Los humanos son gobernados por imaginaciones | El poder y la trampa de la mente humana

¿Alguna vez te has preguntado por qué el ser humano actual, Homo sapiens, ha logrado sobrevivir efectivamente como grupo por decenas de miles de años, y poder colocarse en la «cima de la pirámide» [1]? ¿En realidad somos una especie elegida por algún dios o entidad sobrenatural o sobrehumana, o por el mismo Universo, lo cual nos hace el «centro» de todo? ¿Por qué los humanos podemos cooperar en masas, digamos, miles de millones de personas, y las demás especies animales no pueden hacer lo mismo? ¿Es el ser humano actual, Homo sapiens, tan especial? Los humanos somos animales también, aunque hagamos todo lo posible por no aceptar este hecho. Estos animales humanos tienen un antepasado común con sus primos chimpancés que vivió hace aproximadamente seis millones de años, y un antepasado común con todo organismo biológico que surgió hace unos 3.8 mil millones de años. Estos preciosos animales humanos actuales simplemente evolucionaron como animales «insignificantes» hace aproximadamente 200,000 a 300,000 años. No surgieron de la nada, fue un proceso «lento» (mira esta imagen y dime dónde comienza el color verde. De una forma análoga funciona la evolución: no hay un punto exacto de surgimiento para una especie. Tampoco hubo algo como el primer Homo sapiens, ya que ninguna especie puede dar a luz a otra especie distinta; de hecho, nunca hubo tal cosa como una primera especie de cualquier género o familia: nunca hubo un primer humano, mono, perro, gato, gallina, etc. —el caso de la mula es un tema aparte—. Pero esto ya es otro tema). Hasta hace poco se creía que Homo sapiens vivía en una esquina de África [2], sin interesarse por explorar el mundo, o por crear un mundo capitalista y consumista para ellos. Nuestra especie, Homo sapiens, no ha sido la única especie humana que ha existido. Han habido varias a lo largo de la historia y prehistoria. Sin embargo, y modestia aparte, estas otras especies humanas nunca viajaron a la Luna, nunca pudieron crear una red mundial interconectada, nunca crearon algo parecido a Internet, y nunca crearon la pizza. Como es de conocer, nosotros, Homo sapiens, gracias a la evolución y selección natural, poseemos capacidades cerebrales y mentales distintas a las demás especies que existen en el planeta. Hace aproximadamente 70,000 años, todo comenzó a cambiar en nuestra cognición, y fue el nacimiento de lo que hoy llamamos historia. (Aunque muchos historiadores prefieren llamarle historia al momento en que nos asentamos y comenzamos a construir las sociedades complejas en adelante.) Fue la revolución cognitiva. Pudimos expandirnos por todo el globo terrestre y todas las tierras que conocemos hoy día. Fue la puerta para darle paso a lo que habita en nuestra imaginación, y en el mundo, en estos momentos. Lo interesante es que no se sabe qué fue exactamente lo que causó este evento. Una teoría es que fue causa de una mutación genética accidental, la cual cambió cómo estaba formado y conectado nuestro cerebro [3]. A esto, como dice Yuval Noah Harari en su libro Sapiens, podemos llamarlo la mutación del árbol del saber. Gracias a este evento estás leyendo esto, y pudiste conocer a tu match de Tinder. Sin embargo, con solamente poseer una capacidad cognitiva «mayor», por sí sola, no es suficiente para hacer que millones o miles de millones de personas funcionen efectivamente, o para haber tomado el «control» del mundo. De hecho, tener una capacidad cognitiva mayor nos hace muy destructivos y peligrosos: pudo (y todavía puede) haber causado nuestra propia destrucción y la de muchas otras especies. Solamente pensemos en algo simple: una bomba nuclear. ¿Por qué, entre nosotros, no nos hemos disparado aún con esas bombitas? Para poder haber sobrevivido como especie tuvimos que haber creado algo más allá. Investigaciones científicas han indicado que los humanos actuales podemos funcionar efectivamente como grupo de hasta aproximadamente un límite de 150 individuos. A esto se le llama el número de Dunbar, y la teoría fue propuesta por el antropólogo británico Robin Dunbar. Después de ese límite, comenzamos a funcionar de una manera mucho menos efectiva y eficiente. Entonces, volvemos a lo mismo, si solo podemos funcionar eficiente y efectivamente hasta ≈150 individuos, ¿cómo es posible que los países, las naciones y sociedades antiguas y modernas de más de 150 individuos, o mejor dicho, de millones o miles de millones, puedan vivir y funcionar juntas… por varios miles de años? Hagamos algo. Imagina amontonar a 10,000 de nuestros primos chimpancés en un estadio de fútbol. Lo más probable es que veas el desorden más grande que jamás vayas a presenciar en tu vida. Los chimpancés sí pueden cooperar juntos en grandes grupos, al igual que las hormigas y abejas. Sin embargo, llegaría una cantidad límite para que los chimpancés ya no puedan seguir funcionando efectivamente. Por lo tanto, en el estadio repleto de chimpancés, seremos testigos de sangre, peleas y conflictos a muerte. Ahora cambiemos esos 10,000 chimpancés por Homo sapiens viendo un partido del Real Madrid, o escuchando al papa Francisco. Ya puedes imaginar cierta diferencia entre nosotros y los chimpancés dentro del estadio. Es en nuestra habilidad de poder funcionar colectivamente lo que nos hizo «dueños del mundo» —dice el ego—. El poder que reside en nuestra imaginación Volvamos al dato anterior: 150 individuos, aproximadamente. ¿Qué hace que podamos superar ese límite y cooperar efectivamente sin que haya una catástrofe como la de los chimpancés o la bombita atómica? La respuesta es: mitos, ficciones y realidades imaginadas. Las demás especies animales y plantas viven en una sola realidad, la realidad objetiva: viven en el mundo de los árboles, montañas, ríos, tierras y mares. Nosotros también vivimos en esa realidad objetiva… pero «por encima» —o por debajo, o al lado...— de esta realidad generamos otra capa de realidad adicional. Esta realidad es ficticia e imaginada gobernada por realidades y entidades ficticias e imaginadas. Le podemos llamar la realidad imaginada o realidad subjetiva (intersubjetiva) imaginada. Ahí está la clave. Definamos qué es un mito. Un mito es una historia que nos contamos entre nosotros mismos, y que vive solamente en un lugar muy especial: la imaginación. Un mito puede convertirse en un hecho si se realizan las observaciones necesarias y se consiguen pruebas suficientes para confirmarlo. Sin embargo, en el caso de los mitos que utilizamos para funcionar como colectivo, son historias que no es posible confirmar como hechos de esta realidad objetiva. Ahora definamos qué es una ficción. Una ficción es una cosa o suceso inventado producto de la imaginación. Estas ficciones son realidades pero imaginadas que residen en la capa adicional que genera nuestra mente. Los mitos y las ficciones no necesariamente son mentiras o cosas malas. Simplemente significa que residen solo en nuestra imaginación. Una mentira sería decirte que tienes una araña en tu cabeza en estos momentos cuando sé que no hay ninguna araña —comoquiera verifica, por si acaso—. No hay duda de que hay mitos y ficciones que generan conflictos y hasta la muerte; otros son inofensivos y hacen el bien. Los mitos y las ficciones creados por la mente de Homo sapiens son lo que han hecho al humano poder cooperar efectivamente en grandes grupos a lo largo de la historia, desde nuestros ancestros de hace 30,000 años, pasando por el comienzo de la civilización hace unos 12,000 años —en la revolución agrícola—, hasta el día de hoy. En otras palabras, nuestra imaginación ha sido de los papeles más importantes para que nuestra especie haya podido sobrevivir durante todos estos milenios (obviamente, no es lo único, ni lo esencial. No obviemos a la selección natural y evolución, y a los instintos evolutivos que nos hacen sobrevivir y reproducir). Y como veremos, millones de personas reconocemos que son solo ficciones y mitos, pero, aun así, seguimos utilizándolas. No importa si es una ficción, un mito o algo objetivo. Pero, ¿qué tipo de mitos, ficciones y realidades imaginadas generamos? Además de mitos y ficciones inútiles como los de Freddy Krueger, el «chupacabras» o los vampiros [4], están los mitos, las ficciones y realidades imaginadas siguientes: el dinero, las leyes, las naciones y los países, los dioses y diosas, las almas y los espíritus, los derechos humanos, las compañías y corporaciones, las marcas comerciales, las religiones, los partidos políticos, las ideologías, los equipos deportivos y muchas otras. Te apuesto a que si te digo que localices alguno, los confundirás con algo objetivo, y pases a decir que sí existen. «Míralos, Juny, ahí están, ¿es que eres fucking ciego?», me dirías. Y es que esos mitos, ficciones y realidades imaginadas, incluyendo a nuestro «yo», los refugiamos con algo objetivo, como veremos más adelante. Repasemos un poco. ¿Por qué todos esos ejemplos son mitos, ficciones y realidades imaginadas? Porque solamente viven dentro de nuestra imaginación. Antes de continuar hacia los diferentes ejemplos, quiero que observes y seas consciente de cómo la mente te puede hacer confundir algo objetivo con algo subjetivo o imaginado. Probablemente hemos estado confundiendo ambas realidades sin darnos cuenta. Pedazos de tierra y líneas imaginarias Una de las ficciones más conocidas que generamos, y uno de los mitos más contados entre nosotros, son los países o las naciones. Y lamento decirte que el país que tanto amas y consideras como una parte de ti... no existe en esta realidad objetiva. Hagamos la diferencia. Un país o nación es un nombre (un nombre también es una ficción) que le damos a cierta porción de tierra para identificarla subjetiva u objetivamente. Esta cierta porción de tierra lo eligen, o eligieron, ciertos humanos, y se trazan líneas imaginarias para dejar saber que hasta ahí llega el país o nación: la ficción. La ficción se vuelve más confusa cuando pensamos en islas. Estarías diciendo que una isla es una porción de tierra que nosotros no pudimos trazarle la línea imaginaria porque ya está rodeada de agua. Y es totalmente cierto. ¡Ves! Ahí ya estamos reconociendo a la realidad objetiva. ¿Puedes reconocer que esa porción es eso mismo? Una simple porción de tierra emergente rodeada de agua. A esa porción —o porciones— de tierra la identificamos con un nombre. Y cuando la identificamos con un nombre, se convierte en la ficción. Cuando viajas a algún país, no puedes ver la nación o al país, aunque la mente te diga que ahí está —es imposible—. Te encuentras con cosas de la realidad objetiva: humanos, animales, edificios, tierras, árboles, montañas, ríos, carros, pedazos de papel con caras dibujadas, pedazos de tela con colores, etc. Pero, ¿poder ver la nación o el país? Imposible. El cerebro recibirá señales no habituales, creará pensamientos a base de la convicción que te dirán que estás en otra parte diferente a tu entorno regular —que desde luego lo estás—: los humanos se dejan llevar por costumbres y normas distintas a lo que tu cerebro está acostumbrado a observar; los humanos se cuentan historias distintas entre ellas, y viven bajo esas historias; el sol «se pone» y «sale» más pronto o más tarde que en mi país; la estructura de la sociedad está construida de una manera distinta a mi tierra; hay animales atrapados desde hace millones o decenas de miles de años en esa porción de tierra porque no pueden vivir en otro entorno por cuestiones evolutivas y geográficas [5], etc. Te estás encontrando con seres individuales y cosas individuales. Te encuentras con otro pedazo de tierra o mar. Te encuentras con la realidad objetiva. Imagínate que realizas un viaje en el tiempo hasta hace aproximadamente 16,000 años, cuando los humanos comenzaron a pisar América. Podías pasar de lo que hoy llamamos Estados Unidos a lo que hoy llamamos México, pero con la única diferencia de que te ibas a sentir en el mismo lugar: pisando tierra y tierra y tierra [6]. Ahora, viaja más hacia «atrás», hasta 23,000 años. Habrías podido pasar de lo que hoy llamamos España a lo que hoy llamamos Portugal, y habrías sentido que solamente estabas pisando tierra, como lo hiciste en América. Nunca habrías podido observar las líneas imaginarias que hacen dividir un pedazo de tierra... y todavía no puedes verlas. Pero esas líneas imaginarias generadas por nuestra imaginación las podemos refugiar en esta realidad objetiva: fronteras en forma de construcciones, por ejemplo, para saber que hasta ahí llega la ficción en forma de nación, país o pueblo. Pero en el mismo momento en que cruzas una nación, país o pueblo, te sentirás de la misma forma que hace 5 metros de distancia, en el mismo pedazo de tierra. Sin embargo, solamente la mente e imaginación te harán creer que estás en otro lugar completamente distinto al que estabas hace 5 metros de distancia. ¡Es el mismo fucking pedazo de tierra! Hablemos de las banderas. ¿Qué es una bandera? Te tengo una respuesta muy amigable: una bandera es un pedazo de tela que carece de un valor intrínseco. Pero a este pedazo de tela carente de valor intrínseco le atribuimos una historia que nos contamos los unos a otros: este pedazo de tela representa una porción de tierra, y este pedazo de tierra representa otra ficción. Le das este pedazo de tela a un chimpancé y habrán altas posibilidades de que se limpie el culo cuando termine de defecar, o quizá la rompa en pedazos. Incluso yo también puedo hacerlo, y lo haría si fuera necesario [7]. Sin embargo, le das este pedazo de tela a un Homo sapiens, diciéndole que representa la historia de los sacrificios, luchas y logros de las personas y cosas que han vivido ahí; se dirigen hacia ti, y te dicen que tú eres parte de esa historia, y debes defender y creer en la ficción —ya que sería una falta de «respeto» hacia los Homo sapiens de tu alrededor o del pasado el no hacerlo—. Y muchas otras historias que nos contamos entre nosotros mismos. Ahí el cerebro y la mente hacen su trabajo: ya el Homo sapiens no vería un simple pedazo de tela que carece de valor intrínseco, ahora mira una ficción gracias a las historias que nos hemos contado. El humano a mi lado también cree en la nación y bandera, y por lo tanto, no nos podemos hacer daño porque tenemos la misma creencia, creemos en la misma historia, mito y ficción. A diferencia del desastre de los chimpancés en el estadio de fútbol, el humano a mi lado y yo no vemos a otros humanos jugar con una pelota como tontos. Yo y los humanos a mi lado estamos viendo a nuestra nación o país jugar. ¡Y yo soy la ficción! ¡Yo soy mi país! Puerto Rico no existe, sino varias porciones de tierra rodeadas de agua. Estados Unidos no existe, sino una porción de tierra que determinamos que en esa área es Estados Unidos, y después de ahí ya no lo es. Al igual que con Australia, España, México, India, China, etc. La creencia en estas ficciones ha hecho varias cosas buenas, como formar relaciones amorosas y sociales entre los compatriotas, cooperar de una manera específica para poder llevar adelante «nuestra» ficción, unir a «sus» Homo sapiens cuando se celebran los juegos olímpicos y otros eventos, hacen que generemos compasión y empatía por las personas de «mi» ficción, hacen posible que celebremos juntos ciertos comportamientos e historias (costumbres y tradiciones, por ejemplo) que nos han marcado desde pequeños. Y muchas cosas que estas ficciones —junto a la ficción y mito que es la cultura— crean. Estas ficciones, sin embargo, pueden traer consigo, si no se reconocen como lo que son, una creencia que puede tornarse peligrosa: el nacionalismo. Y el nacionalismo puede traer consigo el nacionalismo extremo o chovinismo. Asesinaré y despreciaré a los Homo sapiens que no pertenezcan a dentro de esta línea imaginaria o pedazo de tierra, a los que no tengan costumbres y tradiciones igual, a los que no se cuenten las mismas historias (mitos) que nosotros. Voy a luchar por un ejercito que tiene intereses egoístas personales que se refugian en un súper ego, incluso si se tienen que destruir familias, niños y minorías por la causa. Pueden hacer que dos grupos de Homo sapiens que compartan distintas mitos se odien entre sí por sus diferentes creencias, culturas y costumbres; que el mundo entero viva en separación y conflicto, como lo vimos muy bien en el siglo XX. Aquí tenemos el primer ejemplo de mitos, ficciones y realidades imaginadas que nos hacen cooperar como colectivo de millones o miles de millones de personas, y que además pueden tornarse muy peligrosas. Lo más interesante de todo es que las naciones, los países y pueblos no existen en la realidad objetiva. Solo existen en nuestra imaginación. Más importante, en la imaginación colectiva de los Homo sapiens. Solo existen pedazos gigantes de tierra, montañas, mares, colinas, humanos, telas, etc. Eliminemos estas ficciones y estos mitos y no habría civilización... no habrías estado leyendo esto. Sin embargo, estas ficciones y mitos, por sí solos, no podrían funcionar en los grupos de millones o miles de millones de Homo sapiens. Las ficciones como estas necesitarían crear más mitos, ficciones y realidades imaginadas en los qué basarse si las personas pertenecientes a la misma no desean ver la destrucción, el conflicto, el caos y la sangre. El tipo de mito necesario Los chimpancés tienen y viven bajo sus «reglas». Los leones y tigres viven bajo sus «reglas». Las abejas y hormigas viven bajo sus «reglas». Y nosotros vivimos bajo las nuestras. Pero, a diferencia de nosotros, las demás especies viven solamente por reglas «creadas» por la selección natural. Nosotros, en cambio, tenemos reglas moldeadas por la selección natural, pero por encima de esa «reglas» naturales, generamos reglas adicionales para poder cooperar como colectivo de miles, millones y miles de millones de personas: las leyes. Pero antes de entrar a las leyes, veamos el poder de nuestra imaginación con un simple ejemplo. ¿Recuerdas el estadio de fútbol? Volvamos hacia él. Coloquemos a veintidós de nuestros primos chimpancés, digámosle lo que deben hacer, y démosle una pelota. ¡Que comience el peor juego de la historia! Los chimpancés quizá utilicen la pelota para pegarle, pero no para llevar diferentes reglas específicas que los humanos solo somos capaces de crear. Los chimpancés pueden patear el balón y, por suerte, anotarla dentro de la portería. Nosotros, Homo sapiens, sin embargo, tendríamos en mente ciertas reglas (mitos): si hubo o no hubo fuera de juego, si la tocamos con la mano, si hubo falta, y otras decenas de reglas. Y no solo los humanos en el campo tendrán presente estos mitos, los humanos en las gradas también. Ahora, coloquemos a 100 bonobos en un supermercado para que hagan sus compras. Te recomiendo que, si eres dueño de un supermercado, no lo intentes —y si lo haces, por favor, escríbeme como te fue—. Hay altas probabilidades de que los bonobos destrozasen el establecimiento: comiéndose y dañando lo primero que miren, teniendo sexo en grupo, tirándose heces los unos a otros, etc. Nunca verás a los bonobos escogiendo deliberada y cuidadosamente los diferentes productos y alimentos, sin robar, en modo «debo comportarme bien», y luego haciendo la fila para pagar con unos papeles o un pedazo de plástico. Por ahora, solo los humanos podemos generar ciertas reglas para comportarnos de una manera específica dentro de un establecimiento como estos —aunque sería interesante ver cómo los humanos se tiran heces los unos a otros y tienen sexo dentro de un supermercado—. Pero, ¿en dónde podemos ver estas reglas? ¿en dónde residen? ¿de dónde vienen? Imagina que en un edificio con distintos Homo sapiens, que consideramos líderes de la ficción en donde vivimos, escriben sobre un pedazo de papel ciertos garabatos, o en una computadora varios ceros y unos, y tu cerebro y mente los leen. Ahora, los garabatos o la información binaria dicen que podemos tomar todo lo que deseemos del supermercado, a nuestro gusto y placer, y comportarnos de la manera que deseemos. Ahora, vayamos a un supermercado y observemos la magia y el poder que tienen ciertos garabatos, ceros y unos… pero en especial, los mitos. Las leyes, también, son ficciones y mitos necesarios. Las leyes simplemente son mitos que nos contamos, o nos cuentan, para poder comportarnos de maneras específicas y poder llevar un orden entre Homo sapiens. Pero no puedes encontrar exactamente qué es lo que dicta que las leyes sean así, no hay nada que diga que esto debe ser de esta manera [8]. Puedes, sin embargo, encontrar a las personas reunidas que dictan dichos mitos (dichas leyes); puedes ver las estructuras de construcción específicas (los edificios del gobierno); puedes leer ciertos garabatos que representan más mitos (la constitución); puedes ver los pedazos de papeles con tinta. Pero nunca encontraremos en la realidad objetiva una ley o una regla imaginada. Nunca nos encontraremos con una ley caminando a nuestro lado, y ni siquiera en los edificios en donde los humanos están creándolas. Solo en la imaginación. Como mencionamos, lo interesante es que los animales también tienen sus propias normas para poder convivir juntos. Pero no tienen un sistema creado por un cierto tipo de animales que dicten cómo hay que comportarse en manadas. Los demás animales, como mencionamos, están determinados por las leyes de la propia evolución. Nunca verás a moscas hembras formando una manifestación feminista enfrente del capitolio de moscas para que hagan un mito (ley) igualitario entre hembras y machos. Nunca verás a gatos formando un bufete de abogados para defender a los gatos Munchkin por discriminación. Tampoco verás a un grupo de bonobos formando unas elecciones democráticas para elegir a la próxima bonobo presidenta [9]. Solo los Homo sapiens poseemos esa capacidad para, más allá de las «reglas» de la evolución y selección natural, generar estas ficciones y mitos que residen «por encima» de la realidad objetiva para poder comportarnos de una manera efectiva. Ya las leyes y reglas imaginadas se han convertido en parte de nuestra psicología. Y hemos crecido para actuar de una manera específica a base de ciertos mitos creados por la imaginación y creencias de otras personas. Lo interesante es que las leyes y reglas (como las del fútbol) no existen realmente. Solo residen en nuestra imaginación, y más importante, en la imaginación colectiva de las otras personas. Trabajar para algo que no existe Si ahora mismo te pregunto si Google, Apple, Walmart u otra compañía o corporación existen en esta realidad objetiva probablemente me digas que sí: «claro, fui a Walmart ayer utilizando la aplicación Google Maps que tengo en mi iPhone». Permíteme cambiarte un poco tu perspectiva sobre este tema. Tú no puedes encontrarte con Google si estás caminando por la calle. Ni siquiera puedes encontrarlo físicamente en este planeta. Te reto a que lo hagas, en especial si vives en Mountain View, California, donde se encuentra la sede de la compañía. Pero con una sola regla: no se vale confundir la realidad imaginada con la objetiva. ¿Listo? ¡Vamos! Sí, puedes ver los pedazos de construcciones (edificios) en donde opera esa compañía… pero eso no es Google. También, puedes ver el garabato colorido (logo) de Google en cualquier lugar, en Internet, la televisión, billboards, aplicaciones móviles, etc.... pero eso no es Google. Puedes ver su página web tan única y legendaria... pero eso no es Google. Puedes ver los carros que trazan las carreteras de los mapas electrónicos, y los productos físicos que hace la compañía... pero eso no es Google. Estás viendo la realidad objetiva: construcciones, garabatos, colores, redes inalámbricas, aparatos tecnológicos llamados televisores que transmiten imágenes (televisión), billboards, teléfonos móviles, carros y humanos. Todos esos ejemplos son cosas de la realidad objetiva en donde la realidad imaginada de Google se esconde. Pero a Google en sí no puedes verlo, es imposible. Hagamos algo interesante. Con el poder que me ha conferido esta computadora en donde escribo estos ceros y unos, me haré jefe de la compañía. Ahora, despediré a todos los empleados de la compañía... pero Google seguirá de pie. Derrumbaré todos los edificios con todos los ejecutivos y gerentes adentro... pero Google seguirá de pie. Tomaré todos los productos tipo hardware de Google, los destruiré hasta convertirlos polvo, los enviaré a la galaxia más cercana, Andrómeda… pero Google seguirá de pie. Sin embargo, un juez puede tomar su bolígrafo, escribir un garabato sobre un papel, crear su magia poderosa —la misma que utilicé yo—… y hacer que Google desaparezca. Aunque las personas que trabajaban para Google sigan existiendo, sigas viendo el logo, los edificios sigan intactos, y todos los productos físicos de Google sigan funcionando y existiendo. Pero Google ha desaparecido. Gracias a las ficciones anteriores —las leyes y reglas imaginadas— y a las órdenes judiciales, se pueden crear o eliminar ficciones como lo son las corporaciones y compañías, como lo es Google, Walmart y Apple. Los abogados se refieren a las compañías como Google con el nombre de ficción legal. No existen en el mundo físico de la realidad objetiva, pero sí como entidades imaginadas legales no humanas que pueden ser procesadas legalmente como si fueran humanos reales. Pero no siempre fue así. Utilicemos el mismo poder autoconferido, y viajemos en el tiempo hacia el siglo XIX. Si yo creaba una compañía de carros, todo lo que le ocurriese a las personas que compraban mis productos, la responsable tenía que ser la persona dueña de la compañía, en este caso yo, y no solamente a la entidad ficticia legal, como lo es hoy día. Yo habría tenido que pagar las multas, responder a las acusaciones y demandas, etc. Probablemente habría tenido que vender a uno de mis hijos al servilismo. No fue hasta que los sistemas legales (o grupos de Homo sapiens contando mitos) decidieron tratar y procesar a las compañías y corporaciones aparte, sin tener que perjudicar al propio individuo, en este caso mi persona, que el mundo cambió en uno de sus aspectos. Así es como nuestra economía pudo prosperar, creando más y más ficciones legales, utilizando todos los recursos primos, contaminando el ambiente con los productos... y nuestra ecología comenzó a destruirse poquito a poco. Las compañías y corporaciones no existen en esta realidad objetiva. Solo existen en nuestra imaginación. Y más importante, en la imaginación colectiva de las personas. Cuando vayas de camino hacia tu trabajo, puedes decirle a las personas que irás a trabajar para algo que no existe realmente, y ganarte la vida mediante algo que no existe realmente, como veremos a continuación. Ellas te mirarán como si fueras algo raro, pero tú continúa. Sin embargo, esta creencia en ficciones legales no podrían funcionar sin otra cosa importante, como te darás cuenta. Dinero, money, cash... y guineos Aclaremos qué es el dinero. Dinero es todo aquello que pueda intercambiarse como un pago de bienes, servicios, deberes u obligaciones, etc. [10]. Su origen etimológico viene del vocablo latino denarius: el nombre de la moneda que utilizaban los romanos. Mi cuerpo puede ser dinero, la manzana que tengo en la nevera puede ser dinero, la flor que recoja en el bosque también pudiera serlo. ¡Hasta mi conocimiento pudiera ser dinero! Pero para propósitos de este blog, con dinero me referiré a la primera imagen que nos viene a la cabeza cuando escuchamos la palabra: moneda, papel o transacción electrónica (nótese que las tres residen en la realidad objetiva). El dinero universal actual es una historia inventada basada en la confianza de las personas. Para mí, este tipo de dinero es la ficción, el mito y el sistema imaginado más efectivo de todos los tiempos. Todos podemos cooperar de una manera efectiva cuando se encuentra esta ficción y mito en medio. No me creas a mí, solamente entra a un restaurante, donde otros humanos manejan la comida de otros humanos, y observa cómo se comportan. No todo el mundo cree en las leyes. No todo el mundo cree en dioses o diosas. No todo el mundo cree en partidos políticos, ideologías y religiones. No todo el mundo cree en las naciones y países... Pero todo el mundo cree en el dinero. Y no es que creas, es que tienes que creer, o hacer que crees, para que puedas sobrevivir en el sistema en donde vives ahora mismo. El dinero que conocemos hoy es la invención más importante. Este dinero es universal, y su invención fue hace aproximadamente 5,000 años. En la antigüedad no «existía» como dinero la moneda o el pedazo de papel sin valores intrínsecos; casi todo era intercambio de bienes y servicios. Tú me das una cantidad de tu siembra y yo te limpio los zapatos. Tú me das una cantidad de peces y yo a ti te doy pollos. Luego, el primer dinero universal que existió, hasta ahora, fue la cebada sumeria, una planta de cereal [11]. Todo el mundo utilizaba la planta como unidad de dinero. Pero aquí surge un problema con este tipo de dinero. ¿Qué pasa con las plantas? Se mueren o pudren con el tiempo si no se utilizan mientras no están en el suelo fértil, los ratones y otros animales se la pueden comer, y es un poco complicado transportar grandes cantidades —solo imagina a alguien entrando por la puerta del supermercado con la exageración de plantas sobre su espalda para poder pagar lo que consumimos hoy—. Había que utilizar la imaginación y resolver todos estos problemas. Por consiguiente, gracias a las relaciones políticas, sociales y económicas, pudimos cambiar el sistema de juego. Y, hasta ahora, todo comenzó en Mesopotamia. El avance que cambió la historia fue cuando las personas comenzaron a creer y confiar en el tipo de dinero que no contenía algún valor intrínseco. Aunque era mucho más fácil de guardar, mantener y transportar. Ese tipo de dinero sin un valor intrínseco que cambió la historia fue el siclo de plata, alrededor del año 3,000 a.e.c. De ahí que también hayamos creído en el oro, la plata y el papel como formas de dinero. Ahora el dinero no me lo comen los ratones y demás animales, puedo tenerlo años guardado, sin uso, y no se pudre; puedo llevar menos cantidad de siclos de plata en comparación con la planta de cereal, pero con más valor. ¿Cómo pudo haber surgido esta creencia peculiar? Se me ocurre una idea especulativa, y digámosla rápido en pocas oraciones. Soy el emperador de un gran imperio. Tengo un imperio con cientos de miles de soldados. Los soldaditos matan. Las personas deben respetar al emperador, a mí. Si no, llamo a los soldaditos para que las asesine por falta de obediencia. Les digo que este pedazo de metal ahora es universal y representa mi poder imperial. Decir o hacer lo contrario conlleva a la muerte. Si es un trozo de papel o metal, y tiene mi bella cara en él, o la de cualquier otro rey o reina, la persona sabrá lo que le espera, así que debe creer que el papel con mi cara tiene valor —te estoy viendo, ¡recuerda mi cara plebeya!—. Todos respetan al rey, creen en el rey, en mí, así que si digo que crean en el papel porque creen en mí, lo harán. Y así pude presentarle este pedazo de metal o papel a mis queridos peatones. Sin embargo, un pedazo de oro, plata o papel carecen de un valor intrínseco. Tú no puedes comerte o beberte un canto de oro, plata o papel. Ni siquiera el gobierno puede crear armas efectivas de papel u oro. Solamente podemos confiar en él —en ese tipo de dinero—, creer que existe en realidad, en que tiene algún valor que nos hace cooperar de manera colectiva, y asignarle una cantidad de valor imaginado a las cosas. Pero ¿qué es exactamente lo que determina que el dinero de papel, oro, plata o digital haga que puedas comprar un par de zapatos, y no puedas comprar esos mismos zapatos con un racimo de guineo, o con plantas de cebada? Es nuestra confianza en él, y en que las demás personas también creen en él. Creo en el dinero porque mi vecina cree en el dinero, el jefe de la compañía cree en él, el joven que me cobra en el supermercado también lo hace. ¡Todas las personas que conozco creen en este dinero! Entonces, yo también. El dinero existe porque todos creemos en él. Nos contamos historias como «las manzanas en mi nevera cuestan 3 unidades —o una, dependiendo de la unidad—», «el racimo de guineos cuesta cinco unidades», «los zapatos cuestan treinta». En un experimento realizado en mi cabeza, me imaginé a 3 científicos dándole a un chimpancé un pedazo de papel para que fuera y comprara un racimo de guineos. Es de suma importancia señalar que el chimpancé ignoró el pedazo de papel, se lo pasó por el culo, corrió hacia los guineos, los agarró y salió corriendo para comérselos afuera. Nunca el bendito chimpancé fue hacia el racimo, le dio el pedazo de papel a la cajera y salió como todo un buen miembro de la familia Hominidae. ¡Cuánta decepción al leer luego el experimento! Los animales pueden intercambiar cosas con un valor intrínseco como «yo te doy un guineo, y tú me das un melón», «tú me rascas la espalda, y yo la tuya». Y nosotros también podemos, ¿quién dijo que no? Pero ellos no te aceptarán un pedazo de papel o una transacción por Paypal por un racimo de guineos, como lo pudimos notar en el experimento. Solo nosotros poseemos, hasta ahora, esa capacidad cognitiva de darle un valor imaginado a un papel. La creencia en el dinero es súper útil e importante. Podemos lograr muchas cosas. Puedo hacer que unos completos extraños, que hace 30,000 años me habrían asesinado, me construyan una piscina detrás de mi casa… ¡hasta los dejaría hacer sus necesidades en el baño! Puedo hacer que un completo extraño me haga una cirugía a corazón abierto para poder salvarme. Puedo hacer que mis hijos coman y tengan un techo, y que yo también coma y tenga uno. Puedo donarlo a organizaciones caritativas para que ayuden a otros Homo sapiens niños. Podemos, sin embargo, lograr más cosas con el dinero. Esta creencia en esta ficción y mito ha hecho que personas vivan intranquilas y enfermas por inestabilidad económica. Ha hecho que personas se quiten la vida por perder grandes fortunas. Ha hecho que familias vivan en la miseria. Hace posible la compra de cualquier psicópata para que asesine un enemigo, o a alguien que esté ganando más poder de los que tienen el «poder». Hace que las personas coloquen sus vidas al borde de la muerte. Aunque, en realidad, este dinero no es tan importante para el ser humano; por sí mismo no puede hacer nada. Es nuestra creencia en él: cómo nos hace confiar los unos a otros, cómo nos hace comportar. El dinero puede ser muy útil y peligroso a la misma vez, al igual que las demás creencias en ficciones. Sin embargo, el dinero es la ficción más importante, hasta ahora, para el ser humano actual... aunque no exista en esta realidad objetiva y solo en nuestra imaginación. Pero más importante, en la imaginación colectiva de las personas. El día en que todo el mundo deje de creer en el dinero actual —cosa que probablemente no suceda, por lo menos no hasta unos largos siglos—, la historia cambiará, el sistema cambiará, el estilo de vida de las personas cambiará. Como lo hizo cuando dejamos a un lado el intercambio de plantas de cereales. ¿Pero ha sido el dinero lo más impactante en las vidas de los humanos modernos a lo largo de la historia? ¿Es el dinero la única creencia ficticia que impacta la vida de las personas en la modernidad? Al igual que el dinero, hay más entidades invisibles y ficticias que han estado presentes en nuestro mundo por un largo período... gracias a las historias que nos contamos, gracias a los mitos. Mi dios es más real que el tuyo Las entidades sobrehumanas y sobrenaturales han sido de las ficciones y realidades imaginadas que, mediante mitos, más duración han tenido a lo largo de la historia. Desde la creencia en que un árbol tiene su propia alma (animismo); pasando por los dioses de los griegos, romanos y vikingos (politeísmo); hasta la creencia dominante de hoy, la de que un dios personal me vigila y, como una cámara de seguridad desde algún lugar más allá del Universo, sabe todo lo que hago y pienso (monoteísmo) [12]. Los dioses y diosas son ejemplos de entidades imaginadas sobrehumanas e invisibles las cuales residen más allá, o dentro, del Universo. Son los «causantes» de las lluvias, la buena fortuna, la furia de la naturaleza, de nuestra buena y mala suerte, de todas las muertes y nacimientos, del movimiento de los átomos, las leyes del Universo, de que mi ex la esté pasando mal, en fin, de todo… menos de las acciones que tomamos mediante nuestro ilusorio libre albedrío. Si yo hago algo mal, Dios me castigará. Si yo hago algo bien, Alá me recompensará. Entonces hay que portarnos bien para que Dios o Alá o Brahma o Siva no nos envíen al infierno cuando mi cerebro deje de funcionar —cuando muera—. Para conocer un poco el poder de la imaginación que el cerebro de Homo sapiens hace posible, veamos brevemente algunas de los diferentes tipos de creencias que se han llevado a cabo a lo largo de la historia, y cómo fueron evolucionando. Animismo Antes de la creencia en muchos dioses o uno solo, existía el animismo [13]. No solo los humanos poseían algún valor superior a todas las demás especies, tampoco éramos los únicos que poseíamos un alma y sentimientos, sino que todo era parte del todo, todo poseía valor, voluntad propia, sentimientos y un alma. Los árboles poseían un alma, también los zorros, el agua y toda la creación; había que respetarlos y tratarlos por igual, rendirles tributo, independientemente de que fuera una roca gigante que cayó encima de mi casa porque hubo un derrumbe en la montaña a causa de un temblor. La roca así lo quiso, ya que la semana pasada tiré una piedra al lago, se ahogó, y su familia la estaba defendiendo. Ahora tendré que disculparme con ella, adorarla y ver la televisión juntos. Así todos podíamos vivir en armonía, orden, justicia y sentido. Politeismo Luego del animismo llegó la creencia en que no todo podía tener su propia voluntad; no podría ser así. Las lluvias no ocurrían porque las nubes con alma así lo querían, o por los cambios en la presión y temperatura, sino porque un dios o diosa lo debía estar causando, ya sea por furia o bendición. Ya la roca gigante no cayó encima de mi casa porque así lo quiso, sino porque un dios así lo quiso, ya sea por furia o bendición. ¡Ya no podré ver la televisión con Gustavito, la roca! Y así mismo con los otros eventos de la naturaleza y el Universo. El Universo era llevado a cabo por diferentes dioses y diosas. Unos dioses se encargaban del mar, otros del sol y la medicina, otros de la guerra y otros de la belleza y el amor. El orden entre los Homo sapiens surgía cuando escogían a su dios favorito, y todas sus buenas o malas obras eran dedicadas a su dios o diosa favoritos. Hasta ahora, los registros nos señalan que todo esto comenzó a ocurrir hace aproximadamente 5,000 años [14]. Monoteísmo Luego, algunos de los seguidores de los dioses politeístas se enamoraron demasiado de su dios favorito y, por consiguiente, poco a poco se apartaron de la creencia politeísta. Su dios elegido o favorito era el único dios de todo el Universo. Había comenzado la revolución monoteísta. En Egipto, alrededor del año 1350 a.e.c., el faraón Akenatón creó lo que hasta ahora se conoce como la primera religión monoteísta. Akenatón declaró que el dios Atón [15] era el único poder supremo que gobernaba todo el Universo, e intentó detener los demás cultos que adoraban otros dioses. Después murió y volvieron al politeismo. Pero después de ese después fue historia, ¿entiendes? Las personas, con el tiempo, decidieron dejar de creer en muchas entidades sobrehumanas y sobrenaturales para comenzar a creer en una sola deidad: Dios o Alá, Brahma, Siva, etc. La creencia religiosa monoteísta se convirtió en la orden del día, hasta el día de hoy. (En estos últimos 2,000 años nos han lavado el cerebro con tanto monoteísmo, que han hecho que consideremos el politeísmo y el animismo como algo ignorante o ingenuo. Pero del mismo modo que el politeísmo y animismo, muchas religiones monoteístas coquetearon con ideas politeístas y animistas: miles de santos que velan por las cosas y por mí, ángeles que nos cuidan en todo momento, almas, espíritus, etc. Las religiones monoteístas le deben mucho al politeísmo y animismo.) Por lo tanto, insertamos en esa realidad imaginada la idea de un solo dios que nos da orden y sentido a nuestras vidas. La pregunta es, ¿existen en esta realidad objetiva? Lamentablemente, o afortunadamente, no [16]. Solo residen en nuestra imaginación. [17] Los dioses y las diosas no existen en esta realidad objetiva, pero los refugiamos aquí: mediante mitos; en una construcción de cemento o madera que llamamos iglesias, templos, etc.; en unas hojas de papel y tinta con garabatos, que han sido replicadas y mutadas desde hace miles de años; en ondas de voz que generan los Homo sapiens llamados sacerdotes, chamanes, líderes religiosos, etc.; en imágenes y cuadros hermosos con pintura; en estructuras repletas de artes impresionantes; en figuras construidas de madera, piedra y otros materiales. Y como esos mitos y realidades imaginadas los hemos representado aquí a lo largo de milenios, generación tras generación, meme tras meme, nuestro cerebro piensa que existen en realidad. La creencia en un dios no es mala, ni buena; eso depende del Homo sapiens que la adopte en su cerebro. Cualquiera es ¿«libre»? de adoptar su propia creencia. La creencia en un solo dios ha unido a miles de millones de personas a lo largo de la historia. Imaginemos el estadio de fútbol con los chimpancés, y en el centro del estadio se encuentra el papa dando una misa. ¿Qué crees que le pasaría al papa? ¿Qué piensas que ocurrirá en las gradas? Ahora imaginemos lo mismo, pero con humanos a su alrededor. Los dioses han hecho que la vida de muchas personas tengan sentido en cada momento. Los dioses han privado a muchísimas personas de quitarse la vida. El dios Sobek hizo que los Egipcios construyeran el lago Fayum, ya que todos pensaban que el faraón era Él mismo encarnado gobernando el imperio. Y muchísimas otras cosas. Los dioses han unido a la humanidad. Además, los dioses han hecho que se mataran entre diferentes miembros de distintas religiones, e incluso de la misma religión, como fue el caso del cristianismo entre católicos y protestantes. Los dioses han hecho que los papas organizaran las cruzadas porque era un mandato asesinar a los infieles y paganos. Han hecho que atraquemos y matemos a extranjeros, robándoles sus pertenencias y conquistando sus tierras, como el caso de los vikingos. Los dioses han hecho que se derrumben torres en una mañana común, ya que fue un mandato, como en el caso del Islam. Han hecho que humanos con diferentes creencias se odien y repugnen los unos a otros por no poseer los mismos parásitos. Y muchas otras cosas que han realizado los dioses de las religiones monoteístas y politeístas. Los dioses han unido pero también separado a la humanidad. Podrías estar diciendo que los dioses no han hecho todo esto, sino los humanos. Y es cierto. Pero hoy día también decimos habitualmente que Estados Unidos creó la primera bomba nuclear, que Amazon explota a sus trabajadores y que el dinero cambia a las personas. ¿Por qué no decir, aunque sea por decirlo, que los dioses han causado todo esto? Al fin y al cabo estamos hablando de mitos, ficciones y realidades imaginadas. Lo interesante es que los dioses, espíritus, almas, ángeles, santos y religiones no existen en esta realidad objetiva, solo residen en la capa que generamos por encima: la realidad imaginada. Pero más importante, en la imaginación colectiva de los Homo sapiens. Si no diferenciamos la realidad objetiva de la imaginada, y tampoco reconocemos cuando nos encontramos en una de ellas, podríamos volver a presenciar un acto como el 9/11. Diferenciar las realidades ¿Cómo podemos diferenciar las realidades? Imagina un trozo de piedra. Puedes notarla, observarla, sentirla y probablemente hasta olerla y degustarla —aunque no te recomiendo mucho la última opción—. Cuando tomas la piedra en tu mano, notas que no puede hacer nada; no puede invocar una furia o bendición sobre ti, y tampoco puede hacer algo por ti a su voluntad a menos que lo imagines. Es un simple saco de átomos y moléculas en su forma estable. Es la realidad objetiva. Enfrente de mí hay una mini estatua de piedra que representa a Siddhartha Gautama meditando. Mi cerebro puede observar que es un simple trozo de piedra, también. Pero esta vez nota algo distinto: una forma humana, una figura histórica que ha representado algo importante para muchas personas. Ahora, digamos que soy un budista principiante —que no lo soy, aunque he traído mucha filosofía budista a este blog—. Quizá mi cerebro deje de observar solamente la realidad objetiva (el simple trozo de piedra), y le dé la bienvenida a la realidad imaginada. Ya no es una piedra; ahora es Siddhartha, y puedo adorarla, pedirle y «sentir» la esencia de Gautama el Buda [18]. Ahora la piedra se ha convertido, o la he convertido, en algo más que un simple saco de átomos y moléculas en su forma estable. De algo que no puede hacer nada por sí, a algo con una esencia... y yo puedo conectarme y comunicarme con ella. Pasé de la realidad objetiva, a la realidad imaginada. Y si no tengo la suficiente consciencia conmigo en el momento presente, puedo confundir ambas realidades y comenzar el posible conflicto y separación. Imagina que estoy apegado a la realidad imaginada y a la imagen que el cerebro y la mente construyeron sobre la estatua, y no puedo diferenciar ambas realidades. En lugar de reconocer que es un simple saco de átomos y moléculas y nada más, ahora solo veo una esencia, algo sagrado. De momento, entra Hillary Clinton a mi cuarto, mira la piedra, la tira contra el piso y la estatua se rompe. Esta confusión de realidades hará creerle al ego que le han faltado a la moral, que es un acto inaceptable. ¡Cómo se ha atrevido a entrar a mi cuarto y, como si estuviera en su casa, romper “mis” átomos y moléculas en sus formas estables! Insultaré a Hillary y crearé enemistad con ella, no solo por su exceso de confianza, sino también, y más importante, por haber destruido el saco de átomos y moléculas en su forma estable. Ahora le «hackearé» sus emails para que pierda las elecciones. Pero los ejemplos «negativos», aunque demasiados, son una minoría en comparación con los «positivos» o neutrales. Ese simple saco de átomos y piedras en forma humana puede hacer que decenas de miles de personas se unan para meditar juntas, en lugar de funcionar deficientemente por culpa de nuestro límite de 150 personas, creando una unión y una vista agradable y hermosa para presenciar mediante nuestros ojos. Algo que decenas de miles de leones no podrían lograr. ¿Cómo diferenciar las realidades? Una forma para reconocer la realidad imaginada es ser consciente de cuando entran a escena los pensamientos en forma de mitos. Por ejemplo, ya no estoy mirando un papel —que es una forma estable de átomos y moléculas—, ahora noto en mi mente una historia que me dice que el papel vale, no uno, dos o tres, sino cinco manzanas. Otra forma es comparar con las demás especies. Tres ejemplos: (1) darle un dólar a un chimpancé y observar su comportamiento; (2) decirle, de alguna forma, a un bonobo que nos regale su guineo para que se gane un lugar en el cielo de los simios; (3) por último, crear una línea imaginaria, sin ninguna construcción física, y multar al león que la cruce [19]. Algunas formas para reconocer la realidad objetiva sería mediante el pensamiento lógico, la observación y lo empírico, la consciencia y/o el estudio. Un ejemplo es ser consciente que frente a mí no está Siddhartha o su esencia, sino un trozo de piedra con el molde de un humano, y reconocer que las piedras no pueden hacer nada más que lo que las leyes de la física y química (del Universo) dicten. Otra forma, y esta vez para reconocer si es solo un mito de la sociedad o cultura, es, como dice Yuval Noah Harari en su libro Sapiens, utilizar «la regla empírica: "La biología lo permite, la cultura lo prohíbe". La biología tolera un espectro muy amplio de posibilidades. Sin embargo, la cultura obliga a la gente a realizar algunas posibilidades al tiempo que prohíbe otras. La biología permite a las mujeres tener hijos, mientras que algunas culturas obligan a las mujeres a realizar esta posibilidad. La biología permite a los hombres que gocen del sexo entre sí, mientras que algunas culturas les prohíben realizar esta posibilidad.». [20] En estos momentos, estoy leyendo La magia de la realidad de Richard Dawkins —uno de mis autores favoritos—. En el primer capítulo, habla sobre cómo podemos reconocer la realidad objetiva. Dice que «tenemos tres formas de saber si algo es real. Podemos detectarlo directamente utilizando nuestros cinco sentidos; o indirectamente utilizando nuestros sentidos con la ayuda de instrumentos especiales como los telescopios y los microscopios; o incluso de forma aún más indirecta, creando modelos de lo que podría ser real y después probando dichos modelos para ver si predicen cosas que podemos ver (u oír, etc.) con o sin la ayuda de instrumentos. En definitiva, de una u otra forma todo depende de nuestros sentidos.» Ahora, ¿qué ocurre con nuestros sentimientos y emociones como la ira, la alegría, los celos y el amor? ¿Existen en esta realidad objetiva aunque no podamos verlas? Bueno, sí; podemos sentirlas y experimentarlas y ser conscientes de ellas. Esto dependiendo de la forma individual, como algunos organismos vivos. Nosotros, Homo sapiens, somos una de las especies que podemos experimentar emociones y sentimientos —en esta lista quizá podemos incluir a las vacas, los chimpancés y los perros—. Las montañas, los ríos y las rocas no pueden hacerlo. El cerebro recibe una señal interna o externa, aleatoria o determinista, la transmite a nuestro cuerpo, se genera una reacción bioquímica (como un algoritmo), y experimentamos la emoción o el sentimiento. Ahora, no podemos ver la ira o la alegría experimentadas subjetivamente, pero sí lo que las hace posibles: mediante cascos o trajes de fMRI para observar el cerebro o el cuerpo, por ejemplo. En su libro, Dawkins continúa diciendo que «[...] estas emociones son intensamente reales para aquellos que las experimentan, pero no existían antes de los cerebros. Es posible que emociones como estas —y quizá otras en las que ni podemos soñar— puedan existir en otros planetas, pero solo si dichos planetas contienen también cerebros o algo equivalente a los cerebros [...]» [*] Y podríamos seguir diferenciando ambas realidades con más ejemplos: como con las ideologías y partidos políticos, los derechos humanos [21], marcas comerciales y personales, nombres, etc. Este es el poder de nuestro cerebro y mente, y la trampa que se puede generar al confundir ambas realidades. Sabemos que estamos confundidos cuando decimos que el dinero, los países y naciones, las leyes y reglas, las compañías y corporaciones y los dioses existen verdaderamente. Podríamos decir que existen, sí, sabiendo diferenciar x de y. El poder de lo natural Como mencionamos al comienzo del blog, muchas personas, cuando se les dice que están creyendo en mitos y ficciones, piensan que se les falta el respeto, o imaginan que son cosas malignas y brujerías, o que no tienen importancia. Pero ya vimos la importancia que pueden tener. Además, sentimos que se nos falta el respeto y nos sentimos atacados y ofendidos, ya que las ficciones están demasiado enterradas en las «profundidades» de la mente. Y nuestro «yo» ilusorio (ego), como sabemos, vive alimentándose de todos los pensamientos, no importa que sean mitos o simples creencias. Entonces, sentimos que nos están atacando personalmente. «¡Mi país no es una ficción; mi país existe realmente!», «¡Mi dios o diosa no es una ficción; mi dios existe realmente!», «¡Mente Desnuda no es una ficción; Mente Desnuda existe realmente!» Los mitos, ficciones y realidades imaginadas sí han tenido importancia a lo largo de la historia, a pesar de las atrocidades que se pueden cometer en sus nombres. Porque esas mismas ficciones que hemos generado nosotros, han controlado y ahora mismo «controlan» el mundo. Mientras todo el mundo crea en ellas, todos pueden obedecer, todos podemos vivir juntos y comportarnos de la misma manera. Nuestra capacidad de imaginar cosas nos ha hecho más efectivos para poder comunicarnos, no solamente dentro de esta realidad objetiva, sino también en la imaginada. Los demás animales y especies también son capaces de comunicarse, pero la única diferencia es que ellos solamente se comunican con cosas que realmente existen. Un chimpancé le puede comunicar a otro chimpancé que no vaya a ese lugar porque hay un tigre y puede morir. Pero no se dicen: «no robes los guineos de los demás chimpancés porque, cuando mueras, el dios Simio te castigará y arderás en el infierno». Somos la única especie, que sepamos hasta ahora, que ha tenido «éxito» gracias a que podemos conducir nuestras vidas a base de elementos que no existen en la realidad objetiva. Quién diría que hace aproximadamente 13.5 mil millones de años todo iba a comenzar, y quizá de nuevo. Quién diría que desde hace 3.8 mil millones de años las réplicas de una molécula madre han estado recorriendo un largo viaje, pasando por todos tus ancestros, hasta formarte a ti. Quién diría que esta capacidad cognitiva que nos hizo posible ir más allá de nuestro planeta, de donde ninguna otra especie ha podido hacerlo, ocurriría gracias a causas anteriores hermosamente naturales: por una simple mutación en nuestro ADN. Quién habría podido pensar que todo este proceso de miles de millones de años, tan objetivo, tan real, tan natural, fuera capaz de crear algo tan objetivo y real como lo es nuestro cerebro. Para así, este último generar un sentido subjetivo y único que no podemos ver o localizar por ninguna parte: nuestra mente y consciencia [22]. Y estas dos ser capaces de crear una realidad completamente imaginada, incluyendo a nuestro sentido ilusorio del «yo». ¡Quién diría que Homo sapiens depende de dos realidades! ¿Te gustó este blog? Puedes donar, si deseas, aquí. Agradecimiento: Me inspiré a crear este blog gracias a que el año pasado (2019) leí el libro Sapiens de Yuval Noah Harari. El libro cambió mi perspectiva sobre muchas cosas, incluyendo lo que acabas de leer. Aclaración: Las realidades imaginadas han jugado un papel muy importante para funcionar como colectivo de más de 150 individuos. El propósito del blog no es dejar saber que han sido el único papel para haber podido sobrevivir. El propósito del blog es dejarnos saber el poder de nuestro cerebro y mente. Por favor, no ignoremos el «trabajo» de la selección natural y evolución en nosotros que hizo posible, como dice Javier Santaolalla, nuestra naturaleza exploradora, curiosa, ávida de asombro y soñadora. Notas: [*] Estos dos últimos párrafos (el que habla de La magia de la realidad y las emociones y los sentimientos) fueron añadidos el 16 de junio de 2020. [1] Este concepto de una pirámide en la naturaleza es muy vago. Lo utilizo como sarcasmo hacia las personas que piensan que la evolución funciona como una pirámide. El funcionamiento de la evolución y selección natural no se trata de poner por encima o por debajo a las especies. Solamente funcionan para «beneficiar», específicamente, a los genes que mejor se adapten a la supervivencia y reproducción. [2] Recientemente, se cree que Homo sapiens no solo vivió en una esquina de África oriental, sino que estuvieron esparcidos por varias regiones. [3] No pensemos que esto ocurrió en un segundo, como si ocurriese una idea de la nada. Este evento, lo más probable, tomó decenas de miles de años. [4] No me refiero a los murciélagos vampiro; ellos existen. El nombre científico es Desmodus rotundus. [5] El ejemplo más obvio que se me ocurre es el canguro original de la porción de tierra llamada Australia. [6] Definitivamente habrías podido notar ciertos entornos distintos (animales distintos, plantas distintas, praderas distintas, etc.) por causa del clima, geografía y ambiente. [7] No me refiero a un acto a base de odio. Me refiero a que, si me estoy cagando en una jungla y miro hacia el lado y veo el pedazo de tela, me limpiaría con ella. También la rompería si necesito hacer fuego. Son posibilidades que solo a nuestro ego se le falta el «respeto». [8] Aunque sí, estos mitos pueden ser a base de intereses egoístas, moralidad o seguridad. [9] Lo que pueden hacer es luchar entre ellos o hacer alianzas sociales mediante el sexo para poder lograr un lugar en la jerarquía de bonobos. [10] Podríamos llamar «dinero», también, a los intercambios que realizan las demás especies. Por ejemplo, la simbiosis entre las hormigas con los áfidos, y las abejas con las flores, etc. [11] Yuval Noah Harari, Sapiens. [12] Si lo vemos desde la perspectiva de decenas de miles de años, parece como si estuviéramos deshaciéndonos, poco a poco, de las creencias sobrenaturales y sobrehumanas: ya solo queda un dios, y solo a los humanos nos queda alma. [13] Pienso que la puerta que le dio paso al politeísmo y monoteísmo (teísmo) fue el animismo. Y la puerta que le dio paso al animismo fue nuestra ignorancia y necesidad de querer darle un sentido a todas las cosas y causas del Universo. Todo era incertidumbre, no había ocurrido la revolución científica, por lo tanto, debíamos suponer lo que estaba sucediendo a nuestro alrededor y más allá. Nosotros poseemos una «voluntad propia» y sentimientos, por lo tanto, las demás cosas que observo a mi alrededor también las tienen porque «actúan» —por ejemplo, la tierra tiembla, las nubes crean lluvia y los volcanes expulsan lava—. Nosotros podemos construir cosas, y los relojes no se pueden construir solos, por lo tanto, el Universo no pudo hacerse solo y tuvo que ser diseñado por alguien, incluyéndonos a nosotros. Nótese cuán subestimados tenemos a la naturaleza y las leyes que gobiernan el Universo. [14] Vale señalar que el politeísmo y animismo no ponen en duda la creencia de un solo poder que gobierna todo el cosmos, incluyendo a los demás dioses. El mismo Zeus, Apolo y todos los demás dioses griegos eran sometidos a un único poder universal: El Destino —Moira, Ananké—, por ejemplo. [15] Nótese la originalidad del nombre Atón. No tiene nada que ver con su nombre; no se parece en nada. ¿De dónde el loquillo de Akenatón se habría inspirado para el nombre de su dios? Hmmm. [16] Afortunadamente en el caso del dios del Antiguo Testamento, que es el dios de los judíos, y la raíz del dios del Islam. Y este afortunadamente también va para toda creencia que tenga un dios, en palabras de Richard Dawkins, «celoso y orgulloso de serlo; un mezquino, injusto e implacable monstruo; un ser vengativo, sediento de sangre y limpiador étnico; un misógino, homófobo, racista, infanticida, genocida, filicida, pestilente, megalómano, sadomasoquista; un matón caprichosamente malévolo.» Richard Dawkins, El espejismo de Dios. [17] Esta creencia en dioses y diosas es de las más difíciles de aceptar o reconocer que son mitos, ficciones y realidades imaginadas. Richard Dawkins habla de la religión como un subproducto de alguna otra cosa modelada por la selección natural. Por ejemplo, se pregunta si es el subproducto de «los irracionales mecanismos que originalmente fueron construidos en el cerebro por la selección para enamorarse» y que tiene ventajas genéticas de supervivencia. El cerebro tiene un comportamiento muy similar cuando las personas imaginan una entidad que siempre está con ellas en las buenas y malas, y que las protegen (Dios), a cuando tienen una persona físicamente a su lado que siempre está con ellas en las buenas y malas, y que las protegen (la pareja). Y, arbitrariamente, en esa lista me atrevería incluir el efecto —aunque no del mismo modo— que tienen los amigos imaginarios sobre los cerebros de los niños. Además, también influye el rápido adoctrinamiento en la niñez. Los niños fueron moldeados por la evolución para hacerle caso casi ciegamente a las «verdades» de sus padres y personas conocedoras. Ya sean «verdades» sobre la supervivencia y reproducción, o «verdades» de la vida y el Universo. En la infancia, que es cuando más vulnerable está nuestro cerebro y mente a acatar cualquier pensamiento y creencia, el cerebro acoge todas esas señales que recibimos para luego guardarlas. Por consiguiente, nuestro «yo» pasa a creer y defender, consciente o inconscientemente, esas señales guardadas. Esto, en parte, aplica a las religiones, ideologías, partidos políticos, etc. Y hace sentido. Richard Dawkins, El espejismo de Dios; El gen egoísta. [18] Por lo que tengo entendido, habiendo estudiado la religión y filosofía budista, los budistas no adoran —o se supone que no adoren— ninguna estatua del Buda. Siddhartha dejó muy claro que él no quería que la gente lo adorase. Con solamente seguir sus enseñanzas bastaba. Para una idea más clara sobre el budismo, véase Thich Nhat Hanh, Vivir el budismo, o la Práctica de la Atención Plena; véase también el Dhammapada; véase también Mahasatipatthana Sutta: The Great Discourse on the Establishing of Awareness. [19] Podrías decir que los leones viven en sus propios territorios, y que no entrarían a territorios ajenos pertenecientes a otras manadas. Es algo análogo a crear una línea invisible para dividir países. Eso es completamente cierto. Sin embargo, es un comportamiento totalmente natural modelado por la selección. «Los leones son altamente territoriales y ocupan la misma área por generaciones. [...] La heterogeneidad del hábitat de la sabana parece ser la causa principal de la territorialidad grupal en los leones.» [20] En este último ejemplo podríamos decir que también la biología y naturaleza permiten que se realicen la violación y el asesinato hacia los demás seres. Aquí entrarían los mitos morales que le hacen bien al colectivo humano: respetar la vida de los/lo demás, no causar sufrimiento —o al menos el menor posible—. Y no solo somos guiados por memes y mitos morales, la evolución nos dotó de una moralidad natural, incluyendo el no hacer daño (o daño innecesario) a los demás seres. [21] Los derechos humanos son un ejemplo de que no todos los mitos generados por Homo Sapiens son una «barbaridad». Aunque los humanos no tengamos derechos, solo poseemos de una biología y capacidades. Un gran ejemplo que Yuval Noah Harari expresa es: «[...] Las aves vuelan no porque tengan el derecho a volar, sino porque poseen alas.». [22] Lo que podemos localizar y ver es el cerebro y su comportamiento, las células, neuronas y genes; no lo subjetivo. En este episodio del podcast explico más esto. «Cada persona está teniendo una experiencia subjetiva consigo misma que no se basa en algo objetivo. Es una experiencia ilusoria generada gracias a lo objetivo: las neuronas y los genes. Una experiencia subjetiva individual que no se puede encontrar en ningún lugar, ni siquiera abriendo el cerebro de la persona. Cada persona está teniendo una experiencia subjetiva e imaginada a través de la mente [y consciencia].»

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