que habían luchado en Tierra Santa. Cuando John iba a la iglesia, le gustaba contemplar los vitrales de las ventanas. John escuchaba con atención al sacerdote de su parroquia, el hombre más sabio que conocía. Casi todos los domingos, el sacerdote explicaba que no había salvación fuera de la Iglesia católica, que el Papa de Roma era nuestro santo padre y que teníamos que obedecer siempre sus órdenes. Si matábamos o robábamos, Dios nos enviaría al infierno; pero si matábamos a musulmanes infieles, Dios nos recibiría en el cielo. Un día, cuando John acababa de cumplir los dieciocho años, un caballero desaliñado cabalgó hasta la verja del castillo y, con voz ahogada, anunció la noticia: «¡Saladino ha destruido al ejército cruzado en Hattin! ¡Jerusalén ha caído! ¡El Papa ha declarado una nueva cruzada y ha prometido la salvación eterna a quien muera en ella!». La gente que lo rodeaba se quedó conmovida y preocupada, pero a John se le iluminó la cara con un resplandor sobrenatural, y proclamó: «¡Iré a luchar contra los infieles y a liberar Tierra Santa!». Todos permanecieron en silencio un momento, y después sonrisas y lágrimas aparecieron en sus rostros. Su madre se enjugó las lágrimas, dio a John un fuerte abrazo y le dijo lo orgullosa que estaba de él. Su padre le dio una fuerte palmada en la espalda y le dijo: «Si tuviera tu edad, hijo, me sumaría a ti. El honor de nuestra familia está en juego… ¡Estoy seguro de que no nos decepcionarás!». Cuando abandonó el castillo, los aldeanos salieron de sus chozas para despedirle, y todas las chicas bonitas miraron anhelantes al valiente cruzado que se iba a luchar contra los infieles. Se hizo a la mar en Inglaterra y más tarde se abrió paso a través de tierras extrañas y distantes (Normandía, Provenza, Sicilia), y por el camino se le unieron bandas de caballeros extranjeros, todos ellos con el mismo destino y la misma fe. Cuando el ejército desembarcó finalmente en Tierra Santa y entabló batalla con las huestes de Saladino, John quedó asombrado al descubrir que incluso los malvados sarracenos compartían sus creencias. Cierto, estaban un poco confundidos y creían que los cristianos eran los infieles y que los musulmanes obedecían la voluntad de Dios. Pero también ellos aceptaban el principio básico de que los que luchaban por Dios y Jerusalén irían directamente al cielo cuando murieran. De esta manera, hilo a hilo, la civilización medieval tejió su red de sentido, atrapando en ella como a moscas a John y a sus contemporáneos. Para John era inconcebible que todas estas historias no fueran más que fantasías de la imaginación. Quizá sus padres y tíos estaban equivocados, pero ¿acaso también lo estaban los trovadores, y todos sus amigos, y las chicas de la aldea, y el sabio sacerdote, y el barón del otro lado del río, y el Papa de Roma, y los caballeros provenzales y sicilianos, e incluso los mismos musulmanes? ¿Era posible que todos ellos estuvieran alucinando? Y los años pasan. A medida que el historiador observa, la red de sentido se desenmaraña, y otra se teje en su lugar. Los padres de John mueren, y después, todos sus hermanos y amigos. En lugar de trovadores dedicados a cantar las cruzadas, la nueva moda son obras de teatro sobre trágicas aventuras amorosas. El castillo familiar arde hasta los cimientos, y cuando se reconstruye, no queda rastro de la espada del abuelo Henry. Las ventanas de la iglesia se hacen añicos en una tormenta invernal, y el vidrio que las sustituye ya no retrata a Godofredo de Bouillon y a los pecadores en el infierno, sino el gran triunfo del rey de Inglaterra sobre el rey de Francia. El sacerdote ya no llama al Papa «nuestro santo padre»: ahora se refiere a él como «aquel demonio de Roma». En una universidad cercana, los estudiosos leen atentamente antiguos manuscritos griegos, diseccionan cadáveres y susurran en voz baja y a puerta cerrada que quizá eso que llamamos alma no exista. Y los años siguen pasando. Donde antaño se erguía el castillo, ahora hay un centro comercial. En el cine proyectan por enésima vez Monty Python y el Santo Grial. En una iglesia vacía, un aburrido vicario se alegra sobremanera al ver a dos turistas japoneses. Les explica con detalle el significado de los vitrales de las ventanas mientras ellos sonríen educadamente y asienten sin entender nada en absoluto. En las escalinatas exteriores, una pandilla de adolescentes juega con sus iPhone. Miran en YouTube un nuevo remix de «Imagine», de John Lennon. «Imagina que no hay cielo —canta Lennon—, es fácil si lo intentas». Un barrendero paquistaní barre las aceras mientras una radio cercana retransmite las noticias: las matanzas en Siria continúan, y la reunión del Consejo de Seguridad ha acabado en un punto muerto. De pronto se abre un agujero en el tiempo y un misterioso rayo de luz ilumina la cara de uno de los adolescentes, que anuncia: «¡Voy a luchar contra los infieles y a liberar Tierra Santa!». ¿Infieles y Tierra Santa? Estas palabras ya no tienen ningún sentido para la mayoría de la gente en la Inglaterra de hoy en día. Incluso el vicario probablemente pensaría que el adolescente padece algún tipo de episodio psicótico. En cambio, si un joven inglés decidiera unirse a Amnistía Internacional y viajar hasta Siria para proteger los derechos humanos de los refugiados, sería considerado un héroe. En la Edad Media, la gente pensaría que se habría vuelto majareta. Nadie en la Inglaterra del siglo XII sabía qué eran los derechos humanos. ¿Quieres viajar a Oriente Medio y arriesgar tu vida, no para matar musulmanes, sino para proteger a un grupo de musulmanes de otro? Tienes que haberte vuelto loco. Así es como se desarrolla la historia. La gente teje una red de sentido, cree en ella con todo su corazón, pero más pronto o más tarde la red se desenmaraña, y cuando miramos atrás, no podemos entender cómo nadie pudo haberla tomado en serio. En retrospectiva, ir a las cruzadas con la esperanza de alcanzar el paraíso parece una locura total. En retrospectiva, la Guerra Fría parece una locura todavía mayor. ¿Cómo es posible que hace treinta años la gente estuviera dispuesta a arriesgarse a sufrir un holocausto nuclear por creer en un paraíso comunista? Dentro de cien años, nuestra creencia en la democracia y en los derechos humanos quizá les parezca igualmente incomprensible a nuestros descendientes. — Yuval Noah Harari, Homo Deus: Breve historia del mañana Esta historia no solo aplica a la religión tradicional, también aplica a todas las ideologías, políticas y culturas —aunque no exactamente de esta forma—. El nivel de apego e identificación que tenemos hacia ellas define el resultado del parásito. ¿Te gustó este blog? Puedes donar, si deseas, aquí. Notas: [1] En el islamismo extremo o Estado Islámico se les dice a los yihadistas que habrá 72 vírgenes esperando en el cielo por cada yihadista que sacrifique su vida en un ataque o batalla. Este parásito en el cerebro de los humanos contribuyó a la muerte de casi 3,000 personas en un ataque terrorista, en donde, en la mañana muy normal del 11 de septiembre de 2001, dos torres en la ciudad de Nueva York fueron el blanco.

Guía para la meditación | Aprende a meditar con estos poderosos tips y ejercicios

Actualizado: Octubre, 2020. Nuestra cabeza está llena de mucha mierda: problemas, discusiones mentales, inseguridades, tareas, deberes, responsabilidades, miedos, incertidumbre, más mierda, etc. Es necesario saber vivir subjetivamente con todo eso. Para realizar la meditación, no necesariamente debes formar parte de alguna religión, creencia, ideología o filosofía. Además, estoy casi seguro de que cuando escuchas la palabra meditación, el primer pensamiento que te surge es el de una persona sentada con las piernas cruzadas y con los ojos cerrados. Bueno, eso es una práctica física de la meditación. Pero la meditación no es simplemente eso. La meditación se trata de vivir consciente en el ahora y observar los pensamientos, utilizando la gran capacidad de nuestro cerebro: la consciencia. La meditación pudiera difuminar las preocupaciones, ansiedad, estrés, y hacer que nuestra vida esté un poco más balanceada, subjetivamente hablando (en la última sección del blog hay un aviso adicional importante sobre este tema). Puedes meditar desde 1 minuto, horas o hasta un día entero. Como leí hace años, la meditación no es algo que la mente pueda llegar a hacer, tampoco es forzar la mente a no pensar. Todo lo que la mente pueda llegar a hacer no es meditación. Donde la mente "acaba", ahí empieza la meditación. El objetivo de la meditación es ser el observador, la consciencia. No es necesario utilizar herramientas o equipos especiales. Tips para lograr una meditación excelente: En la meditación, "no eres" la mente. Aunque la necesitemos para poder vivir en este mundo y continuar siendo humanos, no somos, en esencia, la mente. Nuestra humanidad es una forma de la vida misma, de la existencia, del Universo; evolucionada desde hace 3.8 mil millones de años [*]; formada por quarks, átomos, genes, moléculas, proteínas, células, neuronas, etc., hasta que juntas, haciendo una bella danza y unión, hacen posible un organismo "gigantesco" al que le llamamos humano. Esta forma humana posee un cerebro, y este cerebro es la base de control. Esta base de control hace posible algo más: la mente y consciencia. La mente piensa, la consciencia observa lo que piensa. En la meditación, eres solo lo que observa lo que piensa. No fuerces la mente a no pensar. Eso no es meditación. Acepta los pensamientos que ocurran, porque siempre el cerebro creará cargas electroquímicas y bioquímicas que las percibiremos subjetivamente como un pensamiento, como una ilusión. Aceptar no significa querer entrar en ellos o quedarte de brazos cruzados; significa que reconocerás y observarás sin crear resistencia interna hacia lo que está pasando o ya es. Al forzar la mente a no pensar, estarías pensando... y eso no es meditación. Negarte y enojarte porque estás pensando tampoco será efectivo. Sé el observador de la mente. Antes de meditar, puedes hacerte una idea para que el cerebro se prepare a entrar en el estado de meditación. Visualiza que estás sentado en la orilla de la autopista o carretera: la autopista o carretera es la mente, los carros que pasan por ella son los pensamientos, y tú eres la consciencia que observa lo que piensa. Puedes no meditar al perseguir los carros (pensamientos) y montarte en ellos. Puedes no meditar al ser el actor o actriz, y darle vida a los pensamientos. En lugar de irte detrás del carro (pensamiento), quédate observando los carros (pensamientos) pasar y desaparecer. Tarde o temprano la carretera quedará vacía. En ocasiones no sabrás que estabas dentro de un carro —estabas pensando— porque ya estás demasiado acostumbrado a pensar; pero rápido que te des cuenta de que te fuiste detrás del carro, regresa a la orilla, a observar. Este tip es demasiado valioso. Observa las emociones. Las emociones no pueden existir si no hay influencias internas o externas que influyan en el cerebro, o patrones conscientes o inconscientes ocurriendo. En lugar de concentrarte en los pensamientos o influencias, observa qué le hacen al cuerpo, sin juzgar, calificar, desear, negar o narrar. Simplemente observando. Por ejemplo, si estás con enojo, siente esa reacción bioquímica en el cuerpo —en el pecho, por ejemplo, o donde sea que sientas el efecto—. No te niegues a esa emoción; solo quédate observándola y verás cómo se va disolviendo poco a poco. Si ves que esa emoción está empeorando, y te desesperas y niegas, entraste a actuar el pensamiento... y no estarás meditando. Acepta y observa. (Ojo, en ocasiones pensaremos que es una emoción subjetiva ocurriendo, pero en realidad es un padecimiento, enfermedad o condición. Y aquí la meditación no será suficiente. En este caso, busca ayuda profesional. La meditación ayudará a no generar sufrimiento, intranquilidad mental y/o negación —sufrimiento no necesariamente es lo mismo que dolor o padecer de algo—.) Mira los pensamientos como si estuvieras viendo Netflix. Cuando cierres los ojos, sé consciente del color "negro", y dale la mayor atención al próximo pensamiento, como si estuviese entrando por una puerta. No te adentres en él. Míralo como si estuvieras viendo Netflix o Youtube. Míralo desde la perspectiva de una tercera persona. No significa que le sigas dando vida. Con solo observar el pensamiento, es imposible que dure mucho tiempo en la mente. Al ser el observador de la mente, esa corriente que crea el cerebro para generar el pensamiento se debilitará. Ahora estás observando a la mente cómo piensa. A esto se le llama estar consciente, atención plena. Entró algo mucho "más grande": la consciencia. Puedes aplicar esto a la voz interna. La voz interna es un pensamiento: la anticipación o imaginación o memoria del cerebro sobre una posible voz, en este caso la tuya. Observa. Sé consciente de tu estado consciente. Esta etapa es mucho más avanzada. En lugar de observar el pensamiento, observa y sé consciente de estar siendo consciente. Como analogía, es como si estuvieras reconociendo que eres la pantalla del cine en lugar de ser las imágenes que se proyectan en ella. Como dice Rupert Spira: "La experiencia de ser consciente es independiente de todo aquello de lo que somos conscientes. Ninguna experiencia afecta la experiencia subjetiva de ser consciente, del mismo modo que nada de lo que ocurre en una película afecta la pantalla en la que se reproduce." [**] Vive en el ahora. Puedes ser consciente del ahora al sentir el cuerpo interior. Sin imaginártelo, sin generar imágenes mentales. Solo siendo consciente. Por ejemplo, siendo consciente de la energía interna que tiene el brazo, la pierna o cualquier otra parte del cuerpo, y quedarte consciente en dicha parte por varios minutos. También, puedes aterrizar en el ahora al ser consciente del silencio o de los sonidos a tu alrededor: las brechas entre sonidos, el abanico, los carros, el viento, los pájaros, etc. (Los sonidos pueden prestarse para distracción, mucho cuidado). Incluso puedes escuchar el sonido que perciben los oídos cuando hay quietud; es como un pitido constante y leve que no molesta. Si te vas detrás de un pensamiento, vuelve al cuerpo interior. "No pienses" más. Nuestro "yo consciente" no puede elegir libremente si pensar o no; ocurrirá automáticamente. Cuando ocurra un pensamiento, no te enfoques en que estabas pensando, no recuerdes que estabas pensando y que deberías volver a estar consciente. Cada pensamiento o distracción que ocurrió hace un "yoctosegundo" atrás ya no importa, ni cuenta. Simplemente vuelve a estar consciente, al estado de observación. Si te das cuenta de estar haciendo esto, vuelve al tip de Vive en el ahora. Estos tips son importantes antes o, si es necesario, durante la meditación. Con el pasar del tiempo podrás crear tus propias "técnicas" para lograr una meditación plena. ¡No es difícil meditar! Solo tienes que ser, observar lo que piensa y lo que es. Las primeras veces puede que no consigas una buena meditación, ya que vienes de un estado de identificación con todos los pensamientos que surgían. La mayoría de las personas pasan por eso cuando comienzan, no estás en soledad. No te frustres o niegues, la consistencia diaria te hará un experto. Recuerda que meditar no es: Forzar la mente a no pensar. Perpetuar conscientemente (y/o ser el actor o actriz de) los pensamientos. Irse al pasado o futuro (tiempo psicológico, estados mentales). Tener el diálogo interno. Negarte al surgimiento de un pensamiento o emoción. Ahora, vamos a regalarte unos estados de meditación para que los apliques.[***] Estado 1: La meditación básica Este estado de meditación es el más conocido. Consiste en sentarte en algún lugar con las piernas cruzadas y la espalda recta, cerrar los ojos (o dejarlos medios abiertos mirando hacia el suelo) y comenzar a meditar. No es necesario colocar los dedos en una posición fija, es opcional. Antes de sentarte, respira lenta y conscientemente unas cuantas veces —y acuérdate de los tips—. (Personalmente, inhalo por 5 segundos y exhalo por 10-15 segundos.) Siéntate cómodamente. Coloca la espalda recta. Cierra los ojos. Para empezar, respira y sé consciente solamente de la respiración: cómo entra el aire, cómo se siente el aire entrando por la nariz; cómo pasa hacia los pulmones y cómo estos se llenan; cómo se infla la barriga; y por último, cómo sale el aire de nuevo por la nariz. Siente y sé consciente de cada sensación. No fuerces la respiración. ¿Por cuánto? Recomiendo a la gente que está comenzando que medite de 10-15 minutos. Pero, en realidad, puedes meditar por cuanto tiempo desees o el tiempo que puedas, como mencioné anteriormente. No te fuerces u obligues. Aplica los tips. Estado 2: Meditación corporal (Chequeo corporal) Este estado de meditación es único. Consiste en meditar siendo consciente del cuerpo. Antes de comenzar, abandona cada imagen mental sobre el cuerpo. No te lo imagines mientras realizas este estado de meditación. Simplemente sé consciente de su sensación. Acuéstate donde desees. Cierra los ojos. Llénate de consciencia aplicando los tips o centrándote en la respiración. Escoge una parte del cuerpo y dale la mayor atención posible ––brazo, cerebro, pierna, entrecejo, hombros, etc.––. Siente dicha parte del cuerpo. Siente su energía o presencia por unos 10, 15, 20 o 30 segundos. Sé consciente, cada vez más, de su energía. Siente cómo, de una manera subjetiva, aumenta mientras más atención le prestas. Luego pasa hacia otra parte del cuerpo y haz lo mismo. Cuando hayas sentido varias partes del cuerpo, ve una a una. Siente que están ahí. Ve de arriba hacia abajo, desde la cabeza hasta los pies —como si le estuvieran haciendo un escaneo al cuerpo en algún laboratorio—. Abandona cada imagen mental sobre tu cuerpo. Siente todas sus partes a la misma vez. Estado 3: Meditación cotidiana Este es el estado de meditación que puedes practicar todos los días, todo el día, en cualquier momento. No requiere que estés sentado, y tampoco requiere que estés con los ojos cerrados. Se trata de estar lo más consciente y atento posible: hacia los pensamientos y patrones mentales, los estados emocionales, la sensación durante el sexo, el agua, el aire, los sonidos, los pasos al caminar, el silencio, etc. Sin negarte, desearlos, calificarlos, describirlos, juzgarlos o narrarlos. Simplemente siendo consciente de ellos. Te daré algunos ejemplos. Si estás fuera de casa, sé consciente de todo lo que ves y sientes. Mira el árbol que tienes frente a ti: sus colores, su quietud, cómo se mueven sus ramas y hojas y la vida que tiene dentro de sí, la vida que es. Sin calificarlo o describirlo. Cuando estés lavando los platos, toma consciencia de la temperatura del agua. Observa cómo se siente al caer en las manos. Observa el color de los utensilios y siente sus formas. Sé consciente de una sola cosa a la vez. Lo que sea que observes (seas consciente) en el momento. La meta es el momento exacto. Mientras te duchas. Cuando nos duchamos y cuando estamos conduciendo son de las ocasiones cuando más pensamientos ocurren, ya que son tareas muy automáticas y comunes de nuestros cerebros. Cuando estés en la ducha, bañera o piscina, sé consciente de cómo el agua toca y se desliza sobre el cuerpo. Siente su temperatura y sensación. Observa cómo la mente intenta robarte la atención, pero solo observa los pensamientos, acéptalos y no te hundas en ellos. Acuérdate de que cada pensamiento que ocurrió hace un "yoctosegundo" atrás ya no cuenta. Lo único que cuenta es el ahora, este único momento presente eterno. Sigue estando consciente mientras te duchas o estás dentro del agua. Mientras conduces, sé consciente de la carretera, los sonidos y del ambiente. Sé que puede sonar aburrido para la mente, pero te lo agradecerás cuando llegues a tu destino. No puedes aburrirte mientras meditas. Lo que se aburre es la mente, y en la meditación solo la estás observando. Mejor dicho: en la meditación no estás identificado con ella. Cuando escuches música, concéntrate en los tonos de la canción, los acordes y/o la melodía. Observa cómo los oídos pueden percibir ondas que son luego procesadas y percibidas por el cerebro como sonidos. Observa la mente si desea irse al pasado a recordar algún momento. Siente y sé consciente de cada emoción que pueda surgir. De igual forma si eres músico o artista: sé consciente de la sensación al tocar el instrumento o al cantar, y en lo impresionante que es el Universo y sus leyes. Estado 4: Meditación de transparencia Esta meditación puede ser muy interesante y a la misma vez complicada, yya que tendrás que luchar en contra de tus instintos automáticos evolucionados. Consiste en verte a ti mismo como algo "transparente" o algo que "no está ahí". Al comenzar a realizar este estado de meditación, practícalo con cosas pequeñas y triviales. Y con el tiempo aplícalo a cosas de más relevancia, como discusiones y situaciones que te hagan sentir mal o incómodo. Cuando estés tranquilamente en la casa y quieras silencio o paz, escucha cada sonido perturbante —alarma de un carro, bebé llorando, música que no es de tu agrado, algún equipo de construcción— como un sonido que no se queda en la mente y el cuerpo, sino como un sonido que atraviesa el espacio en donde te encuentras (objetivamente hablando sería centrarte o ser consciente de la finalización del sonido). Cuando una persona te quiera herir con sus palabras o estés en una discusión de egos, en lugar de tener una reacción negativa o defensiva, escucha el sonido que llega a ti y atraviesa el espacio donde te encuentras. Sé consciente de su desaparición. Evidentemente, el cerebro captará los sonidos y creará un algoritmo que desatará una posible emoción, impulso o sentimiento. No te adentres en los pensamientos o emociones, y no te niegues a ellos. Este ejemplo es el más complicado, ya que estamos configurados evolutivamente para enojarnos, ser influenciados por lo externo y luego pasar a actuar. Quizá sientas que quieres defender el ego, y te sentirás raro en ese momento; probablemente también sientas un impulso automático que quiere salir de ti en forma de defensa. Pero regresa a la observación y meditación. La evolución también hizo posible que el cerebro se dotara de la capacidad de observarse a sí mismo (consciencia), y lo más probable la selección la favoreció. Utiliza esta capacidad. Cuando estés caminando entre la multitud y sientas algún tipo de ansiedad, aplica este estado de meditación. Aplícalo junto al tip Observa las emociones. Acuérdate que siempre puedes aplicar los tips a cualquier situación. En lugar de resistirte a las cosas que piensas que "no deberían estar sucediendo", deja que pasen a través de ti y observa. Este puede ser el comienzo del fin de los enojos y la perturbación de tu tranquilidad. Si ves que estás creando mucha resistencia interior y más ira o resentimiento, significa que estás reprimiendo las emociones, y no será muy placentero o eficiente para tu vida. Importante: Se necesitan más estudios científicos que pongan a prueba la efectividad de la meditación. En ocasiones, la meditación de atención plena pudiera empeorar la ansiedad y la depresión en algunas personas y dejarlas en una situación peor, o incluso puede desencadenarlas por primera vez. Algunas personas dejan a un lado sus tratamientos médicos recetados y pasan a utilizar la meditación como una terapia o medicina alternativa. Desde ahora te digo que no será de las mejores decisiones que tomarás en tu vida. La medicina alternativa pudiera no ser una buena alternativa. "Se ha descubierto que la meditación ayuda a las personas a relajarse y reenfocarse y les ayuda tanto mental como físicamente", dice Katie Sparks, psicóloga colegiada y miembro de la British Psychological Society. A veces, cuando las personas intentan controlar sus pensamientos, la mente puede "rebelarse", dice. "Es como una reacción violenta al intento de controlar la mente, y esto resulta en un episodio de ansiedad o depresión", menciona Katie. No significa que abandonemos la meditación. Por ahora, podemos realizar la meditación desde nuestro plano subjetivo de la consciencia, sin generar falacias o autoengañarnos. Recuerda que siempre puedes ver a un profesional de la salud. ¿Te gustó este blog? Puedes donar, si deseas, aquí. Notas: [*] Cuando digo "evolucionada desde hace 3.8 mil millones de años", no me refiero a que los humanos llevamos existiendo todo ese tiempo; me refiero a que hace aproximadamente 3.8 mil millones de años surgió la primera molécula con capacidades de (auto)replicación: surgió la vida orgánica en el planeta. Nuestra especie, Homo sapiens, evolucionó en África hace unos 200,000 – 300,000 años. No significa que aparecimos de la nada o que fuimos creados por algún diseñador inteligente; formamos parte de la cadena evolutiva desde que surgió nuestra querida amiga la molécula con capacidades de replicación. [**] Rupert Spira, Being Aware of Being Aware. [***] Los nombres de los estados de meditación fueron asignados arbitrariamente.

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